François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

XIX.– Las justas.

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XIX.– Las justas.

Fue recibida la reina en Babilonia con aquel júbilo con que se recibe siempre una princesa hermosa y desdichada. Entonces Babilonia parecía algo mas quieta: el príncipe de Hircania había perdido la vida en una batalla, y los Babilonios vencedores declararon que Astarte se casaría con el que fuera elegido por soberano. Mas no quisieron que el primer puesto del mundo, que era el de esposo de Astarte y monarca de Babilonia, pendiese de enredos y partidos; y juraron reconocer por rey al mas valiente y discreto. Levantaron a pocas leguas de la ciudad un vasto palenque cercado de anfiteatros magníficamente adornados; los mantenedores se habían de presentar armados de punta en blanco, y se le había señalado a cada uno un aposento separado, donde no podía ver ni hablar a nadie. Se habían de correr cuatro lanzas; y los que tuviesen la dicha de vencer a cuatro caballeros, habían luego de pelear unos con otros: de suerte que el postrero por quien quedara el campo fuese proclamado vencedor del torneo. Cuatro días después había de volver con las mismas armas, y acertar las adivinanzas que propusiesen los magos; y si no las acertase, no había de ser rey, mas se habían de volver a correr lanzas, hasta que se diese con un hombre que saliese con victoria en ambas pruebas; porque estaban resueltos a no reconocer por rey a quien no fuese el mas valiente y mas discreto. En todo este tiempo no se permitía a la reina comunicar con nadie: solo se le daba licencia para que asistiera a los juegos cubierta de un velo; pero no se le consentía hablar con ninguno de los pretendientes, porque no hubiese injusticia ni valimiento.

Este aviso daba Astarte a su amante, esperando que acreditada por ella mas valor y discreción que nadie. Partióse Zadig, suplicando a Venus que fortaleciera su ánimo y alumbrara su entendimiento, y llegó a las riberas del Eúfrates la víspera del solemne día. Hizo asentar luego su mote entre los de los demás combatientes, escondiendo su nombre y su rostro, como mandaba la ley, y se fue a descansar al aposento que le había cabido en suerte. Su amigo Cador que estaba de vuelta en , habiéndole buscado en Egipto, mandó llevar a su cuarto una armadura completa que le enviaba la reina, y también con ella el caballo mas lozano de la Persia. Bien vio Zadig que estas dádivas eran de mano de Astarte, y adquirió nuevo vigor, y esperanzas nuevas su amor y su denuedo.

Al día siguiente, sentada la reina bajo un dosel guarnecido de piedras preciosas, y llenos los anfiteatros de todas las damas y de gente de todos estados de Babilonia, se dejaron ver en el circo los mantenedores. Puso cada uno su mote a los pies del sumo mago: sorteáronse, y el de Zadig fue el postrero. Presentóse el primero un señor muy rico, llamado Itobad, tan lleno de vanidad como falto de valor, de habilidad, y de entendimiento. Habíanle persuadido sus sirvientes a que un hombre como el debía de ser rey, y él les había respondido: Un hombre como yo debe reinar. Habíanle armado pues de pies a cabeza: llevaba unas armas de oro con esmaltes verdes, un penacho verde, y la lanza colgada con cintas verdes. Por el modo de gobernar Itobad su caballo, se echó luego de ver que no había destinado el cetro de Babilonia a un hombre como él el cielo. El primer caballero que corrió lanza le hizo perder los estribos, y el segundo le tiró por las ancas del caballo a tierra, las piernas arriba, y los brazos abiertos. Volvió a montar Itobad, pero haciendo tan triste figura, que todo el anfiteatro soltó la risa. No se dignó el tercero de tocarle con la lanza; sino que al pasar junto a él le agarró por la pierna derecha, y haciéndole dar media vuelta, le derribó en la arena; los escuderos de los juegos acudieron a levantarle riéndose: el cuarto combatiente le coge por la pierna izquierda, y le tira del otro lado. Condujéronle con mil baldones a su aposento, donde conforme a la ley había de pasar aquella noche: y decía, pudiendo apenas menearse: ¡Qué aventura para un hombre como yo!

Mejor desempeñaron su obligación los demás adalides: hubo algunos que vencieron a dos combatientes, y unos pocos llegaron hasta tres. Solo el príncipe Otames venció a cuatro. Presentóse el postrero Zadig, y con mucho donaire sacó de los estribos a cuatro jinetes uno en pos de otro; con esto empezó la lid entre Zadig y Otames. Este traía armas de azul y oro con un penacho de lo mismo; las de Zadig eran blancas. Los ánimos de los asistentes estaban divididos entre el caballero azul y el blanco: a la reina le palpitaba el corazón, haciendo fervientes ruegos al ciclo por el color blanco.

