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D. Juan E. Vecchi SDB
Diseñar de nuevo las presencias: criterios, persp., restruct.

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3. Perspectivas

De los criterios expuestos para ser signos emergen algunas áreas de la realidad (fenómenos humanos, nuevos sujetos, desafíos) hacia las cuales parece que se deba orientar la atención en el esfuerzo de diseñar de nuevo las presencias.

La primera es la pobreza en sus diversas formas. Los contextos donde vivimos se van modificando ante nuestros ojos. Factores económicos, sociales y culturales están determinando una nueva configuración de la sociedad y del mundo.

El escenario está marcado por un fenómeno: la pobreza. No es solo la condición de algunos. Es el drama de la humanidad, un drama espiritual antes que material. A nivel mundial presenta dimensiones trágicas y sus efectos sobre personas y pueblos son devastadores. Es suficiente pensar en el hambre, un escándalo que dura desde hace mucho tiempo, que compromete el presente y el futuro de un pueblo y destruye la vida. O en el éxodo de millares de prófugos, víctimas de contraposiciones raciales, discriminaciones religiosas o rivalidades impulsadas externamente. O también en la urbanización precaria, sin condiciones mínimas de trabajo, casa, servicios o participación civil, que constituye el fenómeno de la marginación ciudadana.

Se agregan la inmigración, la explotación de muchas categorías débiles y el trabajo de menores, las servidumbres de varios tipos, la discriminación racial, la situación de las mujeres en muchos contextos, las deficiencias en ámbito familiar, el fracaso escolar de los jóvenes, la desocupación, las dependencias varias, la delincuencia, la vida en la calle. Tampoco se pueden subestimar la falta de razones para vivir, la ausencia de perspectivas humanas y espirituales que desemboca en los conocidos fenómenos de compensación y evasión.

Esta multiplicidad de formas hace de la pobreza un hecho universal. Incluso las sociedades opulentas y tecnológicamente avanzadas la anidan y desarrollan en su seno, no solo a causa de la inmigración, sino también como resultado residuo de su propio sistema. Basta recorrer las calles de una ciudad para quedar impactado por sus manifestaciones.

Existe una ínterrelación entre muchas formas de pobreza y nuestro estilo de vida. El mundo se ha hecho ínterdependiente para bien y para mal. La actual desocupación, el empobrecimiento de muchos y la consecuente reducción de las posibilidades educativas, dependen de un sistema económico que pone el valor de la persona como tal en segundo lugar. Las tragedias que afectan a grandes grupos en varias zonas del planeta, en forma casi anónima, tienen origen en las políticas económicas y culturales de una parte del mundo.

Hay muchos ejemplos al alcance de la mano que confirman tal interdependencia. No se trata solo de bienes materiales, sino de justicia, solidaridad, dignidad de la persona, concepción de la vida y del mundo.

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. En los contextos de mayor miseria han surgido en las comunidades cristianas personas carismáticas que han enfrentado las plagas sociales más difusas con oportunas iniciativas. Juntas lograron atender a casi todas las categorías de pobres propias de su tiempo: indigentes, iletrados, abandonados, reducidos a la servidumbre, prisioneros.

No pocas de ellas fundaron comunidades equipadas, tanto en el aspecto espiritual como en el operativo, para responder a la necesidad de los pobres con proyectos de gran alcance. Pasaron a la historia como grandes testigos del Evangelio y entre sus más elocuentes anunciadores.

Al emerger las cuestiones sociales, una visión más crítica de la sociedad la puso en evidencia los mecanismos generadores de la miseria. La Iglesia denunció entonces los modelos de organización económica, social y política que subestiman el valor de la persona, la despojan del derecho a los bienes necesarios para una vida plenamente humana y expanden la miseria y la marginación.

El magisterio social se hizo más constante tras el Concilio, no solo por las dimensiones que estaba adquiriendo la pobreza y por una percepción casi indiscutida de sus causas, sino también por la nueva conciencia que maduraba en la Iglesia con respecto a su testimonio y misión.

