II
Aventura inexplicable
Tras grave asunto,
a juzgar
por los que van espoleando,
corren dos hombres cruzando
a caballo un olivar.
No está la noche
muy clara;
mas bien se ve al
pie de un cerro
una cruz grande
de hierro
que dos caminos
separa;
y de advertir fácil es,
aun a los ojos
peores,
que son dos los
corredores,
y los caballos
son tres.
Echó pie a tierra el primero,
y, al dar la brida al de atrás,
le dijo: -Aquí esperarás.
Y el otro dijo: -Aquí espero.
Y hacia el convento
avanzando
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse, menguando.
Y aquí, ¡oh mi
lector amigo!,
fuerza será que
convengas
en que es preciso
que vengas
hacia el convento conmigo.
Sigue mi camino,
pues,
y, de una verja detrás,
un atrio acaso hallarás
a pocos pasos que
des.
Sube tres gradas, si puedes;
da un paso más, y con él
tocarás en el
cancel,
donde es fuerza
que te quedes.
¿Ves un hombre que embozado,
encorvando la figura,
por la estrecha cerradura
en mirar está ocupado?
Acércate sin temor,
que lo que alcanza por dentro
no hace temible el encuentro
del capitán reñidor.
Tú, lector,
preguntarás:
«¿Con que el capitán es ése?»
El mismo, mas que te pese;
pero hazte un poquito atrás.
Porque, levantando
el brazo,
empuja a espacio la puerta,
entró, y, dejándola incierta,
sopló el aire y dio un portazo.
Mas veo, lector,
que dices,
sin que pueda replicarte,
que esto es, llamándote, darte
con la puerta en las narices,
mas tu impaciencia
sosiega;
todo lo presenciarás;
que del poeta a eso y más
el poder mágico llega.
Está el capitán en
pie
en medio de la
ancha nave,
y a la verdad que
no sabe
ni qué pasa ni
qué ve.
El templo mira enlutado
con lúgubre terciopelo,
mucha gente haciendo duelo
y un féretro en medio alzado.
Vense en el paño del túmulo
entrelazados
blasones
y, a la luz de
los blandones,
un cadáver en su
túmulo.
Monjes le rezan en coro
tristísimos funerales,
y le alumbran con ciriales
pajes de libreas
de oro.
La muchedumbre que asiste,
y que la tumba
rodea,
dado que bien no
se vea,
se ve que de
noble viste,
y parece que, al bajar
el que ha finado a su nicho,
memoria tuvo capricho
de opulencia que
dejar.
Y al par que su eterna calma
las oraciones
consuman,
mirras y esencias
perfuman
la despedida del alma.
Música triste le
aduerme,
salmodias le santifican,
e hisopos le purifican
el cuerpo que yace inerme.
Mas aquellas
oraciones
y responsorios precisos
llevan de anatema visos
y planta de
maldiciones.
A veces son sus compases
hondos,
siniestros, horribles,
murmurando
incomprensibles
negras e
incógnitas frases.
En son lento, ronco y quedo
se hacen oír
otras veces,
y entonces
aquellas preces
hielan los huesos
de miedo.
Otras semejan aullidos
discordes,
desesperados,
lamentos de
condenados
de los infiernos
salidos.
Otras, lejanos rumores
cual de tormentas
se escuchan,
o de ejércitos que
luchan
los espantosos
clamores.
Y siempre siendo los mismos
los sones que se
levantan,
responsos a un
tiempo cantan
y murmuran
exorcismos.
Atónito de la escena
extraña y
aterradora
que encuentra tan
a deshora
y le asombra y le
enajena,
don César, con paso lento,
entre la turba mezclado,
dirigióse a un enlutado
que oraba en
aquel momento.
-¿Quién
es el muerto, sabéis
- dijo - a quien rezando están?
Y él respondió: -El capitán
Montoya. ¿Le conocéis?