Dieron ambos campeones repetidas vueltas y revueltas con tanta ligereza, asentáronse y esquivaron tales botes con las lanzas, y tan fuertes se mantenían en sus estribos, que todos, menos la reina, deseaban que hubiese dos reyes en Babilonia. Cansados ya los caballos, y rotas las lanzas, usó Zadig esta treta: pasa por detrás del príncipe azul, se abalanza a las ancas de su caballo, le coge por la mitad del cuerpo, le derriba en tierra: monta en la silla vacía, y empieza a dar vueltas al rededor de Otames tendido en el suelo. Clama todo el anfiteatro: Victoria por el caballero blanco. Alzase enfurecido Otames, saca la espada; da Zadig un salto del caballo el alfanje desnudo. Ambos empiezan en la arena nueva y mas peligrosa batalla; ora triunfa la agilidad, ora la fuerza. Vuelan al viento heridos de menudeados golpes el plumaje de sus yelmos, los clavos de sus brazaletes, la malla de sus armas. De punta y de filo se hieren a izquierda, a derecha, la cabeza, el pecho: retiranse, acométense; se apartan, se agarran de nuevo; dóblanse como serpientes, embístense como leones: a cada instante saltan chispas de los golpes que se pegan. Zadig cobra en fin algún aliento, se para, esquiva un golpe de Otames, no le da vagar, le derriba, le desarma, y Otames exclama: Caballero blanco, a vos es debido el trono de Babilonia. No cabía en sí la reina de alborozo. Llevaron al caballero azul y al caballero blanco, a cada uno a su aposento, como habían hecho con todos los demás, cumpliendo con lo que mandaba la ley. Unos mudos los vinieron a servir, y les trajeron de comer. Bien se puede presumir si seria el mudo de la reina el que sirvió a Zadig. Dejáronlos dormir solos hasta el otro día por la mañana, que era cuando había de llevar el vencedor su mote al sumo mago, para cotejarle y darse a conocer.

Tan cansado estaba Zadig que durmió profundamente, puesto que enamorado; mas no dormía Itobad que estaba acostado en el cuarto inmediato: y levantándose por la noche entró en el de Zadig, cogió sus armas blancas y su mote, y puso las suyas verdes en lugar de ellas. Apenas rayaba el alba, cuando se presentó ufano al sumo mago, declarándole que un hombre como él era el vencedor. Nadie lo esperaba, pero fue proclamado, mientras que aun estaba durmiendo Zadig. Volvióse Astarte a Babilonia atónita y desesperada. Casi vacío estaba todo el anfiteatro cuando despertó Zadig, y buscando sus armas se encontró con las verdes en su lugar. Vióse precisado a revestirse de ellas, no teniendo otra cosa de que echar mano. Armase atónito, indignado y enfurecido, y sale con este arreo. Toda cuanta gente aun había en el anfiteatro y el circo le acogió con mil baldones; todos so le arrimaban, y le daban vaya en su cara: nunca hombre sufrió tan afrentoso desaire. Faltóle la paciencia, y desvió a sablazos el populacho que se atrevió a denostarle; pero no sabia que hacerse, no pudiendo ni ver a la reina, ni reclamar las armas blancas que esta le había enviado, por no aventurar su reputación: y mientras que estaba Astarte sumida en un piélago de dolor, fluctuaba él entre furores y zozobras. Paseábase por las orillas del Eúfrates, persuadido a que le había destinado su estrella a irremediable desdicha, y recapitulaba en su mente todas sus desgracias, desde la mujer que no podía ver a los tuertos, hasta la de su armadura. Eso he granjeado, decía, con haber despertado tarde; si no hubiera dormido tanto, fuera rey de Babilonia, y posesor de Astarte. Así el saber, las buenas costumbres, el esfuerzo nunca para mas que para mi desdicha me han valido. Exhalóse al cabo en murmuraciones contra, la Providencia, y le vino la tentación de creer que todo lo regia un destino cruel que a los buenos oprimía, y hacia que prosperasen los caballeros verdes: que uno de sus mayores sentimientos era verse con aquellas armas verdes que tanta mofa le habían acarreado. Pasó un mercader, a quien se las vendió muy baratas, y le compró una bata y una gorra larga. En este traje iba siguiendo la corriente del Eúfrates, desesperado, y acusando en su corazón a la Providencia que no se cansaba de perseguirle.


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