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P. Pietro Campus, SSP
Replay. las presencias con los interl. de la actual cult. planetaria

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REPLANIFICAR LAS PRESENCIAS
CON LOS INTERLOCUTORES DE LA ACTUAL CULTURA PLANETARIA

 


Reverendos y queridos cohermanos:

Ante todo, un saludo y un gracias cordial a cada uno de los presentes, particularmente al Presidente y al Secretario de la Unión de Superiores Generales, por la comprensión y la solidaridad que nos han manifestado en estos últimos tiempos, bastante borrascosos para mi congregación. Refiriéndome a mí, es la primera vez que participo en la asamblea de la Unión, y estoy contento de encontrarme con tantas personas de prestigio, ricas de doctrina y de experiencia. Con ustedes espero entablar buenas relaciones de amistad y de fraternidad religiosa.

Mi intervención, si he entendido bien, consiste en exponer nuestra experiencia de "refundación" carismática y apostólica en el mundo actual, caracterizado por la cultura de la comunicación en ámbito global, desde el momento en que los mensajes corren por una red informática que envuelve todo nuestro planeta.

Toda congregación misionera tiene ya sus propias experiencias al respecto. La Sociedad de San Pablo, nacida en 1914 para actuar en el campo específico de la comunicación, ha tenido que afrontar nuevas experiencias. Ya en noviembre de 1950, mi Fundador el P. Alberione recordaba, en el primer Congreso mundial de los Religiosos, que la adopción de los nuevos medios de comunicación para el apostolado "no es una tarea de aficionados sino de verdaderos apóstoles"; es una empresa llena de riesgos, de incomprensiones, de peligros de todo género, que requiere perspicacia y atención para salvarse a sí mismos además de a los otros; y concluía: "Hacen falta santos que nos precedan en estos caminos aún sin hollar y, en parte, ni siquiera trazados".

Gracias a Dios, nosotros podemos ahora contar con los ejemplos del Venerable P. Alberione y de su primer colaborador, el Beato Timoteo Giaccardo. Pero ellos representan la generación pasada, cuando los interlocutores eran los lectores habituales de la prensa católica y los espectadores de los cines parroquiales, en ambientes homogéneos y de fácil acceso. En este ámbito se desarrolló la editorial de libros y de publicaciones periódicas, que hasta los años 60 no planteaba grandes problemas ni de producción ni de difusión. Había que preocuparse solamente de ampliar las presencias apostólicas en sentido geográfico.

La situación para nosotros empezó a cambiar con la apertura de las primeras emisoras de radio en países de cultura mixta, como Japón, mientras en Italia y en otros países urgía la adopción del sistema industrial y de la organización empresarial, para la producción de revistas con mucha tirada o de libros y películas de amplio radio de difusión. (Se trataba de una opción obligada, dada la imposibilidad de administrar estas obras, particularmente los semanarios, con el personal religioso interno: los horarios de trabajo se habían hecho insoportables para todos nosotros, jóvenes y ancianos). Fue así como no sólo los agentes directos del apostolado, sino todo el escenario de las presencias y de los interlocutores cambió radicalmente: cambiaban los destinatarios, los colaboradores, las diversas autoridades a quienes referirse. Una primera prueba de esas dificultades se tuvo en 1937-38 con la producción de la película sobre la empresa misionera del Cardenal Massaia en África, cuando tuvimos que habérnoslas con banqueros y autoridades consulares, además de con los profesionales del espectáculo y con nuevas presencias étnicas. Entonces la fe del P. Alberione y una fuerte carga ideal evitó cometer errores, y todo se resolvió en una experiencia de crecimiento.

En los años 80 (el Fundador había muerto en 1971) se advirtió, con fuerza determinante, la necesidad de "replanificar" nuestras presencias apostólicas, y el problema se afrontó en un Seminario internacional de los Editores Paulinos (Ariccia 1988, con asistencia de todos los Superiores mayores y los responsables directos del apostolado); del Seminario resultó la necesidad de reintegrar el carisma fundacional, en sus componentes espiritual y formativo, con las cambiantes condiciones de la cultura y de la organización tanto fuera como dentro dela Iglesia. Nos dimos cuenta de que cambiaban los conceptos de editorial, de comunicación, de colaboración apostólica: era imposible actuar solos o con la ayuda de las congregaciones hermanas de la Familia Paulina, sino que era preciso dar espacio y responsabilidades incluso directivas a los laicos, expertos en organización científica y empresarial. En fin, era imprescindible redescubrir algunas indicaciones-clave del P. Alberione: ser siempre fieles al lema paulino "Me lanzo adelante" (Flp 3,13) y, puntualizando el celo del Apóstol en las condiciones de hoy, no apegarse a un solo campo o medio apostólico sino ir adoptando continuamente los medios más actuales y eficaces, incluidas las organizaciones surgidas de la experiencia industrial y empresarial.

