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Giacomo BINI, OFM
Redefinir las presencias como fraternidad

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4. Algunas Pistas para Redefinir Presencias Fraternas

Entre las muchas pistas hipotizables para redefinir presencias fraternas, quisiera insistir en las siguientes:

a) Revisar la relación entre valores y estructuras
La tensión dinámica y constructiva entre valores y estructuras acompañará nuestra existencia, personal y comunitaria, hasta el día de nuestra muerte. No existen valores sin estructuras, ni estructuras sin referencias a los valores, y esto es algo lógico. Y también es verdad que al vivir ciertos valores en determinadas épocas y tiempos, las estructuras deben necesariamente adaptarse. Más los valores son claros y fuertes, más se crean y se inventan formas nuevas. "Está dispuesto a cambiar aquel que es firme en los valores". Aquel que, por lo contrario, funda su estabilidad en las estructuras no logra comprender la exigencia de los cambios.
Y ahora preguntémonos:

Para volver a actualizar nuestros carismas, es necesaria, pues, una verdadera conversión interior.

b) Redefinir y evangelizar el servicio de autoridad
Desde un punto de vista evangélico, y a partir de los textos de nuestras Reglas y Constituciones, no deberíamos tener dudas sobre la función diaconal de la autoridad. El CJC es sumamente claro también (cfr Cánones 618-619). Se habla de un "servicio recibido de Dios" de "docilidad a la voluntad de Dios", de "escuchar a los súbditos", de "respetar a la persona humana", de "construir una comunidad fraterna en la que se busque a Dios por encima de todo", de diálogo, etc...

Pero la manera concreta de ejercer esta autoridad es a menudo muy distinta y deja mucho que desear. En ciertos casos se trata de protagonismo y egocentrismo "político" y administrativo, que no ayuda a crear comunión, sino que genera miedos, individualismos, eficientismos. Es la sed y el ejercicio de autoridad según el mundo. La autoridad se convierte en poder. Sería grave identificar la propia persona con las estructuras de la autoridad: dejaría de ser servicio y se convertiría en autoafirmación. En ese caso, aunque se realicen nuevos grupos y nuevas presencias, ciertamente no mejora nuestro testimonio evangélico en el ambiente en el que vivimos. Se trataría de una institución como otras, quizás eficiente también, pero no de una fraternidad según el Evangelio.

Otras veces intentamos conciliar la diaconía espiritual con nuestro protagonismo. También en este caso, el servicio puede convertirse en espacio para la autoafirmación. Esta ambigüedad es fuente de tensión y de sufrimiento interiores para aquel que la ejerce, y de confusión en la búsqueda, generando así turbación en un Instituto. Existe también la autoridad "dimisionaria": se ha perdido toda esperanza. Se deja que la institución camine sin que nadie la anime y la impulse. Así es difícil llegar a una revisión verdadera y fructífera de nuestras presencias como fraternidad en el mundo de hoy sin la animación evangélica que viene de la autoridad.

c) Crear un proyecto unitario en la pluralidad de las actuaciones
Si queremos realmente iniciar un nuevo estilo de presencia como fraternidad, no podemos seguir afrontando sólo las emergencias estructurales, las necesidades más inmediatas, las necesidades del Instituto o del hermano individual dejado a sus realizaciones personales (todas "buenas" de por sí), sino que es necesario crear una verdadera relación fraterna entre todos los miembros de un Instituto. Si queremos ser fieles a nuestro carisma originario, tendremos que superar la superficialidad de las improvisaciones y trazar un proyecto comunitario provincial.

No se trata de negar al Espíritu los espacios de acción para respetar nuestros programas demasiado detallados, sino de prestar atención a los individualismos egocéntricos y eficientistas, justificables siempre, o a las necesidades del hoy, reflexionando bien sobre el rol carismático de nuestro instituto en la historia en que vivimos y hacia la cual vamos.

Es preciso tener un proyecto pensado, concordado, realizado y revisado juntos, con la aportación de los dones de cada uno, sin excluir la colaboración de los laicos.

Un proyecto común, pero que permite una pluralidad de actuaciones. En esta unidad cada comunidad tendría que encontrar, recrear y revisar periódicamente su proyecto con la ayuda de todos.

Es posible servir la Iglesia y el mundo contemporáneo con fidelidad al espíritu de un Instituto, con una presencia fraterna de contemplación o de inserción, con una fraternidad itinerante para la evangelización. Esta pluralidad favorece y desarrolla los carismas de los miembros, respeta la unidad y la comunión, y nos ayuda a ensanchar nuestro horizonte hacia el Reino de Dios.

d) Construir una fraternidad para el mundo
Una fraternidad para ser evangélica tiene que ir más allá de si misma. Es el lugar en el que vivimos, crecemos, nos formamos pero para ser enviados en el campo del mundo. La misionaridad no es sólo la consecuencia lógica de una fraternidad animada por el Espíritu, sino que es también la conciencia carismática de su tarea: ir siempre más allá de si misma, hacia los más lejanos. Una fraternidad crea ministerios y servicios en la medida en que se pone en una situación de escucha y de servicio a Dios y al mundo en el que vive. Esta creatividad de ministerios no instituidos es sumamente urgente. Si por un lado sigue siendo siempre diaconía al Espíritu en la comunión eclesial, por el otro tiene que concretarse a partir de clamores que vienen del mundo sediento de valores.

Es menester "ire inter gentes", ir entre la gente, diría san Francisco: ni arriba, ni al lado, ni confundiéndose con la lógica del mundo, ni tampoco usando los mismos métodos de poder y del figurar, sino según "la lógica de semilla", entrando en un verdadero diálogo con todos.

Es tarea de los consagrados, a través de un profundo discernimiento de los signos de los tiempos y de una buena dosis de kénosis, de expropiación y de movilidad evangélica, actualizar esta pluralidad de servicios y colaborar en la edificación del Reino de Dios. En esta diaconía de la fraternidad hacia el mundo, es bueno preocuparse de los destinatarios y de los métodos de evangelización, pero más importante aún es volver a pensar cómo vivir y encarnar el Evangelio en esta cultura concreta con sus peculiaridades. Es el problema de la inculturación, siempre urgente y actual.

Los "frutos misioneros" de una fraternidad en el mundo germinarán en proporción con su capacidad de expropiación: es decir dejar espacio al Espíritu para que pueda actuar como actor principal. Las leyes de la eficacia humana se reemplazan con las de la fecundidad divina, por tanto no se pueden controlar, ni medir, sino que son infinitas. Es indispensable no olvidar esta perspectiva neumática animada por la esperanza.





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