En el contexto de esta sensibilización general fue ganando terreno la expresión "opción preferencial" por los pobres. No es tanto una recomendación de caridad individual, cuanto un criterio para definir la presencia de la Iglesia en nuestro mundo.

Esta opción se recomienda en particular a los religiosos. Ellos efectivamente, por la radicalidad del seguimiento de Cristo, representan en forma más inmediata el amor de la Iglesia y de Cristo por los pobres y tienen ya una tradición rica de iniciativas: "La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo.

Esto comporta para cada Instituto, según su carisma específico, la adopción de un estilo de vida humilde y austero, tanto personal como comunitariamente.

Las personas consagradas, cimentadas en este testimonio de vida, estarán en condiciones de denunciar, de la manera más adecuada a su propia opción y permaneciendo libres de ideologías políticas, las injusticias cometidas contra tantos hijos e hijas de Dios, y de comprometerse en la promoción de la justicia en el ambiente social en el que actúan".

Al inicio de la fase de la nueva evangelización, la opción por los últimos fue reiterada con múltiples modulaciones. Se ha destacado que ella abre el camino al anuncio, el cual concretiza su sentido y la ilumina.

El corazón de la nueva evangelización es el Evangelio de la caridad que asume los problemas y las situaciones humanas que necesitan la fuerza transformadora del amor. Es una caridad que se expresa en lo inmediato pero que, sobre todo, se compromete con un proyecto social y cultural de vasto alcance en el que la persona es siempre considerada según su vocación y dignidad, a la luz de cuanto nos ha sido revelado por Cristo.

Aun a riesgo de sobreabundar, no quiero dejar de recordar cómo la opción por los pobres integra el programa eclesial para el jubileo del 2000. "En este sentido, recordando que Jesús vino a "evangelizar a los pobres" (Mt 11,5; Lc 7,22), ¿cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados? Se debe decir ante todo que el compromiso por la justicia y por la paz en un mudo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto sobresaliente de la preparación y de la celebración del Jubileo. Así, en el espíritu del Libro del Levítico (Lv 25,8-28) los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo".

El largo proceso de reflexión ha tenido también el efecto de aclarar el sentido de la opción preferencial por los pobres. Esta no comporta exclusión alguna, ni desatención a nadie, sino que expresa el compromiso de toda la Iglesia en el momento histórico por el que esta pasando el mundo. No es paralela ni se yuxtapone a la evangelización, que será siempre y en primer lugar la tarea de la Iglesia, pero se la entiende dentro del anuncio de Cristo, según la aclaración de Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi. No consiste solo en los "servicios" inmediatos, sino en la evangelización de la cultura y en el cambio de las estructuras y de los modelos de vida.

No pertenece solamente a algunos, sino que es asumida por la Iglesia en la comunión y llevada a cabo mediante la complementariedad de los dones, prestaciones y proyectos. Así pues, es de desear que todos los religiosos estén por los pobres, que muchos estén entre y con los pobres y que quienes lo sientan vivan como los más pobres.

Los diversos niveles en los que se puede expresar la opción preferencial requieren una renovación de la mentalidad sobre el modo de enfrentarla, pero consienten múltiples modalidades de presencia: asistencia inmediata, que no puede ser subestimada, influjo sobre las estructuras y mecanismos generadores, creación de una cultura de solidaridad.

Una segunda perspectiva conforme a la cual se puede diseñar de nuevo la presencia es la respuesta a la sed de espiritualidad, el apoyo a la experiencia religiosa, el apoyo en la búsqueda de Dios, la evangelización anterior y ulterior de los nuevos espacios geográficos o humanos (areópagos), la búsqueda del sentido de la vida.

Es frecuentemente recordada en Vita Consecrata como tarea especifica de los religiosos en cualquier ámbito que se desarrolle su servicio.

