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P. Michael F. Czerny, SJ
Carismas bien puestos

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2. El carisma viviente

"Ricollocare" parece incluir "encontrar un lugar nuevo" mientras "conserva el primer lugar". La palabra clave en esta segunda experiencia que quisiera compartir es "mientras"; se trata de averiguar cómo funcionan los criterios; y la cuenta se abre con la aparentemente sencilla actividad de andar en bicicleta.

Muchas veces la gente juzga el equilibrio o estabilidad como estático y asocian la tensión con el "sentirse tenso". De hecho, el movimiento es cuestión de equilibrio dinámico, fruto de mi esfuerzo y mi saber apropiar o resistir las fuerzas en juego. La fuerza no es ausencia de tensión sino un equilibrio de tensiones porque siempre me adapto a cada nueva situación:

Palabras como "inercia" y "stasis" pueden parecer grises y sin vida, pero una física elemental demuestra que son términos vivos y enérgicos. De manera parecida, la buena ingeniería no diseña sistemas que evitan o eliminan las tensiones sino que las combinan para que actúen de manera dinámica. El movimiento, la estabilidad, la elegancia, la fuerza, son la suma de muchas fuerzas en equilibrio o sinergía dinámica.

Entonces, ¿qué es la tensión? La tensión combina actividades (como el correr, pedalear, apoyarse, conservar el equilibrio), combina valores (movimiento, velocidad, estabilidad, fuerza) en formas dinámicas. Cada elemento o factor es importante, pero no es tan obvio ni tan claro ni es siempre igual el cómo combinarlos y mantenerlos juntos.

La "tensión" puede, pues, ser polaridad, dilema, opción, brecha, fricción, tendencia, énfasis, extensión, urgencia, acento (preocupación o tirantez); "cuestión pendiente" o "aparente oposición" o "coyuntura crítica" o "desafío permanente" o "equilibrio dinámico". Aquí no se sugiere nada tenso ni hay deseo alguno de "insistir en lo negativo". Las tensiones son esenciales y, si se viven positiva y espiritualmente, son fuentes de dinamismo. Pero no automáticamente, y por eso hacemos esta reflexión, con la esperanza de que pueda ser provechosa.

Reconocemos que una intuición original, si sigue teniendo vida y produciendo fruto (carismática), debe estar en tensión permanente con la realidad que cambia. La fidelidad con lo que es original/esencial/único en el Fundador y los primeros compañeros debe mantenerse en tensión con las características conocidas y los desafíos desconocidos de nuevos contextos.

De lo que se trata no es de repetir el carisma (lo que sería estéril) ni de reducirlo a la moda de turno o mero contexto (tal novedad rara vez resulta carismática).

Cada familia religiosa relee bajo la inspiración del Espíritu Santo las primeras experiencias para redescubrir la idea original (ya que el Vaticano II nos mandó "volver a las fuentes"); pero el renovar la intuición original no resulta tan inmediato, simple, obvio o literal como pensamos en un principio. La cultura es la clave para este problema. Aun la misma primera configuración (ubicación, arreglo) del carisma está culturalmente definida y condicionada - y por lo tanto copiar o imitar hoy lo que se hizo hace 50/500/1500 años es una forma de folklore o nostalgia. Los años que pasan ponen a prueba cada renovación anterior.

Estamos descubriendo el significado de las tensiones en la vida religiosa. Estamos aprendiendo a percibirlas, orar sobre ellas, dar con las que son importantes y afrontar las opciones que comportan. Comenzamos a ver que las tensiones, que penetran nuestra manera de orar, vivir y trabajar, son ocasiones para encontrar a Dios y fuentes de vitalidad apostólica. "Ricollocare i carismi" quiere decir averiguar cómo descubrir mejor las tensiones, expresarlas, compartirlas, vivirlas, comunicarlas...

Las tensiones contienen dos o más valores que es difícil mantener juntos, que no pueden resolverse con razonamientos (la lógica) o superarse fundiéndolos en algo nuevo (dialéctica), sino que requieren discernimiento, diálogo y continuo reajuste, y que tienden, si se viven en actitud de oración, hacia el bien mayor que nos piden Dios y su Pueblo.

Algunas de las muchas y grandes dificultades que la vida religiosa ha tenido que encarar a través de los años, no pueden superarse o resolverse de una vez por todas, sino que están sujetas a un continuo diálogo y discernimiento. Estas son tensiones a mantener y se encuentran a diferentes niveles en nuestra vida y trabajo; si se disciernen y equilibran de continuo, resultan fuentes de energía vital.

Prácticamente cada tensión me afecta a "mí" y a "nosotros": la tensión en "mí" afecta mis preferencias e inclinaciones y me empuja a crecer en integridad; la tensión en "nosotros", dada la clase de trabajo y comunidad en que nos encontramos, nos obliga continuamente a comprobar los énfasis que hacemos o que descuidamos. Difícilmente podemos evitar favorecer a uno y descuidar al otro. De hecho, aun a riesgo de hablar desde la psicología: donde uno siente resistencia frente a una de estas tensiones, puede ser que sea donde encuentra lo que necesita. Lo mismo vale de una comunidad y un equipo de trabajo.

Si analizamos el andar en bicicleta, descubrimos los muchos factores que lo integran; pero con o sin análisis, todo ciclista se cae de la bici tarde o temprano. Una tensión viviente puede degenerar. Cada polo de la tensión tiene su verdad pero, aislada y osificada, se hace estéril. Quizá pretendemos defender un valor y así eliminar la tensión, pero el resultado puede ser estrecho o ideológico. En el pasado, esto ha dado lugar a fricciones, conflictos y divisiones en la vida religiosa. El dogmatismo o la ideología nos ha llevado a veces a tratarnos más como adversarios que como compañeros. Podemos exagerar nuestros fracasos o cansarnos de mantener las tensiones; o estar tan ocupados que no les prestemos atención; o ser cobardes para cuestionarnos a nosotros mismos y a nuestras instituciones.

Traicionamos nuestro carisma cuando escogemos/acentuamos una parte de la tensión y descuidamos la otra o las otras, aferrándonos al pasado o haciendo una adaptación demasiado fácil. Un remedio es descubrir la estrechez, actitud de defensa o ideología con que tratamos de evitar las tensiones; otro, percibir los resultados destructores y subir a las causas. Aprendemos a enfrentarnos con las tensiones, a mirarlas, aceptarlas, y descubrir en qué condiciones suelen ser provechosas.

Sería un error intentar suprimir estas tensiones. En cambio resulta estimulante dejarlas que salgan a la superficie. Cuestionan y enriquecen lo que hacemos como religiosos inmersos en la sociedad y cultura contemporáneas. Sacuden a toda la Congregación y a los miembros que participan. Dan una vitalidad nueva, un significado nuevo, una esperanza nueva (y una imagen nueva!) a nuestra vida religiosa.





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