François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

XVIII.– El basilisco.

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XVIII.– El basilisco.

Llegó Zadig a un hermoso prado, donde vio una muchedumbre de mujeres que andaban buscando solícitas cosa que parecía que habían perdido. Acercóse a una de ellas, y le preguntó si quería que las ayudara a buscar lo que querían hallar. Dios nos libre, respondió la Siria; lo que nosotras buscamos solo las mujeres pueden tocarlo. Raro es eso, dijo Zadig: ¿me haréis el favor de decirme qué cosa es esa que solo las mujeres pueden tocarla? Un basilisco, respondió ella. ¡Un basilisco, señora! ¿Y por qué motivo buscáis un basilisco? Para nuestro señor y dueño Ogul, cuyo palacio estáis viendo a orillas del río, y al cabo de este prado, que somos sus más humildes esclavas. El señor Ogul está malo, y le ha recetado su médico que coma un basilisco hervido en agua de rosas; y como es animal muy raro, y que solo de las mujeres se deja coger, ha prometido el señor Ogul que escogerá por su querida esposa a la que le lleve un basilisco: con que así dejádmele buscar; que ya veis lo mucho que yo perdería, si una de mis compañeras antes que yo le topara.

Dejó Zadig a esta Siria y a todas las demás que buscaran su basilisco, y siguió su camino por la pradera. Al llegar a la orilla de un arroyuelo, encontró a otra dama acostada sobre los céspedes, que no buscaba nada. Parecía majestuosa su estatura, aunque tenía cubierto el rostro de un velo. Estaba inclinada la cabeza al arroyo; exhalaba de rato en rato hondos sollozos, y tenia en la mano una varita con la cual estaba escribiendo letras en una fina arena que entre los céspedes y el arroyo mediaba. Quiso ver Zadig qué era lo que escribía: arrimóse, y vio una Z, luego una A, y se maravilló: después leyó una D, y le dio un vuelco el corazón; mas nunca fue tanto su pasmo, como cuando leyó las dos postreras letras de su nombre. Permaneció inmóvil un rato; rompiendo al fin el silencio, con voz mal segura, dijo: Generosa dama, perdonad a un extranjero desventurado, que a preguntar se atreve ¿por qué extraño acaso encuentro aquí el nombre de Zadig, por vuestra divina escrito? Al oír esta voz y estas palabras, alzó con trémula mano su velo la dama, miró a Zadig, dio un grito de ternura, de asombro y de alborozo, y rindiéndose a los diversos afectos que de consuno embatían su alma, cayó desmayada en sus brazos. Era Astarte, era la reina de Babilonia, la misma que idolatraba Zadig, y de cuyo amor le acusaba su conciencia; aquella cuya suerte tantas lágrimas le había costado. Estuvo un rato privado del uso de sus sentidos; y cuando clavó sus miradas en los ojos de Astarte que lentamente se abrían de nuevo entre desmayados, confusos y amorosos: ¡O potencias inmortales! exclamó, ¿me restituís a mi Astarte? ¿En qué tiempo, en qué sitio, en qué estado torno a verla? Hincóse de rodillas ante Astarte, inclinando su frente bajo del polvo de sus pies. Alzale la reina de Babilonia, y le sienta cabe sí en la orilla del arroyo, enjugando una y mil veces sus ojos que siempre en frescas lágrimas se bañaban. Veinte veces anudaba un hilo de razones que interrumpían sus gemidos; hacíale preguntas acerca del acaso que los había reunido, y no daba lugar a que respondiese con preguntas nuevas; empezaba a contar sus desventuras, y quería saber las de Zadig. Habiendo finalmente ambos sosegado un poco el alboroto de su pecho, dijo en breves palabras Zadig por qué acaso se encontraba en esta pradera. ¿Pero como os hallo, o reina respetable y desdichada, en este desviado sitio, vestida de esclava, y acompañada de otras esclavas que buscan un basilisco, para hervirle, en virtud de una receta de médico, en agua de rosas?

Mientras que andan buscando su basilisco, voy a informaros, dijo la hermosa Astarte, de todo lo que he padecido, y que perdono al cielo una vez que vuelvo a veros. Ya sabéis que el rey mi esposo llevó a mal que fueseis el mas amable de todos los hombres, y acaso por este motivo tomó una noche la determinación de mandaros ahorcar, y darme un tósigo; y también sabéis que los cielos compasivos dispusieron que me avisara mi enano mudo de las órdenes de su sublime majestad. Apenas os hubo precisado el fiel Cador a obedecerme y partiros, se atrevió a penetrar por una puerta excusada en mi cuarto a media noche, me sacó de palacio, y me llevó al templo de Orosmades, donde me encerró su hermano el mago dentro de una estatua colosal cuya basa se apoya en los cimientos del templo, y la cabeza toca con la bóveda. Aquí quedé como enterrada, puesto que el mago que me servia cuidó de que nada me faltase. Al rayar el día, entró en mi cuarto el boticario de su majestad con una pócima de beleño, opio, cicuta, eléboro negro, y anapelo; y otro oficial se encaminó a vuestra casa con un cordón de seda azul; mas no hallaron a nadie. Por engañar mas al rey, le hizo Cador una falsa denuncia contra nosotros dos, fingiendo que llevabais vos el camino de la India, y yo el de Menfis; y enviaron gente en nuestro seguimiento.

