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La señora de Lautréamont ocupaba la casa más bella de la
ciudad; era el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos,
construido en tiempos de Luis XV (¡casi nada!), y cuyas altas ventanas,
decoradas de emblemas y conchas, eran la admiración de todo el que pasaba por
la plaza mayor los días de mercado. Era un gran cuerpo de edificio, flanqueado
por dos pabellones laterales unidos por una gran verja: el patio de honor con
el jardín más bello del mundo se hallaba detrás del edificio principal.
Descendía de terraza en terraza, hasta los bordes de las murallas, dominaba
treinta leguas de campiña y, con la más bella disposición estilo XV, albergaba
en sus bosquecillos estatuas licenciosas, todas más o menos atormentadas por
las diabluras de las Risas y el Amor.
Por lo que respecta a los apartamentos, estaban revestidos de
paneles esculpidos del más encantador efecto, adornados con espejos, y los
parquets de toda la planta baja, curiosamente incrustados de maderas de las
Islas, relucían como espejos. La señora de Lautréamont, que sólo ocupaba el
edificio principal, había alquilado los pabellos de los laterales a sólidos
inquilinos y obtenía de ellos buenas rentas; no había nadie que no deseara
vivir en el edificio de Lautréamont, y era el sempiterno tema de las
conversaciones de la ciudad.
¡La señora de Lautréamont! Había nacido con las manos llenas y
siempre había tenido suerte: un marido constituido como un hércules, dispuesto
a concederle todos los caprichos y que le permitía vestirse en París, en casa
de un gran modisto; dos hijos que había colocado bien: la hija casada con un
procurador del rey, y el hijo ya capitán de artillería o a punto de serlo; la
casa más bella del departamento, una salud que la mantenía aún fresca y, desde
luego, deseable a los cuarenta y cinco años y, para atender esta mansión
principesca y esta salud casi indecente, una criada de las que ya no hay, el
fénix, la perla de las criadas, toda la abnegación, todas las atenciones, toda
la lealtad encarnadas en la criada Gudule.
Gracias a esta mujer maravillosa, la señora de Lautréamont
tenía suficiente con tres domésticos, un jardinero, un lacayo y una cocinera
para atender su inmensa mansión por la cantidad de sesenta mil libras. Era, sin
duda, la casa más limpia de la ciudad: ni un grano de polvo sobre el mármol de
las consolas, parquets peligrosos a fuerza de encerados, antiguos espejos ahora
más claros que el agua de los manantiales, en todas partes, en todos los
apartamentos, un orden, una simetría que hacía que el antiguo edificio de la
Dirección General de Impuestos fuera citado como la primera casa de la
provincia, con la frase ya consagrada para referirse a una vivienda muy
cuidada: «Se diría que estamos en casa de los Lautréamont.»
El alma de aquella sorprendente mansión era una criada
solterona de mejillas aún frescas, de ojillos ingenuos y azulados y que, de la
mañana a la noche, con el plumero o la escoba en la mano, seria, silenciosa,
activa, no cesaba de frotar, cepillar, quitar el polvo, hacer brillar y
relucir, enemiga declarada del más mínimo átomo de polvo. Los demás empleados la temían un poco: la
de Gudule era una vigilancia
terrible. Consagrada por completo a los intereses de sus patrones,
no escapaba nada a sus pequeños ojos azules; siempre presente además en la
casa, pues la solterona no salía nada más que para asistir a los oficios
religiosos los días festivos y los domingos, bastante poco devota, por lo
demás, y de ninguna forma asidua a la misa de las seis, pretexto diario para
poder salir empleado por todas las viejas criadas.
En la ciudad no cesaban los elogios hacia aquel modelo de
sirvientas y todos le envidiaban a la señora de Lautréamont su criada. Algunas
almas poco delicadas no tuvieron escrúpulo incluso en intentar quitársela. Le
habían ofrecido puentes de oro a Gudule, pues la vanidad había intervenido y en
la sociedad incluso se habían hecho apuestas para ver quién lograba quitarle a
la patrona a aquella pobre mujer; pero todo fue en vano. Gudule, de una
fidelidad propia de otros tiempos, hizo oídos sordos a todas las proposiciones,
y la felicidad insolente de la señora de Lautréamont se prolongó hasta el día
en que la vieja criada, gastada, extenuada de trabajar, se apagó como una
lámpara sin aceite, en su pequeña y fría buhardilla, justo por debajo del
tejado, donde la señora de Lautréamont -hay que decirlo en su honor -,
permaneció instalada durante tres días.
La criada Gudule tuvo la alegría de morir teniendo a su amada
patrona a su cabecera. Los Lautréamont le hicieron un entierro adecuado. El
señor de Lautréamont presidió el duelo; Gudule tuvo su concesión en el
cementerio, flores frescas sobre su tumba al menos durante ocho días, y luego
no hubo más remedio que reemplazarla.
Reemplazarla, no, porque eso era algo imposible, pero al menos
introducir en la mansión a una mujer que ocupara su puesto. Amas de llaves se
encuentran, y después de algunos intentos desafortunados, la señora de
Lautréamont creyó al fin poder felicitarse por haber encontrado una mujer de
confianza y de gran honradez. La señorita Agathe reinó a partir de aquella
fecha en la antigua Dirección General de Impuestos. Era una persona algo
corpulenta, de busto prominente que, afanada, gesticulante, discurría por todos
los rincones, con un manojo de llaves a la cintura, un delantal de muaré y
aires de señorita Rodomont. Su trabajo no era precisamente silencioso, y de la
mañana a la noche se pasaba gritándole a los demás empleados; y la vieja
mansión, tan tranquila y muda en tiempos de Gudule, era ahora ensordecedora.