La espiritualidad no es solo elección personal sino también objetivo, contenido de su misión. Ellos están invitados a convertirse en guías y a multiplicar iniciativas que tengan como finalidad "Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado".

No se trata de un compromiso individual, sino de un proyecto comunitario y de una finalidad institucional. "Cada Instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica".

El servicio a la dimensión espiritual va más allá de los confines de la comunidad y se coloca como acompañamiento y apoyo para todos cuantos están en búsqueda de orientación. "Los que abrazan la vida consagrada, hombres y mujeres, son por la naturaleza misma de su opción interlocutores privilegiados de aquella búsqueda de Dios, cuya presencia aletea siempre en el corazón humano, llevándolo a múltiples formas de ascesis y de espiritualidad ".

El difundirse del ateísmo práctico, el secularismo, la religiosidad difusa y vaga, el deseo de profundización de la identidad cristiana por parte de los creyentes, el momento eclesial de tensión hacia una mayor autenticidad evangélica, los espacios abiertos a la evangelización, impulsan a hacerse cargo de la dimensión trascendental de la vida que interroga a muchas personas.

Es uno de los desafíos más serios, sino el más serio de estos años. Somos conscientes de haber recorrido un camino de renovación de la mentalidad, de haber pensado contenidos y métodos de trabajo pastoral, de haber actualizado las estructuras de vida comunitaria y de gobierno. En este momento aparece urgente lograr hablar a la vida y al corazón del hombre sobre lo que constituye la crisis de la cultura: el sentido y el fundamento de los valores y de las esperanzas a las que nos confiamos.

Dado que en un camino de este tipo se es iniciado por alguien que ya tiene experiencia y por un grupo con capacidades de involucramiento, se pide a los religiosos la experiencia personal de Dios conscientizada, buscada y profundizada, y la competencia para iniciar a otros, adultos y jóvenes. Las iniciativas, las estructuras, los sujetos, los recorridos, son múltiples y ofrecen espacio a una gran variedad de carismas.

Una tercera perspectiva para diseñar de nuevo la presencia es la misión de comunión que es confiada a los consagrados no solo mediante el testimonio silencioso, sino a través de una acción bien elegida.

Comprende la comunión en la Iglesia, la unión entre los cristianos (movimiento ecuménico), el diálogo interreligioso, la reconciliación –concordia y paz entre los hombres, la superación de las discriminaciones, la convivencia y capacidad de acogida mutua en el territorio.

Fuertes de una experiencia personal de fraternidad, que es don de Dios, los consagrados, como individuos y comunidad, están llamados a expandir, reforzar o recrear la comunión: se convierten en "expertos de comunión", levadura de unidad, operadores de reconciliación.

Dejamos de lado, por ser tan conocido, el papel de la comunión a la que los religiosos están llamados en la Iglesia universal y en aquellas particulares, y que puede tener nuevas expresiones con una inserción más visible en estas, mediante servicios especializados y en el acentuar el sentido de universalidad que es congenial a los institutos religiosos.

La misión de comunión tiene que ver con las relaciones entre consagrados. "Permaneciendo siempre fieles a su propio carisma, pero teniendo presente la amistad espiritual que frecuentemente ha unido en la tierra diversos fundadores y fundadoras, estas personas están llamadas a manifestar una fraternidad ejemplar, que sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el compromiso cotidiano de dar testimonio del Evangelio ".

No faltan nuevas insistencias prácticas sobre esto. A la participación activa en los organismos de animación, comunicación y coordinación, "para comprender el designio de Dios en los actuales atavares de la historia, para así responder mejor con iniciativas apostólicas adecuadas", se agrega la posibilidad de establecer colaboraciones sistemáticas y estables entre diversos Institutos para determinadas iniciativas que requieran convergencia de competencia y recursos. Se ha experimentado ya con los centros de estudio. La complejidad del contexto actual y las nuevas exigencias de la evangelización llevan, no sólo a concordar las formas y líneas, sino a pensar en algunas iniciativas en colaboración.