No me conocían los mensajeros que fueron en busca riña, porque casi nunca había mostrado mi semblante, como no fuese a vos, delante de mi marido y por orden suya. Ibanme persiguiendo por las señas que de mi persona les habían dado; y se encontraron a la raya de Egipto con otra de mi estatura misma, y que acaso era mas hermosa. Estaba bañada en llanto, y andaba desatentada, de suerte que no dudaron de que era la reina de Babilonia, y la condujeron a Moabdar. Enojóse violentamente el rey por la equivocación; mas habiendo luego contemplado mas atentamente a esta mujer, vio que era muy hermosa, y se consoló. Llamábase Misuf, nombre que, según después me han dicho, significa en egipcíaco la bella antojadiza, y lo era efectivamente; pero no iban en zaga sus artes a sus antojos, tanto que habiendo gustado a Moabdar, le cautivó de manera que la declaró su legítima esposa. Manifestóse entonces su índole sin rebozo, entregándose sin freno a todas las extravagancias de su imaginación. Quiso precisar al sumo mago, viejo y gotoso, a que bailase en su presencia; y habiéndose negado este, le persiguió de muerte. A su caballerizo mayor le mandó hacer una tarta de dulce; y puesto que representó que no era repostero, todo fue en balde: tuvo que hacer la tarta, y le despidió porque estaba muy tostada. El cargo de caballerizo mayor se le dio a su enano, y a un paje le hizo fiscal del consejo: de esta suerte gobernó a Babilonia. Llorábame todo el mundo; y el rey, que hasta que había mandado ahorcaros y darme veneno había sido bastante bueno, dejó que sus virtudes corriesen naufragio en su amor a la bella antojadiza. El día del fuego sagrado vino al templo, y le vi implorar a los Dioses por Misuf, postrado ante la estatua donde estaba yo metida. Alzando entonces la voz, le dije: "Los Dioses desechan las súplicas de un rey convertido en tirano, y que ha querido quitar la vida a una mujer de juicio, por casarse con una loca." Pusieron estas palabras en tamaña confusión a Moabdar, que se le fue la cabeza. Con el oráculo que había yo pronunciado, y con la tiranía de Misuf sobraba para que perdiera la razón; y con efecto en pocos días se volvió loco.

Esta locura, que se atribuyó a castigo del cielo, fue la señal de rebelión: amotinóse el pueblo, y tomó armas; Babilonia, donde reinaba tanto tiempo hacia una muelle ociosidad, se convirtió en teatro de una horrorosa guerra civil. Sacáronme del hueco de mi estatua; pusiéronme al frente de un partido, y fue Cador corriendo a Menfis, para traeros a Babilonia. Noticioso de tan fatales nuevas acudió el príncipe de Hircania con su ejército a formar tercer partido en la Caldea, y vino a embestir al rey que le salió al encuentro con su desatinada egipcíaca. Murió Moabdar, traspasado de mil heridas, y cayó Misuf en poder del vencedor. Quiso mi desventura que yo también fuera cogida por una partida de guerrilla hircana, que me condujo a presencia del príncipe, al mismo tiempo que le llevaban a Misuf. Sin duda sabréis con satisfacción que me tuvo este por mas hermosa que la egipcia, pero no será de menos sentimiento para vos qué os diga que me destinó para su serrallo, diciéndome sin andarse con rodeos, que luego que concluyese una expedición militar para la cual iba a partirse, vendría a mí. Figuraos cual fue mi quebranto: rotos los vínculos que con Moabdar me estrechaban, podía ser de Zadig, y caía en los hierros de un bárbaro. Respondíle con toda la altivez que me inspiraban mi alta jerarquía y mis afectos, habiendo oído decir toda mi vida que las personas de mi dignidad las habían dotado los cielos de tal grandeza, que con una palabra y un mirar de ojos confundían en el polvo de la nada a cuantos temerarios eran osados a apartarse un punto del mas reverente acatamiento. Hablé como reina, pero fui tratada como una moza de cántaro: el Hircano, sin dignarse siquiera de responderme, le dijo a su eunuco negro que yo era mal hablada, pero que le parecía linda. Mandóle que me cuidase y me diera el trato que a las que estaban en su privanza, para que me volviesen los colores, y fuese mas digna de sus caricias el día que le pareciese oportuno honrarme con ellas. Díjele que me mataría, y me respondió riéndose que ninguna se mataba por esas cosas, y que estaba acostumbrado a semejantes melindres, y se fue dejándome como un jilguero en jaula. ¡Qué situación para la primera reina del universo, y más para un corazón que era de Zadig!