Pero es que la señorita Agathe sabía hacerse respetar, eso era todo; daba
informes diarios acerca del recibidor o la cocina, o discutía con la cocinera;
y la señora de Lautréamont terminó por dejarse engañar por aquellas manifestaciones
de ruidosa abnegación.
¡Ah! ya no era el servicio de Gudule, aquel servicio invisible
y silencioso que habríase dicho ejecutado por una sombra; aquellas atenciones
delicadas y algo recelosas de una abnegación que se ocultaba; aquella constante
vigilancia; aquellas minucias de solterona que adoraba la casa de sus patrones,
especie de culto de devota por su parroquia, y todo aquel fervor doméstico que
antaño difundía por la casa de los Lautréamont algo similar a un aroma de
altar.
Ahora había motas de polvo sobre el mármol de las consolas;
los antiguos espejos de los salones ya no eran como el agua transparente de los
manantiales, ni los parquets era ya como espejos; pero la costumbre tiene tal
fuerza y Gudule había creado tal leyenda que aún se seguía citando la antigua
Dirección General de Impuestos con las habituales reflexiones sobre la casa más
cuidada del departamento.
Y ocurrió que a unos seis meses de aquello (era mediados de
noviembre y Gudule había fallecido en marzo), una noche, la señora de
Lautréamont despertó bruscamente al señor de Lautréamont y con una voz algo
cambiada, sin encender siquiera la lámpara: «Héctor -le dijo - ¡qué extraño!
¡escuche! parece la forma de barrer de Gudule.»
El señor de Lautréamont, de bastante mal humor, y como hombre
medio dormido, refunfuñó diciendo que estaba loca; pero una gran emoción
dominaba a la señora de Lautréamont y la sacudía con tal temblor, que aquel
modelo de maridos terminó por despertarse y prestar atención a las divagaciones
de su esposa. «Le aseguro que hay alguien ahí -decía - en el rellano del primer
piso, delante de la puerta de nuestro dormitorio. Oigo pasos, pero ¿por qué ese
ruido de escoba? Espere, ahora se aleja, barre al fondo del vestíbulo. Le
aseguro que es su forma de barrer: la conozco bien.» La señora de Lautréamont
no se atrevía siquiera a pronunciar el nombre de la antigua criada, y el señor
de Lautréamont, comprendiéndola, dijo: «¡De verdad que esa chica sigue dándole
vueltas en la cabeza! Está soñando despierta, querida amiga, le aseguro que no
hay nada; el aire está tan tranquilo que no se oye siquiera una hoja removerse.
Es que no puede digerir la cena. ¿Quiere que le prepare una taza de te?»
Pero, movida como por un resorte, la señora de Lautréamont,
temblando, se había levantado y, corriendo descalza por el dormitorio, iba a
entreabrir la puerta. La volvió a cerrar con un grito horroroso. De un salto el
señor de Lautréamont se encontraba junto a ella, y sin comprender aquella
especie de locura, la trasladaba casi inanimada a un sofá en el que se dejaba
caer y permanecía durante unos minutos sin poder hablar; recuperaba por fin la
voz y en el dormitorio ahora ya iluminado decía: «¡Es ella! la he visto como lo
estoy viendo a usted; estaba ahí, barriendo y frotando el parquet del
vestíbulo, con el vestido de estameña que le conocimos, con un gorro como
cuando vivía, pero tan pálida, tan lívida! ¡Ah! ¡qué cara de cementerio! Habrá
que ofrecer misas por su alma, amigo mío!» El señor de Lautréamont calmaba a su
mujer como podía pero no permanecía menos inquieto y pensativo: se han visto
cosas aún más misteriosas.
La noche siguiente, la alucinación de la señora de Lautréamont
se repetía. Temblando, con los dientes apretados por el terror, oía esta vez a
la criada fallecida encerar, frotar el rellano moviendo rápidamente sus pies
provistos de cepillos. ¿El miedo será contagioso? En el silencio de la gran
mansión dormida el señor de Lautréamont oía esta vez el ruido y pese a que su
mujer se asía fuertemente a su brazo por el pánico, iba intrépidamente a abrir
la puerta y miraba.
Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa: la silueta
desbaratada de la criada difunta se agitaba como una marioneta fúnebre, en
mitad del vestíbulo desierto, la ventana que iluminaba la escalera, la bañaba
con un resplandor de luna y, en el rayo luminoso y azul, la muerta pasaba y
volvía a pasar, cepillando, frotando, presa de una febril agitación; habríase
dicho que realizaba un trabajo impuesto a una condenada, y el señor de
Lautréamont, cuando ella pasaba por delante de él, vio claramente gotas de
sudor sobre su cráneo ya pulido. Volvía a cerrar la puerta bruscamente,
aterrorizado y convencido. «Tiene razón -decía simplemente al volver junto a su
esposa -: habrá que encargar algunas misas por esta mujer.»
Se celebraron diez misas por la difunta, diez misas rezadas a
las que asistieron el señor y la señora de Lautremont con todos sus empleados,
y Gudule no volvió a realizar el trabajo de la señorita Agathe durante las
claras noches de noviembre.
FIN