François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

XXI.– Las adivinanzas.

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XXI.– Las adivinanzas.

Fuera de sí Zadig, como uno que ha visto caer junto a sí un rayo, caminaba desatentado. Llegó a Babilonia el día que para acertar las adivinanzas, y responder a las preguntas del sumo mago, estaban ya reunidos en el principal atrio del palacio todos cuantos habían combatido en el palenque; y habían llegado todos los mantenedores de la justa, menos el de las armas verdes. Luego que entró Zadig en la ciudad, se agolpó en torno de él la gente, sin que se cansaran sus ojos de mirarle, su lengua de darle bendiciones, ni su corazón de desear que se ciñese la corona. El envidioso que le vio pasar se esquivó despechado, y le llevó en volandas la muchedumbre al sitio de la asamblea. La reina, a quien informaron de su arribo, vacilaba agitada de temor y esperanza; y llena de desasosiego no podía entender porque venia Zadig desarmado, o como llevaba Itobad las armas blancas. Alzóse un confuso murmullo así que columbraron a Zadig: todos estaban pasmados y llenos de alborozo de verle; pero solamente los caballeros que habían peleado tenían derecho a presentarse en la asamblea.??Yo también he peleado, dijo, pero otro ha usurpado mis armas; y hasta que tenga la honra de acreditarlo, pido licencia para presentarme a acertar los enigmas. Votaron; y estaba tan grabada aun en todos los ánimos la reputación de su probidad, que unánimemente fue admitido.

La primera cuestión que propuso el sumo mago fue: ¿cual es la mas larga y mas corta de todas las cosas del mundo, la mas breve y mas lenta, la mas divisible y mas extensa, la que mas se desperdicia y mas se llora haber perdido, sin la que nada se puede hacer, que se traga todo lo mezquino, y da vida a todo lo grande? Tocaba a Itobad responder, y dijo que él no entendía de adivinanzas, y que le bastaba haber sido vencedor lanza en ristre. Unos dijeron que era la fortuna, otros que la tierra, y otros que la luz. Zadig dijo que era el tiempo. No hay cosa mas larga, añadió, pues mide la eternidad; ni mas corta, pues falta para todos nuestros planes: ni mas lenta para el que , ni mas veloz para el que disfruta; se extiende a lo infinitamente grande, y se divide hasta lo infinitamente pequeño; ninguno hace aprecio de él, y todos lloran su pérdida; sin él nada se hace; sepulta en el olvido cuanto es indigno de la posteridad, y hace inmortales las glandes acciones. La asamblea confesó que tenía razón Zadig.

Preguntaron luego: ¿Qué es lo que recibimos sin agradecerlo, disfrutamos sin saber cómo, damos a otros sin saber donde estamos, y perdemos sin echarlo de ver? Cada uno dijo su cosa; solo Zadig adivinó que era la vida, y con la misma facilidad acertó los demás enigmas. Itobad decía al fin que no había cosa más fácil, y que con la mayor facilidad habría él dado con ello, si hubiera querido tomarse el trabajo. Propusiéronse luego cuestiones acerca de la justicia, del sumo bien, del arte de reinar; y las respuestas de Zadig se reputaron por las más sólidas. Lástima es, decían todos, que sujeto de tanto talento sea tan mal jinete.

Ilustres señores, dijo en fin Zadig, yo he tenido la honra de vencer en el palenque, que soy el que tenia las armas blancas. El señor Itobad se revistió de ellas mientras que yo estaba durmiendo, creyendo que sin duda le sentarían más bien que las verdes. Le reto para probarle delante de todos vosotros, con mi bata y mi espada, contra toda su luciente armadura blanca que me ha quitado, que fui yo quien tuve la honra de vencer al valiente Otames.

Admitió Itobad el duelo con mucha confianza, no dudando de que con su yelmo, su coraza y sus brazaletes, acabaría fácilmente con un campeón que se presentaba en bata y con su gorro de dormir. Desnudó Zadig su espada después de hacer una cortesía a la reina, que agitada de temor y alborozo le miraba; Itobad desenvainó la suya sin saludar a nadie, y acometió a Zadig como quien nada tenia que temer. Ibale a hender la cabeza de una estocada, cuando paró Zadig el golpe, haciendo que la espada de su contrario pegase en falso, y se hiciese pedazos. Abrazándose entonces con su enemigo le derribó al suelo, y poniéndole la punta de la espada por entre la coraza y el espaldar: dejaos desarmar, le dijo, si no queréis perder la vida. Pasmado Itobad, como era su costumbre, de las desgracias que a un hombre como él sucedían, no hizo resistencia a Zadig, que muy a su sabor le quitó su magnífico yelmo, su soberbia coraza, sus hermosos brazaletes, sus lucidas escarcelas, y así armado fue a postrarse a las plantas de Astarte. Sin dificultad probó Cador que pertenecían estas armas a Zadig, el cual por consentimiento unánime fue alzado por rey, con sumo beneplácito de Astarte, que después de tantas desventuras disfrutaba la satisfacción de contemplar a su amante digno de ser su esposo a vista del universo. Fuése Itobad a su casa a que le llamaran Su Excelencia. Zadig fue rey y feliz, no olvidándose de cuanto le había enseñado el ángel Jesrad, y acordándose del grano de arena convertido en diamante: y él y la reina adoraron la Providencia. dejó Zadig correr por el mundo a la bella antojadiza Misuf; envió a llamar al bandolero Arbogad, a quien dio un honroso puesto en el ejército, prometiéndole que le adelantaría hasta las primeras dignidades militares si se portaba como valiente militar, y que le mandaría ahorcar si hacia el oficio de ladrón. Setoc, llamado de lo interior de la Arabia, vino con la hermosa Almona, y fue nombrado superintendente del comercio de Babilonia. Cador, colocado y estimado como merecían sus servicios, fue amigo del rey, y este ha sido el único monarca en la tierra que haya tenido un amigo. No se olvidó Zadig del mudo, ni del pescador, a quien dio una casa muy hermosa. Orcan fue condenado a pagarle una fuerte cantidad de dinero, y a restituirle su mujer; pero el pescador, que se había hecho hombre cuerdo, no quiso más que el dinero.

La hermosa Semira no se podía consolar de haberse persuadido a que hubiese quedado Zadig tuerto, ni se hartaba Azora de llorar por haber querido cortarle las narices. Calmó el rey su dolor con dádivas; pero el envidioso se cayó muerto de pesar y vergüenza. Disfrutó el imperio la paz, la gloria y la abundancia; y este fue el más floreciente siglo del mundo, gobernado por el amor y la justicia. Todos bendecían a Zadig, y Zadig bendecía el cielo.

(Nota.) Aquí se concluye el manuscrito que de la historia de Zadig hemos hallado. Sabemos que le sucedieron luego otras muchas aventuras que se conservan en los anales contemporáneos, y suplicamos a los eruditos intérpretes de lenguas orientales, que nos las comuniquen si a su noticia llegaren.


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