José Zorrilla
El capitán Montoya

I La cruz del olivar

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I

La cruz del olivar

Muerta la lumbre solar,

iba la noche cerrando,

y dos jinetes cruzando

a caballo un olivar.

   Crujen sus largas espadas

al trotar de los bridones

y vense por los arzones

las pistolas asomadas.

   Calados anchos sombreros,

en sendas capas ocultos,

alguien tomara los bultos

lo menos por bandoleros.

   Llevan, porque se presuma

cuál de los dos vale más.

Castor con cinta el de atrás,

y el de adelante con pluma.

   Llegaron donde el camino

en dos le divide un cerro,

y presta una cruz de hierro

algo al uno de divino.

   Y es así, que si los ojos

por el izquierdo se tienden,

sotos se ven que se extienden

enmarañados de abrojos.

   Mas vese por la derecha

un convento solitario,

en campo de frutos vario

y de abundante cosecha.

   Echóse a tierra el primero,

y al dar la brida al de atrás:

- Aquí - dijo - esperarás.

Y el otro dijo: -Aquí espero.

   Y hacia el convento avanzando,

del caballero en la oscura

sombra se fue la figura,

hasta perderse menguando.

   Quedó el otro en soledad,

y al pie de la cruz sentado

siguió inmoble y embozado

en la densa oscuridad.

   Mugía en las cañas huecas

en son temeroso el viento

rasgándose turbulento

por entre las ramas secas.

   Y en los desiguales hoyos,

con las lluvias socavados,

hervían encenagados

sin cauce ya los arroyos.

   Ni había una turbia estrella

que el monte alumbrara acaso,

ni alcanzaba a más de un paso,

ciega la vista sin ella.

   Ni señal se percibía

de vida en el olivar,

ni más voz que el rebramar

del vendaval que crecía

   Y al hierro santo amarrados

ambos caballos estaban,

y allí en silencio aguardaban,

a esperar acostumbrados.

   Ni de la áspera maleza,

pisada al agrio rumor,

les volvió su guardador

sólo una vez la cabeza.

   Un pie sobre el otro pie,

embozado hasta las cejas,

metido hasta las orejas

el sombrero, se le ve:

   Como en entallado busto

de alguno que allí murió,

y allí ponerse mandó

por escarmiento o por susto.

   Ni incrédulo faltaría

que, si cerca dél pasara,

medroso se santiguara

dudando lo que sería.

   Que a quien suele con la luz

y en compaña blasfemar,

bueno es hacerle pasar

de noche junto a una cruz.

   Mas esto se quede aquí;

y volviendo yo a mi cuento,

digo que, dudoso y lento,

gran rato se pasó así.

   Y ya se estaba una hora

de espera a expirar cercana,

cuando sonó una campana

de lengua aguda y sonora.

   Y aún duraba por el viento

su vibración, cuando el guía

alguien notó que venía

por el lado del convento.

   Sacó la faz del embozo

y, oyendo el son más distinto,

echóse la mano al cinto

y, ¿quién va?, el amo y el mozo

   preguntaron a la par;

mas, conocidos los sones,

asieron de los bridones

y volvieron a montar.

   Y es fama que, menos fiero

el señor con el criado,

dejóle andar a su lado

como digno compañero.

 


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