José Zorrilla
El capitán Montoya

II Aventura inexplicable

«»

Enlaces a las concordancias:  Normales En evidencia

Link to concordances are always highlighted on mouse hover

II

Aventura inexplicable

   Tras grave asunto, a juzgar

por los que van espoleando,

corren dos hombres cruzando

a caballo un olivar.

   No está la noche muy clara;

mas bien se ve al pie de un cerro

una cruz grande de hierro

que dos caminos separa;

   y de advertir fácil es,

aun a los ojos peores,

que son dos los corredores,

y los caballos son tres.

   Echó pie a tierra el primero,

y, al dar la brida al de atrás,

le dijo: -Aquí esperarás.

Y el otro dijo: -Aquí espero.

   Y hacia el convento avanzando

del caballero en la oscura

sombra se fue la figura,

hasta perderse, menguando.

   Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,

fuerza será que convengas

en que es preciso que vengas

hacia el convento conmigo.

   Sigue mi camino, pues,

y, de una verja detrás,

un atrio acaso hallarás

a pocos pasos que des.

   Sube tres gradas, si puedes;

da un paso más, y con él

tocarás en el cancel,

donde es fuerza que te quedes.

   ¿Ves un hombre que embozado,

encorvando la figura,

por la estrecha cerradura

en mirar está ocupado?

   Acércate sin temor,

que lo que alcanza por dentro

no hace temible el encuentro

del capitán reñidor.

   Tú, lector, preguntarás:

«¿Con que el capitán es ése

El mismo, mas que te pese;

pero hazte un poquito atrás.

   Porque, levantando el brazo,

empuja a espacio la puerta,

entró, y, dejándola incierta,

sopló el aire y dio un portazo.

   Mas veo, lector, que dices,

sin que pueda replicarte,

que esto es, llamándote, darte

con la puerta en las narices,

   mas tu impaciencia sosiega;

todo lo presenciarás;

que del poeta a eso y más

el poder mágico llega.

   Está el capitán en pie

en medio de la ancha nave,

y a la verdad que no sabe

ni qué pasa ni qué ve.

   El templo mira enlutado

con lúgubre terciopelo,

mucha gente haciendo duelo

y un féretro en medio alzado.

   Vense en el paño del túmulo

entrelazados blasones

y, a la luz de los blandones,

un cadáver en su túmulo.

   Monjes le rezan en coro

tristísimos funerales,

y le alumbran con ciriales

pajes de libreas de oro.

   La muchedumbre que asiste,

y que la tumba rodea,

dado que bien no se vea,

se que de noble viste,

   y parece que, al bajar

el que ha finado a su nicho,

memoria tuvo capricho

de opulencia que dejar.

   Y al par que su eterna calma

las oraciones consuman,

mirras y esencias perfuman

la despedida del alma.

   Música triste le aduerme,

salmodias le santifican,

e hisopos le purifican

el cuerpo que yace inerme.

   Mas aquellas oraciones

y responsorios precisos

llevan de anatema visos

y planta de maldiciones.

   A veces son sus compases

hondos, siniestros, horribles,

murmurando incomprensibles

negras e incógnitas frases.

   En son lento, ronco y quedo

se hacen oír otras veces,

y entonces aquellas preces

hielan los huesos de miedo.

   Otras semejan aullidos

discordes, desesperados,

lamentos de condenados

de los infiernos salidos.

   Otras, lejanos rumores

cual de tormentas se escuchan,

o de ejércitos que luchan

los espantosos clamores.

   Y siempre siendo los mismos

los sones que se levantan,

responsos a un tiempo cantan

y murmuran exorcismos.

   Atónito de la escena

extraña y aterradora

que encuentra tan a deshora

y le asombra y le enajena,

   don César, con paso lento,

entre la turba mezclado,

dirigióse a un enlutado

que oraba en aquel momento.

   -¿Quién es el muerto, sabéis

- dijo - a quien rezando están?