Mudo quedó de
sorpresa
don César oyendo tal;
mas no lo tomó tan mal
como tal vez le interesa.
Volvióse la
espalda, pues,
diciendo: -Me ha
conocido,
y burlárseme ha
querido;
mas luego veré quién
es.
Siguió la iglesia
adelante
y, una capilla al cruzar,
vio un sepulcro preparar,
entre otros varios vacante.
Y a un personaje que halló
de luto, y que
parecía
que el trabajo
dirigía,
el capitán se
acercó.
-¿Para
quién abren la hoya?
-le dijo. Y el
enlutado
le contestó de
contado:
-Para el capitán Montoya.
Mudósele
la color
a don César; mas, repuesta
su calma, al de la respuesta
volvió entre risa
y furor.
Miróle de arriba abajo,
pero no le conoció;
segunda vez le miró,
pero fue inútil trabajo.
Ni recordó que quizá
le hubiese visto
la cara,
ni imaginó que la
hallara
tan repugnante
jamás.
Que encontró en ella tal gesto
de aterradora hediondez,
que, por no verla otra vez,
dejó caviloso el puesto.
Fuese a otro punto
a situar,
diciendo: -¡Ese hombre estremece!
De aquel sepulcro parece
que le acaban de sacar.
Uno tras otro se puso
a contemplar los que vía;
mas a nadie
conocía,
de lo que andaba
confuso.
Tenían todos las caras
descoloridas y
secas,
y dijeran que
eran huecas,
a más de antiguas
y raras.
Cansado de fiesta tal,
y a impulso de una aprensión,
llegóse a un noble varón
que oraba con un cirial.
Cabe él la rodilla
apoya,
y dícele ya con miedo:
-¿Quién es el muerto?,
y muy quedo
contestó el otro: -Montoya.
Del catafalco a los
pies
llegó entonces decidido,
de aquella duda impelido,
a ver el muerto quién es.
Por los monjes
atropella;
trepa al túmulo; la caja
descubre, ase la
mortaja,
y él mismo se
encuentra en ella.
Miró y remiró, y palpó
con afán hondo y prolijo,
y al fin, consternado, dijo:
-Cielo santo ¿y quién soy yo?
Miró la visión
horrenda
una y otra y otra vez.
y nunca más que a sí mismo
en aquel féretro ve.
Aquél es su mismo entierro,
su mismo semblante aquél;
no puede quedarle duda,
su mismo cadáver es.
En vano se tienta, ansioso:
los ojos cierra,
por ver
si la ilusión se
deshace,
si obra de sus
ojos fue.
Ase su doble figura,
la agita, ansiando creer
que es máscara
puesta en otro
que se le parece
a él.
Vuelve y revuelve
el cadáver
y le torna a
revolver;
cree que sueña, y
se sacude,
porque
despertarse cree,
y tiende él
triste los ojos
desencajados doquier.
Mas, ¡nuevo prodigio!, mira
a las puertas, y
al dintel
ve que despiden
el duelo,
de duelo
henchidos también,
don Fadrique y
doña Diana
que arrastran
luto por él.
Baja, les tiende los brazos,
les nombra, cae a
sus pies.
- ¡Miradme! -les dice, atónito -,
Montoya soy; vedme bien.
Y ellos le miran,
estúpidos,
sin poderle conocer,
e inclinando las cabezas,
replican: -Montoya fue.
Entonces, desesperado
con angustia tan cruel,
vase otra vez hacia el muerto,
demandándole quién es.
-¿No hay quién sepa aquí quién soy?
¿No hay a salvarme
poder?
Y allá desde el presbiterio,
de las rejas al
través,
oyó una voz que decía:
-Sí, te conozco, mi
bien.
Abre. ¿Qué tardas? Partamos;
yo soy tu amor, soy tu Inés.
Y los brazos le
tendía
la de Alvarado
también,
de la reja
tentadora
tras el cuádruple
cancel.
