François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

XVII.– El pescador.

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XVII.– El pescador.

A pocas leguas del castillo de Arbogad, se encontró a orillas de un riachuelo, lamentando siempre su suerte, y mirándose como el epilogo de las desdichas humanas. Vio un pescador acostado a la orilla, que con desmayada mano retenía apenas sus redes que iba a dejar escapar, y alzaba los ojos al cielo.

Por cierto que yo soy el más desdichado de todos los hombres, decía el pescador. Por confesión de todo el mundo he sido el más célebre mercader de requesones de toda Babilonia, y lo he perdido todo. Tenia la mujer mas linda que pueda poseer hombre, y me ha engañado. Me quedaba una mala casucha, y la he visto talar y derribar, Refugiado a una cabaña, sin más recurso que la pesca, no saco ni un pescado. No quiero tirarte al agua, red mía, yo soy quien me he de tirar. Diciendo estas palabras se levantó en postura de un hombre resuelto a dar fin a su vida en el río.

¡Así, dijo Zadig para sí, hay otros hombres tan desdichados como yo! Tan pronto como esta idea fue la de acudir a librar de la muerte al pescador. Corre a él, le detiene, y le hace preguntas en ademán enternecido y consolador. Dicen que es uno menos desdichado cuando no es él solo; pero según Zoroastro no es por malicia, que es por necesidad, porque se siente uno entonces atraído por otro desventurado como por un semejante suyo. La alegría de un dichoso fuera insulto; y son dos desventurados como dos flacos arbolillos que, apoyándose uno en otro, contra la borrasca se fortalecen.

¿Porqué os rendís a vuestra desgracia? dijo Zadig al pescador. Porque no veo remedio a ella, le respondió. He sido el vecino más pudiente de la aldea de Derlback, cerca de Babilonia, y con ayuda de mi mujer hacia los mejores requesones del imperio, que gustaban infinito a la reina Astarte y al célebre ministro Zadig. Habla suministrado para entrambas casas seiscientos requesones: fui un día a Babilonia a que me pagaran, y supe que aquella misma noche se habían desaparecido Zadig y la reina. Fui corriendo a casa del señor Zadig, a quien nunca había visto, y encontré a los alguaciles del gran Desterham, que con un papel del rey en la mano robaban con mucho orden y sosiego toda la casa. Púseme en volandas en la cocina de la reina; algunos de los gentiles?hombres de beca me dijeron que había muerto, otros que estaba presa, y otros afirmaron que se había escapado; pero todos estuvieron contestes en que no se me pagarían mis requesones. Fuíme con mi mujer a casa del señor Orcan, que era uno de mis parroquianos; le pedimos su amparo en nuestra cuita, y se le otorgó a mi mujer, y a mí no. Era mi mujer más blanca que los requesones que fueron el origen de mi desventura, y no brilla más la púrpura de Tyro que el color que su blancura animaba: por eso se la guardó Orcan, y me echó de su casa. Escribí a mi esposa desesperado una carta, y respondió al portador: Sí, ya, ya quien me escribe, ya me han hablado de él; dicen que hace requesones excelentes: que me traiga, y que se los paguen.

Quise acudir a la justicia en mi desdicha. Quedábanme seis onzas de oro: fue menester dar dos al jurisperito que consulté, otras dos al procurador que se encargó de mi asunto, y dos al escribiente del primer juez. Hecho esto, aun no se había empezado mi pleito, y ya llevaba mas dinero gastado que lo que mis requesones y mi mujer de añadidura valían. Volvíme al pueblo con ánimo de vender mi casa por recobrar a mi mujer. Valía esta unas sesenta onzas de oro; pero me veían pobre, y con premura de vender. El primero a quien me dirigí me ofreció treinta, el segundo veinte, y el tercero diez; y la iba a dar por este precio, según estaba ciego. Vino a la sazón a Babilonia un príncipe de Hircania, asolando todo el país por donde pasaba, el cual saqueó mi casa, y después le puso fuego. Habiendo perdido de esta manera dinero, mujer y casa, me retiré al país donde me veis, procurando ganar mi vida con la pesca. Los peces hacen burla de mí lo mismo que los hombres: no saco ningunos, y me muero de hambre; y sin vos, consolador augusto, iba a tirarme al río.

No contó su historia el pescador sin hacer muchas pausas, y a cada una le decía Zadig, arrebatado y fuera de sí: ¿Con que nada sabéis de la suerte de la reina? No, señor, respondía el pescador; lo que , es que ni la reina ni Zadig me han pagado mis requesones, que me han robado a mi mujer, y que estoy desesperado. Yo espero, dijo Zadig, que no habéis de perder todo vuestro dinero. He oído hablar de ese Zadig, como de un hombre honrado; y si vuelve a Babilonia, mas de lo que os debe os dará; mas por lo que hace a vuestra mujer, que no es tan honrada, aconsejoos que no hagáis diligencias por volver con ella. Tomad mi consejo, id a Babilonia, adonde antes que vos llegaré yo, porque vais a pié y yo voy a caballo; veos con el ilustre Cador, decidle que habéis encontrado a su amigo, y esperadme en su casa: id en paz, que acaso no seréis siempre desdichado.

Poderoso Orosmades, siguió, de mí os habéis valido para consolar a este hombre: ¿de quién os valdréis para darme a mí consuelo? Así decía dando al pescador la mitad de todo el dinero que traía de Arabia; y el pescador atónito y confuso besaba las plantas del amigo de Cador, y le apellidaba su ángel tutelar.

Zadig no cesaba de preguntarle noticias, y de verter llanto. ¿Cómo, señor, exclamó el pescador, también sois desdichado siendo benéfico? Cien veces más infeliz que tú, respondió Zadig. ¿Cómo puede ser, decía el buen hombre, que sea el que da mas digno de lástima que el que recibe? Porque tu mayor desgracia, replicó Zadig, era la necesidad, y la mía pende del coraron. ¿Os ha robado Orcan a vuestra mujer? dijo el pescador. Esta pregunta trajo a la memoria a Zadig todas sus aventuras, y le hizo repasar la lista de todos sus infortunios, empezando por la perra de la reina hasta su arribo a casa del bandolero Arbogad. Ha, dijo al pescador, Orcan es digno de castigo; pero por lo común esos son los hombres que están en privanza del destino. Sea como fuere, vete a casa del señor Cador, y espérame. Separáronse con esto: el pescador se fue dando gracias a su estrella, y Zadig maldiciendo sin cesar la suya.


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