Siempre dentro de la comunión eclesial, e incluso más allá, los religiosos son invitados a dar origen a vastos "movimientos", "agregaciones", o "familias" de y con laicos. El factor aglutinante puede ser el deseo de participar en el espíritu y misión del Instituto en el caso de los "cercanos y asociados", un interés cultural o social común (paz, ecología, derechos humanos, voluntariado…), una iniciativa concreta en la que se opera juntos. En tales agregaciones, los religiosos toman parte sinceramente en la acción en favor de causas justas y dan una contribución especifica de reflexión y un testimonio de solidaridad.

En la comunidad humana o territorio, considerada a rayo inmediato y amplio –barrio, ciudad, nación, mundo - emerge la necesidad de rehacer las relaciones sociales contra el anonimato y el espíritu de "ghetto", la aspiración a la paz, el deseo de reconciliación y de convivencia digna y tranquilizante. A los viejos conflictos presentes en nuevas formas, familiares, sociales y políticas, se agregan otros típicos de nuestro tiempo como la alienación cultural, la marginación, los varios fundamentalismos, las pluralidades contrapuestas, las manifestaciones de racismo. Con frecuencia terminan en barreras reales o psicológicas, rechazo, desatención. Tendencias similares atraviesan el mundo y se concentran en algunos lugares.

Diseñar la presencia como artífices y expertos de comunión quiere decir saber crear motivos y momentos de agregación, mediar en los conflictos cotidianos, infundir voluntad de encuentro y convivencia, favorecer estructuras y espacios humanizantes, ser pacíficos en el sentido fuerte de la palabra, atender a la calidad de las relaciones, trabajar para destruir prejuicios sociales o étnicos, ser cada vez más capaces de dialogar con mentalidades diversas, favorecer iniciativas en tal sentido también en un radio más amplio.

Para ello se desea por parte de algunos la constitución de comunidades internacionales e interculturales que, al hacer experiencia, se conviertan en laboratorios de acogida y valorización de la diversidad.

La exhortación apostólica Vita Consecrata ha visto además la vida religiosa como espacio privilegiado para el diálogo entre las grandes religiones porque en su origen hay una opción que, en términos generales, es compartida por todas las personas profundamente religiosas. Esta se convierte pues en una mentalidad que hay que adquirir, una realización práctica en todas las presencias y un espacio donde colocar algunas comunidades con esa finalidad específica.

Por último ponemos como perspectiva la presencia activa en la elaboración de la cultura. Hay sobre esto otras palabras que pueden explicitar su sentido: educación de la conciencia, humanización, calidad de la vida. En la raíz de muchas heridas están algunas corrientes o características de la cultura de nuestro tiempo, especialmente las que traen los medios de comunicación social y las nuevas ideologías. Las recientes encíclicas denuncian una brecha entre conciencia y sentido ético, entre concepción de la vida y verdad, entre posesión de bienes y solidaridad. Se trata de pensar y realizar la vida y la civilización desde la perspectiva del sentido ultimo y del evangelio, actuando sobre procesos históricos.

Diversas indicaciones llevan en esta dirección: el problema de la verdad y de la ética ha sido tratado en tres encíclicas de Juan Pablo II (Evangelium Vitae, Veritatis Splendor, Ratio et Fides), los areópagos indicados in Vita Consecrata (educación, comunicación social), las referencias frecuentes a una cultura de la paz, de la vida, de la naturaleza, de la solidaridad, de la complementariedad masculina y femenina.

Pienso que sea elocuente el llamamiento de Vita Consecrata a un sostenido compromiso cultural por parte de los religiosos, no solo por especialistas calificados de alto nivel, sino como observadores evangélicos de las costumbres y la mentalidad, dispuestos y preparados a entrar en diálogo , "educadores" de la persona. Esto puede ser una constante al diseñar cada nueva presencia y también ofrecer espacios para iniciativas especializadas.





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