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| D. Juan E. Vecchi SDB Diseñar de nuevo las presencias: criterios, persp., restruct. IntraText CT - Texto |
DISEÑAR DE NUEVO LAS PRESENCIAS:
CRITERIOS, PERSPECTIVAS, REESTRUCTURACIONES
Algunas consideraciones
La formulación y la colocación del tema en la secuencia de las relaciones orientan hacia lo concreto. Los presupuestos doctrinales han sido presentados. Así pues, para la apertura son suficientes algunas consideraciones para poner la cuestión en primer plano.
La "presencia" manifiesta inmediatamente la identidad y la vitalidad de una forma de vida consagrada. Es su realización visible. En el momento de su nacimiento, los carismas explicitaron sus características mediante una presencia y casi en el interior de ella. A partir de ella ejercieron su fascinación y hacia ella atrajeron nuevos seguidores. Por esto se dice que los carismas no son doctrinas espirituales sino eventos del Espíritu, experiencias, y no solamente explicaciones.
Aun hoy, primero hacemos una narración de nuestros orígenes, una historia apasionante; después tratamos de ordenar las ideas inspiradoras. Lo mismo sucede en momentos de reforma o de refundación. Cuando Santa Teresa se propone vivir el carisma carmelitano de otra manera, abandona el convento de "La Encarnación" , que contaba con alrededor de 200 personas entre monjas, señoras residentes y jóvenes educandas, de las que casi un centenar pertenecían a las familias nobles de la ciudad, y se coloca con otro estilo en el convento de San José con cuatro compañeras y una capacidad total de trece. Exodo, búsqueda, peregrinación y nueva presencia están en el origen de las renovaciones.
La "presencia" comprende muchos elementos. Más aun, es el punto de unión de todos los aspectos fundamentales de la vida consagrada. Sobre ella influyen individualmente las personas, el tono de su vida, aquello en lo que creen y por lo que se arriesgan, sus opciones ante las alternativas que presenta nuestra cultura, lo que se proponen ser o lo que consiguen comunicar. Los carismas, en su aparición y en su afirmación fueron unidos a una experiencia "personal". Alrededor del fundador destacaron siempre individuos, capaces de secuela y creatividad. Esto tiene que destacarse para conjurar el riesgo de pensar las presencias –en el momento de rediseñarlas - tan solo en términos de instituciones, obras y estructuras.
Igualmente la presencia comprende la vida de la comunidad: su estilo de relaciones, su capacidad de acogida, participación, involucramiento en el contexto, su cercanía a la gente, las manifestaciones de su opción por Dios interpretables por parte del pueblo. La comunidad, efectivamente, se propone como signo de fraternidad, de comunión eclesial, de la presencia de Dios en la Familia humana.
La imagen que da la presencia depende del tipo de servicio que pretende ofrecer, de la mentalidad con la que se le presta, de su colocación en un contexto cultural o social, de los medios. En el discernimiento para rediseñar las presencias se puede privilegiar alguno de estos aspectos por su relevancia en el carisma (por ejemplo: la fraternidad, la misión…) o porque se le considera "generador" de nuevas actitudes, relaciones y mentalidad.
Uniéndose, las presencias locales dan en conjunto una imagen, se convierten en la expresión de una forma de vida consagrada. Vivimos en amplios espacios intercomunicados. Imágenes y mensajes se difunden, se comparan, se suman. Las iniciativas se completan mutuamente y se integran. Para incidir se aconsejan las sinergías, el trabajo "en red". Así pues, hoy es indispensable considerar la presencia en el radio más amplio de una provincia en su territorio, la del entero instituto en ámbito más amplio y tal vez de la vida consagrada tomada en su totalidad, en lo que respecta a algunas tomas de posiciones. Esto abre perspectivas particulares.
