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P. Michael F. Czerny, SJ
Carismas bien puestos

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1. El diálogo intergeneracional

La historia comienza con una reunión comunitaria. Escuchemos:

Los términos importantes que usamos en la vida religiosa desde el Vaticano II han sido escogidos con gran esmero. Sin embargo, en el espacio de una o dos décadas, sus referentes, resonancia e incluso algo de su significado han sufrido un cambio imperceptible pero real. Dichos cambios, que corresponden a la edad de la gente, vienen a ser como diferencias de cultura entre generaciones. Afirmar esto puede parecer una obviedad, pero hay que hacer un esfuerzo para percibir esas diferencias y reconocer su importancia.

Cambios en la vida religiosa en respuesta a los cambios en el contexto que la rodea: las necesidades de la gente, las injusticias que sufren los pobres, el enfoque de la Iglesia, el pensamiento actual y los recursos disponibles de nuestra Congregación. Pero las personas mismas que llevan a cabo la misión cambian su manera de vivir y trabajar, y esto tiene el efecto de cambiar la encarnación del carisma.

El término generación "de veteranos" - evidentemente un término relativo - comprende a los que hemos terminado nuestros estudios, hemos hecho la profesión, y llevamos años o incluso décadas de trabajo en nuestro destino. Los religiosos maduros, nuestras respuestas configuradas por la experiencia del mundo y la Iglesia de hace algunas décadas, representan la vida religiosa actual. Estas actitudes y respuestas nacidas en un período anterior necesitan ser renovadas, y esta renovación es lo que se discute en esta Asamblea.

La generación "joven" comprende a los religiosos en formación, antes de los últimos votos, que están siendo introducidos a la misión. Tienen la experiencia de crecer en una sociedad y una Iglesia diferentes. Para ellos, también, la vida religiosa es asunto de "ricollocazione": un dramático cambio de contexto en respuesta a una llamada que ellos encuentran auténtica, radical, prometedora. Su encuentro con esta forma concreta de vida religiosa (tal como la vivieron en este noviciado, en esta casa propia), les lleva a preguntarse ¿Podemos encontrar aquí nuestro lugar? Sus inquietudes toman la forma de preguntas como las siguientes, preguntas que (¿algunas veces? ¿raramente?) llegan a formularse en alta voz.

¿Qué hacen en realidad nuestros ministerios?
¿Cómo responden a las necesidades de ciertas personas (nuestra clientela en su forma tradicional o en una forma nueva, o un público totalmente distinto)?
¿Qué significan realmente en la Iglesia nuestros esfuerzos en términos de fe en Jesucristo, la vida religiosa, ministerios sacerdotales y los demás?
¿Qué fe motiva esta vida, y cómo expresa a su vez nuestra fe este ministerio?
¿Puedo imaginarme trabajando aquí como hermana o hermano, como sacerdote, y realizar mi vocación humana, religiosa y sacerdotal?

Esas preguntas no son necesariamente nuevas. La generación asentada vive su propio modo de responderlas y sus respuestas colectivas constituyen actualmente cada una de nuestras Congregaciones. Las preguntas se hacen urgentes cuando el grupo más joven las vuelve a hacer según su propia sensibilidad poniendo a prueba las respuestas establecidas frente a su experiencia de sociedad/cultura/Iglesia y sus esperanzas futuras.

El potencial de incomprensiones es grande y las posibilidades de que ocurran son altas porque, a diferencia de los grupos que tienen la opción de vincularse o ignorarse unos a otros, aquí la evolución de la vida religiosa depende intrínsecamente de la transición entre generaciones.

Hay muchos modos de llevar adelante un diálogo: en la vida de comunidad, en la lectura de la realidad, en la oración y la espiritualidad compartida, en el trabajo conjunto, en ser como colegas y sobre todo como hermanos y hermanas en religión. Si ambos grupos están dispuestos a escuchar, respetarse, aprender, dar, recibir; si los mayores resisten a la tentación de imponer sus significados; si los jóvenes se muestran deseosos de aprender más allá de su experiencia inmediata: entonces el diálogo real puede ser y será fructuoso. Es necesario encontrar, fijar, proteger y usar el espacio común en el cual puede darse el diálogo.

Los religiosos que, inmersos en este mundo conflictivo y sufriente, viven con transparencia su espiritualidad y su vocación cumpliendo su misión con competencia y entusiasmo, son un estímulo importante para los miembros jóvenes de la Congregación y una atracción para los candidatos. Los religiosos jóvenes, con la colaboración de sus colegas laicos, remodelarán el ministerio según las necesidades cambiantes del pueblo de Dios y reencarnarán de nuevo el carisma.

Muchas Congregaciones se han comprometido con claridad a la renovación, la sencillez, la vida comunitaria, y algunos religiosos jóvenes viven estos valores durante su formación. Pero siguen asociados y circunscritos a las primeras etapas de la vida religiosa en la medida en que los "adultos" no parezcan haber asimilado ni llevado a la práctica estos valores sino que los suplantan con otros. El proceso alcanza un límite natural: la formación no puede formar jóvenes de manera efectiva si va contra corriente, y si sólo sirve de manera limitada como medio de reformar la Congregación en su conjunto.

Las dos generaciones quieren a toda costa que el patrimonio apostólico y espiritual de la Congregación se transmita. Este importantísimo diálogo intergeneracional debe ser mutuo (o no es diálogo) pero le falta simetría. Por un lado, los jóvenes no sólo están dialogando con sus mayores por propio interés, sino están también siendo formados e iniciados. Por otro lado, los jóvenes tienen peso, prioridad y responsabilidad, no porque necesariamente tengan razón, sino porque, por las reglas de la historia, el futuro mismo de la Congregación depende de ellos.

Tal como en la animada reunión comunitaria de Lovaina, los puntos cuestionados o rechazados por los jóvenes deberían ser cuestionados también por la Congregación oficial. De una primera reacción agresiva, "no entienden ellos", hay que pasar a una saludable duda: "¿Es comprensible lo que decimos nosotros?"

El punto de vista que desvelan los jóvenes tiene etiquetas sumamente exigentes, como autenticidad, comunicabilidad, credibilidad, transparencia. Son las condiciones para el traslado ("ricollocare"!) del carisma/intuición a la realidad contemporánea. Nuestro carisma es comprensible o inteligible cuando otros - los jóvenes - encuentran en él la respuesta a preguntas que ellos hacen y a sus profundos deseos.

Nuestros documentos sobre la misión, planificación o prioridades, pueden expresar generalidades que nos confortan pero que, carentes de enfoque o dirección, no comprometen ni generan entusiasmo. Si un proyecto lo afirma todo y no omite ni niega nada, ¿qué es lo que comunica a uno que no está dentro? Un plan/proyecto debe ser claro y selectivo; debe poner los puntos sobre las íes, pisar el suelo con opciones concretas de personas, lugares, tiempos y cosas. Las cosas "externas" como edificios, vestido, hospitalidad, oración o liturgia en público: ¿comunican lo que queremos decir o algo distinto/contrario, o casi nada...?

Nuestra declaración de misión o nuestro proyecto de ministerios es la traducción inteligible ("ricollocare"!) de nuestro carisma a la historia de hoy y de mañana - o es ininteligible y deja de "ricollocare". Lo que somos como comunidad, la espiritualidad vivida, el trabajo y la formación realmente deben comunicar, con inteligencia y transparencia una proporción decente de lo que pretendemos con palabras (las enseñanzas de Jesús, del Fundador, del Vaticano II). Entonces uno más joven tiene la ocasión de exclamar: "Ah, ya veo, de eso se trata".





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