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José Cristo Rey García Paredes, CMF
Largo amanecer hacia nueva forma de vida religiosa

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Roma (Italia), 1 de noviembre (VID) - En el proceso de renovación, desatado por el Concilio Vaticano II, los religiosos y las religiosas hemos ocupado un lugar relevante. No siempre hemos sido bien comprendidos. Algunas de nuestras iniciativas han resultado extrañas, in­quietantes. La nueva imagen que damos es juzgada por algunos como deserción e infidelidad a los valores permanentes que la vida religio­sa tendría que defender y actualizar. Quien conoz­ca de cerca la vida religiosa y a las personas que están en ella, deberá emitir un juicio esperanzador sobre su presente y su futuro, sin dejar de reconocer las dificultades que nos acucian. Reconocemos la necesidad de responder de un modo mas totalizante a nuestra vocación a la santidad y de acoger y cultivar este don. Santidad quiere decir no sólo una llamada a la oración, sino también al servicio, un servicio que debe provenir de la íntima unión con Cristo (PC, 8). La oración nos abre al misterio, nos induce a la contemplación, a la adora­ción a la oblación. El servicio nos hace testigos, mártires, servido­res de los pobres, de los oprimidos y marginados, denunciadores proféticos de toda injusticia y defensores de los derechosFundamentales e inalienables de la persona huma­na. Todo esto entra dentro de la perspectiva de la santidad. Parece que en la Europa posilustrada y podermoderna cada vez hay menos lugar para nuestra forma de vida religiosa. El aire cultural que se respira es tan ajeno a nuestro estilo y a nuestros objeti­vos, que algunos pronosti­can su ocaso y desaparición: unos por razones extra-eclesiales, otros por motivos intraeclesiales. Si se habla de que vivimos en una época posreli­giosa, ¡con cuánta más razón habría que decir que pasó el tiempo de los religiosos y el tiempo de la teología de la vida religio­sa! Hay quien percibe síntomas de este ocaso en la disminución de vocacio­nes, en la tremenda hemorragia voca­cional padecida en estos últimos años, en un cierto anquilosa­miento y falta de ideas de la misma teología conven­cional de la vida religiosa. ¿Será este nuevo siglo el que certifique la defunción de los religiosos en Europa? Una Europa sin religiosos sería algo así como un fracaso histórico de grandes proporciones. La vida religiosa tiene, debe tener un lugar en esta Europa posmoderna y secularizada. Ella puede brindar a esta sociedad una “reserva de humanidad”, una respuesta subversiva al aburguesamiento y al ahogo que produce vivir en un mundo sin sentido y sin trascendencia. Los religiosos pueden ejercer una función innovadora y profética en una sociedad para la que el futuro es solo evolución, despliegue de virtuali­dades, pero no sorpresa, no Reino de Dios. Los religiosos podemos aportar mucho a la construcción de la nueva Europa si somos fieles a nuestra condición simbólica; porque la vida religiosa tiene un poderoso carácter de signo, es símbolo radical de seguimiento de Jesús y de la esperanza mesiánica, es memoria viviente de la escatología. Estamos en condi­ciones para despertar en Europa su alma cristiana en una ofensiva de creatividad, de bondad, de trascendencia, de gratuidad, de contemplación. No es instrumentalidad técnica la que Europa espera de nosotros, sino función simbólica que le abra los horizontes ante lo insospechado y lo olvidado. Otros piensa que en la Iglesia de los movimientos eclesiales, en la iglesia de las iglesias particulares y diocesanasbien estructuradas y conscientes de su vocación y misión - , los religiosos estamos de más. Nos quieren arrebatar nuestros centros de formación, nuestras iniciativas apostólicas; nos ven como extraños a las diócesis. Nuestra apariencia pobre y austera, humilde y poco exigente, permite que se nos mire con un cierto desdén. Iglesias particulares sin religiosos ¿qué sería? No es oportuno que nosotros lo digamos. Pero cuando se tiene perspectiva histórica, se puede dar una respuesta. La vida religiosa en Europa se encuentra en un momento decisivo. Ha de evitar toda forma de aburguesamiento, atonía y mediocridad. Tiene que asumir sus responsabilidades en la emergencia de una nueva cultura europea. Ha de introducirse sagazmente en las fuentes de esta cultura sin competir y sin renunciar a sus tareas intransferibles, que versan todas sobre su función simbólica. Sin una profunda conversión personal y comunitaria las correlativas transformaciones estructurales que el futuro requiere no servirán de nada o resultarán ineficaces. Hay una renovación que todavía está pendiente. El instituto religioso que entre en esa línea de profetismo, descomplicación, testi­monio, hará verdad la afirmación de que vivimos en el tiempo de los religiosos. Si no, el Espíritu suscitará quien ocupe nuestro lugar en la construcción de una nueva Europa.

 





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