Es una impresión compartida (quizás también un dato comprobado) que muchas de nuestras presencias expresan el carisma con menor inmediatez y vivacidad, no solo en comparación con los tiempos de los fundadores, sino también con épocas más recientes cuando el valor de lo religioso tenía relevancia en la sociedad, o cuando los servicios de religiosos y religiosas tenían una función social evidente. Algunas urgencias a las que respondían diversos servicios de caridad aparecen hoy menos urgentes y son realizadas con profesionalidad y correctamente por otros. La mentalidad común no relaciona fácilmente tales servicios con el mensaje que nosotros queremos dar. Nuestro trabajo no presenta, pues, inmediatamente, el sentido de la vocación consagrada.
Hay una situación de incomunicación que tiene que ver justamente con la substancia de nuestro mensaje. El ambiente secular es poco proclive a reconocer el valor de opciones y motivaciones que van más allá de lo funcional, de lo temporal, o de lo práctico. El pluralismo atribuye a una preferencia subjetiva aquello que nosotros pretendemos unir a un valor objetivo. A esto se agrega la aparente ineficacia de nuestros esfuerzos con respecto a los grandes fenómenos de nuestro tiempo: la pérdida del sentido religioso, la desorientación ética, las pobrezas, que se expanden y se hacen cada vez más extremas, las discriminaciones, los conflictos que degeneran en violencia continuada. La impresión es confirmada por la escasa capacidad para captar vocaciones, sobre todo en aquellos lugares donde prevalecen la racionalidad, el bienestar y el desarrollo.
Por otra parte, no faltan los desafíos a la caridad y al sentido cristiano. Algunos son nuevos, otros antiguos, pero todos ellos se presentan con coordenadas totalmente diversas. Los pobres ya no son los huerfanitos de una sociedad basada en la solidaridad natural y organizada en dimensiones humanas. Existe la globalización, un mundo dividido por los diversos ritmos de desarrollo, un sistema económico predominante. Algo similar se podría decir de los "enfermos" y de los "no evangelizados", por no hablar de los jóvenes y de la educación. En tal sentido VC repite que el Espíritu llama "la vida religiosa a elaborar nuevas respuestas para los nuevos problemas del mundo de hoy".
En esta nuestra "hora", marcada por la comunicación social, es particularmente necesario hacer "visible" el carisma, luminoso el mensaje, transmitir tempestivamente las razones de nuestra esperanza y el sentido de nuestra elección.
El proceso de discernimiento lleva entonces a descubrir y a dar un nombre a los elementos que en nuestro caso particular crean una separación entre lo que la gente siente e imagina sobre el significado de las palabras que decimos, y nuestro tipo de presencia, de vida, de trabajo. Efectivamente, se hace necesario estar tan cercanos como para hacerse entender sin "disolver" la "diferencia" que caracteriza la vida consagrada.
Es importante no solo lo que se hace materialmente, sino lo que se suscita o despierta, aquello que se señala para incentivar interrogantes, lo que se hace brillar, lo que se destaca, los desafíos que se lanzan. Se ha dicho que la vida consagrada debe, no solamente responder a los desafíos, sino también proponer ella misma nuevos desafíos a la visión "cerrada", al deseo de posesión, a la búsqueda del placer inmediato. Es interesante leer los signos de los tiempos pero es necesario escribir nuevos. Se debe entablar diálogo con la mentalidad actual, pero también emitir en ella elementos que no se enmarquen en su lógica.
Esta difícil confrontación de querer expresarse sin lograrlo totalmente, es parte de la experiencia del creyente y de los religiosos. Encontramos abundantes huellas de ello en la Biblia. Los Salmos lo expresan en forma de invocación sufrida cuando transmiten el desafío del escéptico: " ¿Donde esta tu Dios? ". Efectivamente, la presencia de Dios y la experiencia que provoca en el hombre es irreducible a una visión puramente temporal y sus signos tienen una cierta extrañeza a la percepción humana: están envueltos en el misterio y requieren la fe y la gracia.