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Roma (Italia), 1 de
noviembre (VID) - En el proceso de renovación, desatado por el
Concilio Vaticano II, los religiosos y las religiosas hemos ocupado un lugar
relevante. No siempre hemos sido bien comprendidos. Algunas de nuestras
iniciativas han resultado extrañas, inquietantes. La nueva imagen que
damos es juzgada por algunos como deserción e infidelidad a los valores
permanentes que la vida religiosa tendría que defender y actualizar.
Quien conozca de cerca la vida religiosa y a las personas que están en
ella, deberá emitir un juicio esperanzador sobre su presente y su
futuro, sin dejar de reconocer las dificultades que nos acucian. Reconocemos la
necesidad de responder de un modo mas totalizante a nuestra vocación a
la santidad y de acoger y cultivar este don. Santidad quiere decir no
sólo una llamada a la oración, sino también al servicio,
un servicio que debe provenir de la íntima unión con Cristo
(PC, 8). La
oración nos abre al misterio, nos induce a la contemplación, a la
adoración a la oblación. El servicio nos hace testigos,
mártires, servidores de los pobres, de los oprimidos y marginados,
denunciadores proféticos de toda injusticia y defensores de los
derechos. Fundamentales e inalienables de la persona humana. Todo esto
entra dentro de la perspectiva de la santidad. Parece que en la Europa
posilustrada y podermoderna cada vez hay menos lugar para nuestra forma de vida
religiosa. El aire cultural que se respira es tan ajeno a nuestro estilo y a
nuestros objetivos, que algunos pronostican su ocaso y desaparición:
unos por razones extra-eclesiales, otros por motivos intraeclesiales. Si se
habla de que vivimos en una época posreligiosa, ¡con cuánta
más razón habría que decir que pasó el tiempo de
los religiosos y el tiempo de la teología de la vida religiosa! Hay
quien percibe síntomas de este ocaso en la disminución de vocaciones,
en la tremenda hemorragia vocacional padecida en estos últimos años,
en un cierto anquilosamiento y falta de ideas de la misma teología
convencional de la vida religiosa. ¿Será este nuevo siglo el que
certifique la defunción de los religiosos en Europa? Una Europa sin
religiosos sería algo así como un fracaso histórico de
grandes proporciones. La vida religiosa tiene, debe tener un lugar en esta
Europa posmoderna y secularizada. Ella puede brindar a esta sociedad una
“reserva de humanidad”, una respuesta subversiva al aburguesamiento y al ahogo
que produce vivir en un mundo sin sentido y sin trascendencia. Los religiosos
pueden ejercer una función innovadora y profética en una sociedad
para la que el futuro es solo evolución, despliegue de virtualidades,
pero no sorpresa, no Reino de Dios. Los religiosos podemos aportar mucho a la
construcción de la nueva Europa si somos fieles a nuestra
condición simbólica; porque la vida religiosa tiene un poderoso
carácter de signo, es símbolo radical de seguimiento de
Jesús y de la esperanza mesiánica, es memoria viviente de la escatología.
Estamos en condiciones para despertar en Europa su alma cristiana en una
ofensiva de creatividad, de bondad, de trascendencia, de gratuidad, de
contemplación. No es instrumentalidad técnica la que Europa
espera de nosotros, sino función simbólica que le abra los
horizontes ante lo insospechado y lo olvidado. Otros piensa que en la
Iglesia de los movimientos eclesiales, en la iglesia de las iglesias
particulares y diocesanas – bien estructuradas y conscientes de su
vocación y misión - , los religiosos estamos de más. Nos
quieren arrebatar nuestros centros de formación, nuestras iniciativas
apostólicas; nos ven como extraños a las diócesis. Nuestra
apariencia pobre y austera, humilde y poco exigente, permite que se nos mire
con un cierto desdén. Iglesias particulares sin religiosos
¿qué sería? No es oportuno que nosotros lo digamos. Pero
cuando se tiene perspectiva histórica, se puede dar una respuesta. La
vida religiosa en Europa se encuentra en un momento decisivo. Ha de evitar toda
forma de aburguesamiento, atonía y mediocridad. Tiene que asumir sus
responsabilidades en la emergencia de una nueva cultura europea. Ha de
introducirse sagazmente en las fuentes de esta cultura sin competir y sin
renunciar a sus tareas intransferibles, que versan todas sobre su
función simbólica. Sin una profunda conversión
personal y comunitaria las correlativas transformaciones estructurales que el
futuro requiere no servirán de nada o resultarán ineficaces. Hay
una renovación que todavía está pendiente. El instituto religioso
que entre en esa línea de profetismo, descomplicación, testimonio,
hará verdad la afirmación de que vivimos en el tiempo de los
religiosos. Si no, el Espíritu suscitará quien ocupe nuestro
lugar en la construcción de una nueva Europa.
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