El cual se hincó de rodillas al oír estas razones, regando con sus lágrimas las plantas de Astarte. Alzóle esta cariñosamente, y prosiguió diciendo: Veíame en poder de un bárbaro, y en competencia con una loca con quien estaba encerrada. Contóme Misuf su aventura de Egipto; y por la pintura que de vos hizo, por el tiempo, por el dromedario en que ibais montado, y por las demás circunstancias vine en conocimiento de que era Zadig quien había peleado en su defensa; y no dudando de que estuvierais en Menfis, me determiné a refugiarme en esta ciudad. Bella Misuf, le dije, vos sois mucho más donosa que yo, y divertiréis más bien al príncipe de Hircania: procuradme medio para escapar; reinaréis vos sola, y me haréis feliz, librándoos de una rival. Misuf me ayudó a efectuar mi fuga, y me partí secretamente con una esclava egipcia.

Ya tocaba con la Arabia, cuando me robó un bandolero muy nombrado, llamado Arbogad, el cual me vendió a unos mercaderes que me trajeron a este palacio, donde reside el señor Ogul, que me compró sin saber quien yo fuese. Es este un glotón, que solo piensa en atracarse bien, y cree que le ha echado Dios al mundo para disfrutar de una buena mesa. Está tan excesivamente gordo, que a cada instante parece que va a reventar. Su médico poco influjo tiene con él cuando hace buena digestión, pero le manda despóticamente cuando tiene ahitera; y ahora le ha hecho creer que le había de sanar con un basilisco hervido en agua de rosas. Ha prometido dar su mano a la esclava que le trajere un basilisco, y ya veis que yo las dejo que se merezcan tan alta honra, no habiendo nunca tenido menos ganas de topar el tal basilisco que desde que han querido los cielos que volviese a veros.

Dijéronse entonces Astarte y Zadig cuanto a los mas generosos y apasionados pechos pudieron inspirar afectos tanto tiempo contrarestados, y tanto amor, y tanta desdicha; y los genios que al amor presiden llevaron las razones de ambos a la esfera de Venus.

Tornáronse a la quinta de Ogul las mujeres sin haber hallado nada. Zadig se presentó a él, y le habló así: Descienda del cielo la inmortal Hygia para dilatar vuestros años. Yo soy médico; he venido habiendo oído hablar de vuestra dolencia, y os traigo un basilisco hervido en agua de rosas; no porque aspire a casarme con vos, que solo os pido la libertad de una esclava joven de Babilonia, que os vendieron pocos días hace; y me allano a permanecer esclavo en su lugar, si no tengo la dicha de sanar al magnifico señor Ogul.

Fue admitida la propuesta, y se partió Astarte para Babilonia en compañía del criado de Zadig, prometiéndole que le despacharía sin tardanza un mensajero, para informarle de cuanto hubiese sucedido. No menos que su reconocimiento fueron amorosos sus vales: porque, como está escrito en el gran libro del Zenda, las dos épocas más solemnes de la vida son el instante en que nos volvemos a ver, y aquel en que nos separamos. Quería Zadig a la reina tanto como se lo juraba, y la reina quería a Zadig mas de lo que decía.

Zadig habló de esta suerte a Ogul: Señor, mi basilisco no se come, que toda su virtud se os ha de introducir por los poros; yo le he puesto dentro de una odre bien henchida de viento, y cubierta de un cuero muy fino; es menester que empujéis hacia mí dicha odre en el aire con toda vuestra fuerza, y que yo os la tire muchas veces; y con pocos días de dieta y de este ejercicio veréis la eficacia de mi arte. Al primer día se hubo de ahogar Ogul, y creyó que iba a exhalar el alma; al segundo se cansó menos, y durmió más bien: por fin a los ocho días recobró toda la fuerza, la salud, la ligereza, y el buen humor de sus más floridos años. Zadig le dijo: habéis jugado a la pelota, y no os habéis hartado: sabed que no hay tal basilisco en el mundo; que un hombre sobrio y que hace ejercicio siempre vive sano, y que tan imaginado es el arte de amalgamar la gula con la salud como la piedra filosofal, la astrología judiciaria, y la teología de los magos.

Conociendo el primer médico de Ogul cuan peligroso para la medicina era semejante hombre, se coligó con el boticario del gremio para enviarle a buscar basiliscos al otro mundo: de suerte que habiendo sido castigado siempre por sus buenas acciones, iba a morir por haber dado la salud a un señor glotón. Convidáronle a un espléndido banquete, donde le debían dar veneno al segundo servicio; pero estando en el primero, recibió un parte de la hermosa reina, y se levantó de la mesa, partiéndose sin tardanza. El que es amado de una hermosa, dice el gran Zoroastro, de todo sale bien en este mundo.


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