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| P. Michael F. Czerny, SJ Carismas bien puestos IntraText CT - Texto |
3. Un caso concreto
Poco después del Vaticano II se creó un puesto nuevo en la Curia General de la Compañía de Jesús, parecido al de coordinador o promotor de Justicia y Paz.
Hoy se llama "Secretario de Justicia Social" y tiene tres funciones: ayudar al Padre General en temas sociales; coordinar y apoyar el sector social, que comprende ministerios sociales de toda clase tales como promoción humana, desarrollo, concientización, capacitación, derechos humanos, investigación, propuestas, de cambios (advocacy); y cuidar de que la promoción de la justicia social marque todo el carisma social de la Compañía.
Después de haber trabajado diez años en el Centro para la Fe y la Justicia Social de Toronto y, después del asesinato de los jesuitas en El Salvador en 1989, dos años en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Centro América, en 1992 llegué a Roma. Quisiera exponeros brevemente la historia del sector social del que soy responsable, como el estudio de un caso en la recuperación y recolocación del carisma.
Cuando en 1540 y 1550 la Fórmula del Instituto definió la finalidad de la Compañía de Jesús, incluyó los siguientes elementos: "atender principalmente a la defensa y propagación de la fe y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana... reconciliar a los desavenidos, socorrer misericordiosamente y servir a los que se encuentran en las cárceles y en los hospitales, y a ejercitar todas las demás obras de caridad, según que parecerá conveniente para la gloria de Dios y el bien común". ¿No basta esto para describir todo lo que, 450 años después, debería ocupar al Secretario de Justicia Social?
Las revoluciones industriales del siglo XIX en Europa y América y del siglo XX en otras partes del mundo desencadenaron cambios sociales y culturales tan profundos y extensos que no pudieron menos que afectar la esencia misma de toda misión eclesial. Este cambio histórico se refleja por primera vez en la enseñanza oficial de la Iglesia hace sólo poco más de cien años en la encíclica Rerum Novarum de León XIII, cuando la Iglesia comienza a descubrir su misión de evangelizar no sólo individuos o comunidades sino la misma sociedad moderna: criticar estructuras injustas, defender derechos humanos fundamentales, exhortar a la gente a que transforme la sociedad a la luz del Evangelio.
La nueva mentalidad y praxis de la Iglesia van echando raíces. Por ejemplo, en una importante Instrucción de 1949, el Padre General Juan Bautista Janssens definió así la finalidad del apostolado social: "procurar a la mayoría, y en cuanto lo permite la condición terrena de los hombres, la abundancia o por lo menos medianía de bienes tanto temporales como espirituales, también del orden natural, que el hombre de por sí necesita para no sentirse deprimido". ¡Qué diferente de la Fórmula de 1540, sobre todo a primera vista, pero qué compatible y fiel!
Con el Vaticano II y la elección del Padre Pedro Arrupe como General, un decreto de 1965 se preocupó de declarar enfáticamente que "el apostolado social responde plenamente al fin apostólico de la Compañía de Jesús". Lo que quiere decir que algunos cuestionaban que esta expresión de sensibilidad social fuera realmente compatible con nuestro carisma.
En 1975 la Congregación General 32 hizo una solemne "ricollocazione" llamada "Decreto 4", que reformuló la misión de la Compañía de Jesús como "el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios". Como en muchas Congregaciones religiosas, esta opción dio un gran impulso a nuevas iniciativas de promoción y liberación; puso el esfuerzo social ante los reflectores; generó tensiones y conflictos al ver los ministerios tradicionales subestimados, amenazados o criticados; dio lugar a mártires, el primero sólo dos años más tarde, en 1977. ¿No ha sido siempre el martirio un sello divino de aprobación de los carismas?
En 1989 cayó el muro de Berlín y se concluyó el siglo XX, y comenzamos a releer desde nuevas perspectivas imprevistas nuestra experiencia posconciliar. Por ejemplo, en 1995 la Congregación General 34 pidió perdón por nuestras faltas en el servicio de la fe y la promoción de la justicia y dio gracias por las bendiciones que la opción por los pobres nos ha reportado. La Congregación reafirmó y profundizó nuestra misión: el servicio de la fe que promueve la justicia del Reino de Dios en diálogo con las culturas y las religiones.
Esta misma Congregación declaró que el apostolado social fluye de la misión general de la Compañía y tiene como su objetivo específico "(esforzarse con todo empeño) (tendiente a) que las estructuras de la convivencia humana se impregnen y sean expresión más plena de la justicia". Contenida en esta expresión suave hay una esperanza audaz, ciertamente evangélica, y un compromiso contracultural, por no decir revolucionario.
Parecía llegado el momento de que el apostolado social abordase una revisión cabal y renovación audazmente llamada "Iniciativa 1995-2000". Una pregunta aparentemente inocente, como hecha por un extraño, echaba a rodar este proceso: "¿Cómo lleváis los jesuitas del apostolado social la Buena Noticia a nuestra sociedad? Por favor, describid vuestra visión, el trabajo que hacéis, la vida que lleváis". La ingenuidad de la pregunta buscaba de hecho un alto grado de inteligibilidad o comunicabilidad a la vez que escrutaba todos los aspectos del sector social.
Algunos jesuitas de todo el mundo empezaron a hacerse preguntas sobre nuestro trabajo y nuestra visión a la luz del Evangelio. ¿Cómo vivimos en comunidad y entre los pobres? ¿Cómo leemos la realidad social y de qué formas transforma tanto la cultura como las estructuras nuestra acción? ¿Cómo trabajamos con nuestros colaboradores?
En más de treinta reuniones celebradas en todo el mundo, las preguntas estimularon el debate y empezaron a formularse descubrimientos, respuestas iniciales, y de toda esta materia prima emergieron los puntos de interés más importantes: la espiritualidad y la visión de nuestro apostolado social (el por qué); los contextos en los que trabajamos (el dónde); y los medios y métodos que usamos (el cómo).
En junio de 1997 un congreso internacional estudió estos temas, que ahora hemos destilado en un manual, Características del Apostolado Social de la Compañía de Jesús (1998). Por características entendemos las preocupaciones esenciales - las así llamadas "preguntas que no pueden dejar de ser planteadas" y las "tensiones a mantener" - que nuestros ministerios sociales deben afrontar permanentemente si han de ser al mismo tiempo social y culturalmente eficaz y evangélicamente expresivo de la Buena Nueva.
Este, pues, es el caso concreto que quisiera presentar cuando, como ocurre a menudo, me piden convencer a algunos de que nuestro apostolado social es auténticamente jesuita y mostrar a otros que efectivamente responde a los escandalosos sufrimientos y urgentes necesidades de los pobres de todas partes.