En los dos sucesivos Capítulos generales (1992 y 1998) la congregación constató que, mientras las técnicas de la comunicación y la globalización de todos los procesos aceleran el proprio ritmo, nuestras capacidades de puesta al día no son lo suficientemente rápidas. La larga experiencia del trabajo manual o técnico en los años de formación y del primer compromiso apostólico choca con las urgencias de nuevas intervenciones, más dramatizadas aún por los tiempos largos de la formación específica y por el cambio de las estrategias apostólicas.

De aquí la dolorosa disociación entre los programas establecidos en los Capítulos y las posibilidades reales de actuarlos.

Así, en 1992, la prioridad apostólica de "ampliar nuestro ámbito de comunicación del Evangelio, mediante un proyecto global multimedial que, a través de la planificación y la coordinación nacional e internacional de [nuestras actividades]", produjo, sí, un despertar en las comunidades y se concretó en algunos organismos supernacionales (como la coordinación iberoamericana de los Editores Paulinos, y otra auspiciada coordinación para el área del Pacífico). Sin embargo, fue necesario que seis años más tarde, en el Capítulo de este corriente año (1988), la congregación se comprometiera de nuevo a "asumir decididamente la universalidad de nuestra misión, acelerando en primer lugar un cambio de mentalidad y de actitudes por parte de todos ,los miembros". Compromiso que luego se explicitó en estos términos: "Asumir con fidelidad dinámica y creativa el carisma del Fundador y la cultura de la comunicación en vista de la nueva evangelización, para revelar a todos el Cristo integral "Camino, Verdad y Vida", presente y operante en nuestra parroquia [que es] el mundo" (P. Alberione).

Sobre este último sujeto (Cristo, Camino, Verdad y Vida), que constituye el núcleo teológico de nuestra espiritualidad, se había sentido la necesidad de proceder a una análoga reexpresión del carisma, más adherente a la nueva sensibilidad, con un Seminario internacional sobre "Jesús, el Maestro" (Ariccia 1996), que iluminó ulteriores aspectos de la necesaria "refundación" apostólica.

En el plano operativo se determinó "revisar [...] la "geografía" paulina, o sea las sedes de las comunidades y de las actividades apostólicas"; y además "apremiar y ayudar a las circunscripciones a estudiar nuevas aperturas misioneras y el mejor rendimiento de personas y medios" (Cap. gen. VII, líneas operativas 2.1b-c).

Este es ahora el programa de la Sociedad de San Pablo, que debe hacer las cuentas con las exigencias concretas de la formación, tanto de los jóvenes como de los adultos (exigencias relevadas ya en un Seminario internacional sobre la Formación, 1994). Se ha adoptado una serie de medidas para calificar dicha formación: por ejemplo, mayor claridad carismática y, al mismo tiempo, mayor apertura —incluso geográfica— de horizontes; especialización sobre el empleo de nuevas estrategias de la comunicación, pero sobre todo de la Palabra de Dios que transmitir como objeto primario de la misión; etc.

Nuestras centrales apostólicas —como Milán-Periódicos, las radios de Brasil y otros centros editoriales— son un laboratorio de experiencias en todos los niveles, incluido el del sufrimiento: derivado de las delicadas relaciones de trabajo con los colaboradores laicos (problemas sindicales, etc.), pero también con los interlocutores que deberían ser los naturales sostenedores de nuestra misión y que no siempre reconocen nuestra identidad carismática y las exigencias que la misma entraña.

Me parece bien concluir con una afirmación profética del P. Alberione, fechada el 2 de noviembre de 1956: "Las nuevas dificultades que obstaculizan, ahora más que nunca, nuestro apostolado del cine, [las permite Dios] no para encallarlo sino para enrumbarlo hacia nuevas conquistas. No hay que desorientarse sino rezar y apuntar hacia nuestra independencia de actividad en la Iglesia, tratando de pasar ilesos entre gota y gota, sin mojarse y sin mezclarse. No sé cuándo ni cómo —concluía nuestro Fundador—, pero nosotros hemos de tener, y seguramente la tendremos, libertad de acción en la Iglesia, pues lo exige nuestra misión".




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