Y él respondió: -El capitán

Montoya. ¿Le conocéis?

   Mudo quedó de sorpresa

don César oyendo tal;

mas no lo tomó tan mal

como tal vez le interesa.

   Volvióse la espalda, pues,

diciendo: -Me ha conocido,

y burlárseme ha querido;

mas luego veré quién es.

   Siguió la iglesia adelante

y, una capilla al cruzar,

vio un sepulcro preparar,

entre otros varios vacante.

   Y a un personaje que halló

de luto, y que parecía

que el trabajo dirigía,

el capitán se acercó.

   -¿Para quién abren la hoya?

-le dijo. Y el enlutado

le contestó de contado:

-Para el capitán Montoya.

   Mudósele la color

a don César; mas, repuesta

su calma, al de la respuesta

volvió entre risa y furor.

   Miróle de arriba abajo,

pero no le conoció;

segunda vez le miró,

pero fue inútil trabajo.

   Ni recordó que quizá

le hubiese visto la cara,

ni imaginó que la hallara

tan repugnante jamás.

   Que encontró en ella tal gesto

de aterradora hediondez,

que, por no verla otra vez,

dejó caviloso el puesto.

   Fuese a otro punto a situar,

diciendo: -¡Ese hombre estremece!

De aquel sepulcro parece

que le acaban de sacar.

   Uno tras otro se puso

a contemplar los que vía;

mas a nadie conocía,

de lo que andaba confuso.

   Tenían todos las caras

descoloridas y secas,

y dijeran que eran huecas,

a más de antiguas y raras.

   Cansado de fiesta tal,

y a impulso de una aprensión,

llegóse a un noble varón

que oraba con un cirial.

   Cabe él la rodilla apoya,

y dícele ya con miedo:

-¿Quién es el muerto?, y muy quedo

contestó el otro: -Montoya.

   Del catafalco a los pies

llegó entonces decidido,

de aquella duda impelido,

a ver el muerto quién es.

   Por los monjes atropella;

trepa al túmulo; la caja

descubre, ase la mortaja,

y él mismo se encuentra en ella.

   Miró y remiró, y palpó

con afán hondo y prolijo,

y al fin, consternado, dijo:

-Cielo santo ¿y quién soy yo?

   

   Miró la visión horrenda

una y otra y otra vez.

y nunca más que a sí mismo

en aquel féretro ve.

Aquél es su mismo entierro,

su mismo semblante aquél;

no puede quedarle duda,

su mismo cadáver es.

En vano se tienta, ansioso:

los ojos cierra, por ver

si la ilusión se deshace,

si obra de sus ojos fue.

Ase su doble figura,

la agita, ansiando creer

que es máscara puesta en otro

que se le parece a él.

Vuelve y revuelve el cadáver

y le torna a revolver;

cree que sueña, y se sacude,

porque despertarse cree,

y tiende él triste los ojos

desencajados doquier.

Mas, ¡nuevo prodigio!, mira

a las puertas, y al dintel

ve que despiden el duelo,

de duelo henchidos también,

don Fadrique y doña Diana

que arrastran luto por él.

   Baja, les tiende los brazos,

les nombra, cae a sus pies.

- ¡Miradme! -les dice, atónito -,

Montoya soy; vedme bien.

Y ellos le miran, estúpidos,

sin poderle conocer,

e inclinando las cabezas,

replican: -Montoya fue.

Entonces, desesperado

con angustia tan cruel,

vase otra vez hacia el muerto,

demandándole quién es.

   -¿No hay quién sepa aquí quién soy?

¿No hay a salvarme poder?

Y allá desde el presbiterio,

de las rejas al través,

oyó una voz que decía:

-Sí, te conozco, mi bien.

Abre. ¿Qué tardas? Partamos;

yo soy tu amor, soy tu Inés.

Y los brazos le tendía

la de Alvarado también,

de la reja tentadora

tras el cuádruple cancel.

