IntraText Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
Texto |
Link to concordances are always highlighted on mouse hover
En el hotel
barato en que vivía entonces en el Faubourg-Saint-Honoré, había terminado por
observar a una cliente de aspecto bastante sospechoso. Yo no era entonces más
que un pobre estudiante de derecho, poco preocupado por la exterioridad de las
cosas, y para que aquella mujer hubiera atraído mi atención hacía falta que
destacara efectivamente en la gris uniformidad de los demás clientes del hotel.
Era una inquilina... ¿cómo diría?... intermitente y, aunque
pagara su habitación por meses, no dormía en ella sino en raras ocasiones; en
cambio, no pasaba semana sin que viniera a encerrar allí parejas de horas, a lo
largo del día y nunca sola. Unas veces traía un hombre, otras una mujer, a
veces muchas mujeres, amigas. En invierno hacían un gran fuego y le subían
ponche; en verano, limonada y soda. En el hotel tenían con ella los mayores
miramientos; al gerente y a su esposa se les llenaba la boca cuando hablaban de
la señora de Prack, sin duda debía abonar generosamente sus facturas.
No era una prostituta como yo había creído en un primer
momento. Al verla entrar siempre acompañada, en los primeros tiempos yo la
había tomado por una vulgar buscona de la peor calaña, puesto que le hacía a
todas y a todos. No era nada de eso y, después de reflexionar, pensé que debía
tratarse de una afiliada a alguna sociedad secreta; alguna criatura acosada por
la policía que se ocultaba en París valiéndose de domicilios y nombres
diversos; mujer de algún anarquista, alma de algún complot, o quizá simplemente
alguna ladrona que formaba parte de una banda, una de esas aventureras que
operan en los grandes almacenes, informan a la baja turba de hampones de los
buenos golpes por dar y practican, a la vez, la búsqueda del domicilio por
desvalijar, el robo y la ocultación de lo robado. Y además otras
consideraciones se me ocurrían: esta mujer no era probablemente, después de
todo, nada más que una viciosa, alguna amante anónima de la depravación que
venía a distraerse en clandestinas orgías del aburrimiento diario de un marido,
de un matrimonio y de una casa burguesa.
Burguesa en todo caso no muy rica, pues la señora de Prack
hacía relativamente pocos gastos en aquel pequeño hotel de empleados y
estudiantes pobres: llegaba siempre en simón, se iba de igual forma, y los
hombres que traía estaban en general mal vestidos y parecían pertenecer a una
clase inferior: pequeños sombreros hongo, largos gabanes ajados, bufandas
deterioradas, pero, en su mayoría, eran singularmente ágiles y desenvueltos,
con aspecto de gimnastas y de acróbatas, tanto que, al final de cuentas me
había quedado con la idea de que se trataba de una empresa de contratación para
los music-halls y los circos de provincias, de la que la señora de Prack era la
representante.
Las mujeres que traía eran más elegantes y, con sus cabellos
teñidos con alheña, los ojos maquillados y la boca pintada de carmín, tenían
entre ellas un aire de familia, actrices de pequeños teatros o camareras de
restaurantes nocturnos; su forma de hablar en voz alta, las ropas chillonas, la
gesticulación histérica, contrastaban con el tono y las maneras excesivamente
sobrias de su amiga.
La señora de Prack tenía un aspecto perfecto. Siempre vestida
de negro, envuelta en mullidas pieles en invierno, embutida en verano en tules
y muselinas de seda que la adelgazaban, disimulaba bajo tupidos velos un rostro
singularmente pálido, con los ojos como pintados de kohl entre los
párpados fatigados, y que no carecería de encanto de no ser por la importancia
que en él tenía la nariz algo larga. La boca demasiado grande también deslucía
el rostro, pero se abría muy roja sobre pequeños dientes separados y
brillantes; la boca, algo sombreada en la comisura de los labios, y esa amplia
sonrisa marcada de imperceptible bigote no carecía de un cierto picante. Con su
cara estrecha, su mentón puntiagudo y su perfil caballar, recordaba un poco a
una larga langosta, y tenía los movimientos a la vez bruscos y lentos de ésta.
La señora de Prack era muy morena y las largas pestañas arqueadas
aterciopelaban con una languidez obscena la onda oscura de los ojos dolientes.
La señora de Prack debía tener un temperamento rudo (las
apariencias así lo confirmaban, al menos) pues, si no era la ladrona ni el
agente artístico que podría suponerse, seguía siendo un fino rastreador de
lujuria, a juzgar por las presas que cazaba, de pluma y pelo, pues todo le
resultaba aceptable.
Me ocurrió más de una vez coincidir con ella en la escalera
del hotel; ella subía y yo bajaba o viceversa, y en cada ocasión por mi parte
se había tratado de roces y de osadías de mano arrastrándose por el pasamanos
tratando de tocar la suya, pues aquella enigmática sonrisa sombreada y aquellos
ojos prometedores me lancinaban; pero en cada ocasión me había esforzado en
vano. Yo no era su tipo, había que aceptarlo, y sus ojos de una insistencia tan
extraña, nunca se habían fijado en los míos. Durante algún tiempo le guardé
rencor; aquella larga mujer de ojos húmedos habría sido una amante exquisita y
cómoda; habría sido la aventura y el misterio al alcance de la mano. Las
personas del hotel eran de un mutismo absoluto respecto a su inquilina;
imposible sacarles lo más mínimo. Como ya he dicho, la señora de Prack debía
ser muy generosa. Despechado en mi vanidad, durante algún tiempo tuve la vileza
de meditar una buena pasada que poder jugarle a mi vecina, pero luego dejé de
pensar en ello.