Mas, viéndola
cual espectro
que le persigue a
su vez,
gritaba él: -¡Aparta, aparta!,
¿que soy cadáver no ves?
Y apenas palabras
tales
pronunció, cuando
tras él
vio llegarse
aquel fantasma
cuyo gesto de
hediondez
le hizo miedo y
no le pudo
recordar ni
conocer.
Contemplóle de
hito en hito;
le asió del brazo después,
y así, con voz espantosa
vio que le dijo: -¡Pardiez!
Tú eres quien cambia
conmigo.
A mi sepultura ven.
Y a esta horrorosa sentencia,
ya sin poderse valer,
cayó en el suelo Montoya,
falto de aliento
y de pies.
-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?
¿Respiro aún?
-exclamó
Montoya, abriendo
los ojos,
con desfallecida
voz.
-Señor, estáis en
mis brazos.
-¿Eres tú, Ginés?
-Yo soy.
-¿Dónde estamos?
-En la cruz.
-¿Del olivar?
-Sí, señor.
-¿No estuve yo en el convento?
Pues ¿quién de
allí me sacó?
-Yo fui, señor.
-¡Tú, Ginés!
-Perdonad: temí
por vos;
y viendo que el
tiempo andaba,
y ni seña ni
rumor
esperanza me infundían,
tras vos eché.
-¡Santo Dios!
¿Y llegaste...?
-A la iglesia.
-¿Atraído por el son?
-Señor, no he oído nada.
¿No os lo dije?
-¿Cómo no?
¿Dentro la iglesia no viste
los enlutados en
pos
de mi cadáver?
Miróle
absorto de
admiración
el mozo, y dijo:
-Soñamos,
o vos, don César, o yo.
Ni vi ni oí cosa alguna.
-¿Conque es mía esa visión?
¡A mis ojos solamente
horrenda se presentó!
¿No viste conmigo a nadie?
-Os juro a mi salvación
que sólo os hallé tendido
al pie del altar mayor,
y viendo el peligro doble
del sitio y la situación,
ni me detuve a pensar
si estabais herido o no;
cargué con vos, y
me vine:
ni oí ni vi más,
señor.
Calló Ginés, y
don César
a estas palabras quedó
distraído y abismado
en honda meditación.
Mirábale de hito
en hito
Ginés, que
aterrado vio
de la faz del
capitán
la extraña
transformación.
Desencajados los
ojos,
palidecido el color,
torvo el mirar, parecía,
más que vivo, aparición.
Sentado en el pedestal
de la cruz do él
le posó,
inmóvil permanecía
sin fuerza y sin atención,
amarrado a un pensamiento
que bullía en su
interior,
y que se vía que
todas
las potencias le
absorbió,
como quien mira
aterrado
negra y horrible
visión
que le borra de
los ojos
cuanto existe en
derredor.
Temeroso el buen
criado
por su juicio y
su razón
dirigióle atentas
frases
con afán
consolador.
Mas él ni tornó
los ojos
ni a sus voces
respondió,
ni agradeció sus
cuidados,
que en nada puso
atención;
y al cabo de largo trecho,
con repentino vigor
levantándose en
silencio,
en su corcel
cabalgó.
Hincóle los
acicates
y el poderoso
bridón,
tras un peligroso brinco,
a todo escape salió.
Santiguóse el
buen Ginés,
y en su ruin
superstición
dijo: -¿Si tendrá
los malos?
Y a escape tras
él echó.
Y a poco habla en sepultura humilde,
de la maleza
oculta entre las hojas,
una inscripción
borrada por los años,
que todo, al fin, sin compasión lo borran.
Único resto de opulenta estirpe,
único fin de la mundana pompa,
montón de polvo
en soledad yacía
quien hizo al mundo con su audacia sombra.
Y apenas pueden
los avaros ojos
leer en medio de la antigua losa:
«Aquí yace fray Diego
de Simancas,
que fue en el siglo el capitán Montoya.»