Mas, viéndola cual espectro

que le persigue a su vez,

gritaba él: Aparta, aparta!,

¿que soy cadáver no ves?

Y apenas palabras tales

pronunció, cuando tras él

vio llegarse aquel fantasma

cuyo gesto de hediondez

le hizo miedo y no le pudo

recordar ni conocer.

Contemplóle de hito en hito;

le asió del brazo después,

y así, con voz espantosa

vio que le dijo: Pardiez!

eres quien cambia conmigo.

A mi sepultura ven.

Y a esta horrorosa sentencia,

ya sin poderse valer,

cayó en el suelo Montoya,

falto de aliento y de pies.

   

   -¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?

¿Respiro aún? -exclamó

Montoya, abriendo los ojos,

con desfallecida voz.

-Señor, estáis en mis brazos.

-¿Eres tú, Ginés?

                          -Yo soy.

-¿Dónde estamos?

                            -En la cruz.

-¿Del olivar?

                    -Sí, señor.

-¿No estuve yo en el convento?

Pues ¿quién de allí me sacó?

-Yo fui, señor.

                      -¡Tú, Ginés!

-Perdonad: temí por vos;

y viendo que el tiempo andaba,

y ni seña ni rumor

esperanza me infundían,

tras vos eché.

                   Santo Dios!

¿Y llegaste...?

                     -A la iglesia.

-¿Atraído por el son?

-Señor, no he oído nada.

¿No os lo dije?

                       -¿Cómo no?

¿Dentro la iglesia no viste

los enlutados en pos

de mi cadáver? Miróle

absorto de admiración

el mozo, y dijo: -Soñamos,

o vos, don César, o yo.

Ni vi ni cosa alguna.

-¿Conque es mía esa visión?

¡A mis ojos solamente

horrenda se presentó!

¿No viste conmigo a nadie?

-Os juro a mi salvación

que sólo os hallé tendido

al pie del altar mayor,

y viendo el peligro doble

del sitio y la situación,

ni me detuve a pensar

si estabais herido o no;

cargué con vos, y me vine:

ni ni vi más, señor.

Calló Ginés, y don César

a estas palabras quedó

distraído y abismado

en honda meditación.

Mirábale de hito en hito

Ginés, que aterrado vio

de la faz del capitán

la extraña transformación.

Desencajados los ojos,

palidecido el color,

torvo el mirar, parecía,

más que vivo, aparición.

Sentado en el pedestal

de la cruz do él le posó,

inmóvil permanecía

sin fuerza y sin atención,

amarrado a un pensamiento

que bullía en su interior,

y que se vía que todas

las potencias le absorbió,

como quien mira aterrado

negra y horrible visión

que le borra de los ojos

cuanto existe en derredor.

Temeroso el buen criado

por su juicio y su razón

dirigióle atentas frases

con afán consolador.

Mas él ni tornó los ojos

ni a sus voces respondió,

ni agradeció sus cuidados,

que en nada puso atención;

y al cabo de largo trecho,

con repentino vigor

levantándose en silencio,

en su corcel cabalgó.

Hincóle los acicates

y el poderoso bridón,

tras un peligroso brinco,

a todo escape salió.

Santiguóse el buen Ginés,

y en su ruin superstición

dijo: -¿Si tendrá los malos?

Y a escape tras él echó.

   Y a poco habla en sepultura humilde,

de la maleza oculta entre las hojas,

una inscripción borrada por los años,

que todo, al fin, sin compasión lo borran.

Único resto de opulenta estirpe,

único fin de la mundana pompa,

montón de polvo en soledad yacía

quien hizo al mundo con su audacia sombra.

Y apenas pueden los avaros ojos

leer en medio de la antigua losa:

«Aquí yace fray Diego de Simancas,

que fue en el siglo el capitán Montoya


«»

Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC
IntraText® (VA2) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2010. Content in this page is licensed under a Creative Commons License