El azar, ese gran maestro de los desenlaces, me ayudó a
descifrar una parte del enigma. Era a finales del invierno; me encontraba una
noche en los Franceses, modestamente instalado en las últimas filas de la
platea. Representaban obras del repertorio y los socios habituales dormitaban;
dormitaban incluso hasta el punto de que yo no escuchaba su monótona
recitación, pendiente de la conversación de dos mujeres que cuchicheaban detrás
de mí, dos mujeres invisibles detrás de la reja de un palco y éstos eran los
fragmentos de conversación que escuché:
-¡No, no me atreveré jamás! -decía una voz-. Además, ¿cómo
salir de mi casa vestida de dominó? Además está la servidumbre. Estoy segura de
mi doncella, pero el lacayo y el portero son fieles al marqués. Me tiene
vigilada, espiada, ya ves. A ti te lo permite todo.- Y ¡cómo se equivoca! -se
desternillaba la otra mujer. El hecho es que su confianza le honra. No, Lucie,
no hay que pensar en ello, y ¡Dios sabe cómo me habría gustado asistir a ese
baile! ¡oh! vagabundear toda una noche bajo la máscara, acercarse, rozar con la
seguridad de no ser reconocida, todas las lujurias, todos los vicios sospechados
e insospechados.- ¡Oh! no carece de sabor, y además no puedes ni imaginar las
aventuras que una puede encontrar en esas noches.
Aquí una confidencia se ahogaba entre risas, y la voz
de la que dudaba, proseguía más clara: «Pero tú ¿cómo haces con tu gente? ¿Tu
señor no es celoso? - Pues, esas noches ceno en la ciudad o bien duermo en casa
de mi madre; y además, verdaderamente, eres demasiado inocente, mi pequeña
Suzanne. Yo, ya ves, realizo todas mis fantasías. La vida es corta y quiero
vivirla. Además el truco del hotel en el que se paga una habitación al mes bajo
un nombre falso, no es difícil; yo que te hablo, lo hago»... El acto había
concluido, los espectadores se levantaron haciendo ruido con sus zapatos y con
los sillones de muelles que se levantan; aquella noche no oí nada más.
Diez días después, el encargado del hotel falleció. La gripe
se lo llevó en menos de una semana, y en el pequeño salón del hotel convertido
en capilla ardiente, junto al cadáver, la esposa aterrorizada por la pérdida
del marido y del socio, realizó el triste velatorio. Habían cerrado los
postigos y en la pieza oscura, la pobre mujer, acompañada de dos familiares,
intentaba aislarse en medio de la confusión del personal de servicio y de una
partida de viajeros, profesionalmente atenta, pese a su pena, a los incesantes
rumores de la calle y del hotel. Habíamos entrado, otro cliente y yo, a
presentarle nuestras condolencias a la viuda; ya se habían dicho las
banalidades de rigor y, algo incómodos, permanecíamos callados, sin saber cómo
marcharnos. De repente, se oyó la parada de un simón ante la puerta, ruido de
pasos precipitados en la escalera y en medio de una maraña de astracán negro,
la señora de Prack irrumpió en la habitación. La señora de Prack no venía sola;
otra mujer joven, elegante y muy tapada, la acompañaba.
Las recién llegadas retrocedieron un momento; ignoraban el
acontecimiento y se sorprendieron ante aquel aparato fúnebre; pero la señora de
Prack se repuso rápidamente. Después de algunas palabras y un apretón de manos
a la viuda: «¡Desolada, desconsolada, mi pobre querida señora! Hágame, no
obstante, un favor. ¿Dónde guardó usted mis dominós, mis pelucas, todos mis
pertrechos de disfraz?». -Y como la hostelera, confundida, hacía un gesto de
estupor- «Es que la señora (e indicaba a la desconocida), es que la señora me
acompañará mañana al baile, voy a prestarle uno de mis trajes y quisiéramos
probárselo. ¿La molesto?».- La viuda, con los ojos llenos de lágrimas de
repente, señalaba con expresión desconsolada un armario, al otro lado del
cadáver; el difunto estaba colocado justo delante del armario.
-Es muy fastidioso, efectivamente, pero ¿qué quiere? No es
culpa mía, además mi amiga tiene prisa.
La viuda, que se había incorporado un momento, se había dejado
caer de nuevo sobre su silla; ahora sollozaba en silencio, con las manos
apoyadas en las rodillas y todo su rostro suplicante, pero la de Prack
permanecía allí, con su larga cara pálida, imperiosa y malvada. La hostelera
hacía un esfuerzo y, cogiendo el manojo de llaves de su cintura, echaba una
pierna por encima del cadáver y, con las piernas separadas, a caballo por
encima del muerto, abría el armario y pasaba a su clienta impasible todo un
montón de rasos, terciopelos y encajes. Una peluca, que colgaba fuera de un
paquete, estuvo a punto de prenderse en la llama de un cirio; la angustia se
adueñó de nosotros. «Gracias» -decía la señora de Prack aplastando de un
manotazo las mucetas y los vestidos; luego, volviéndose hacia su acompañante-:
«Vamos Suzanne, ¿me acompañas?».
FIN