I
La cruz del olivar
Muerta la lumbre solar,
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los
bridones
y vense por los
arzones
las pistolas
asomadas.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas
ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, porque se
presuma
cuál de los dos
vale más.
Castor con cinta el de atrás,
y el de adelante
con pluma.
Llegaron donde el camino
en dos le divide un cerro,
y presta una cruz de hierro
algo al uno de divino.
Y es así, que si los ojos
por el izquierdo se tienden,
sotos se ven que
se extienden
enmarañados de
abrojos.
Mas vese por la derecha
un convento solitario,
en campo de frutos vario
y de abundante cosecha.
Echóse a tierra el
primero,
y al dar la brida al de atrás:
- Aquí - dijo - esperarás.
Y el otro dijo: -Aquí espero.
Y hacia el convento
avanzando,
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse menguando.
Quedó el otro en
soledad,
y al pie de la cruz sentado
siguió inmoble y embozado
en la densa oscuridad.
Mugía en las cañas
huecas
en son temeroso el viento
rasgándose
turbulento
por entre las
ramas secas.
Y en los desiguales hoyos,
con las lluvias
socavados,
hervían
encenagados
sin cauce ya los
arroyos.
Ni había una turbia estrella
que el monte alumbrara acaso,
ni alcanzaba a más de un paso,
ciega la vista sin ella.
Ni señal se percibía
de vida en el
olivar,
ni más voz que el
rebramar
del vendaval que crecía
Y al hierro santo
amarrados
ambos caballos
estaban,
y allí en
silencio aguardaban,
a esperar acostumbrados.
Ni de la áspera
maleza,
pisada al agrio rumor,
les volvió su guardador
sólo una vez la cabeza.
Un pie sobre el
otro pie,
embozado
hasta las cejas,
metido
hasta las orejas
el sombrero, se le ve:
Como en entallado
busto
de alguno que allí murió,
y allí ponerse mandó
por escarmiento o por susto.
Ni incrédulo
faltaría
que, si cerca dél pasara,
medroso se santiguara
dudando lo que sería.
Que a quien suele
con la luz
y en compaña
blasfemar,
bueno es hacerle
pasar
de noche junto a una cruz.
Mas esto se quede
aquí;
y volviendo yo a mi cuento,
digo que, dudoso
y lento,
gran rato se pasó así.
Y ya se estaba una
hora
de espera a expirar cercana,
cuando sonó una campana
de lengua aguda y sonora.
Y aún duraba por el viento
su vibración, cuando el guía
alguien notó que venía
por el lado del convento.
Sacó la faz del
embozo
y, oyendo el son más distinto,
echóse la mano al cinto
y, ¿quién va?, el amo y el mozo
preguntaron a la par;
mas, conocidos
los sones,
asieron de los
bridones
y volvieron a
montar.
Y es fama que, menos fiero
el señor con el criado,
dejóle andar a su lado
como digno compañero.