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ACTO PRIMERO
Salen CARLOS y POLILLA
CARLOS: Yo
he de perder el sentido
con tan
extraña mujer.
POLILLA: Dame tu
pena a entender,
señor,
por recién venido.
Cuando te hallo en Barcelona
lleno
de aplauso y honor,
donde
tu heroico valor
todo su
pueblo pregona;
cuando sobra a tus victorias
ser
Carlos, conde de Urgel,
y en el
mundo no hay papel
donde
se escriban tus glorias,
¿qué
causa ha podido haber
de que
estés tal mal guisado?
Que,
por más que la he pensado,
no la
puedo comprender.
CARLOS:
Polilla, mi desazón
tiene
más naturaleza.
Este
pesar no es tristeza,
sino
desesperación.
POLILLA:
¿Desesperación? Señor,
que te
enfrenes te aconsejo,
que
tiras algo a bermejo.
CARLOS: No
burles de mi dolor.
POLILLA: ¿Yo
burlar? Esto es templarte;
mas tu
desesperación,
¿qué
tanta es a esta sazón?
CARLOS: La
mayor.
POLILLA:
¿Cosa de ahorcarte?
Que
si no, poco te ahoga.
CARLOS: No te
burles, que me enfado.
POLILLA: Pues si
estás desesperado,
¿hago
mal en darte soga?
CARLOS: Si dejaras tu locura,
mi mal
te comunicara,
porque
la agudeza rara
de tu
ingenio me asegura
que
algún medio discurriera,
como otras veces me has dado,
con que alivie mi
cuidado.
POLILLA: Pues,
señor, polilla fuera.
Desemboca tu pasión
y no
tenga tu cuidado,
teniéndola en el crïado,
polilla
en el corazón.
CARLOS: Ya
sabes que a Barcelona,
del
ocio de mis estados,
me
trajeron los cuidados
de la
fama que pregona
de
Dïana la hermosura,
de esta
corona heredera,
en
quien la dicha que espera
tanto
príncipe procura,
compitiendo en un deseo
gala,
brío y discreción.
POLILLA: Ya sé
que sin pretensión
viniste a este galanteo
por
lucir la bizarría
de tus heroicos blasones,
y que en todas las acciones
siempre te has llevado el
día.
CARLOS: Pues
oye mi sentimiento.
POLILLA: Ello,
¿estás enamorado?
CARLOS: Sí
estoy.
POLILLA:
Gran susto me has dado.
CARLOS: Pues
escucha.
POLILLA:
Va de cuento.
CARLOS: Ya
sabes como en Urgel
tuve,
antes de mi partida,
del
amor del de Bearne
y el de
Fox larga noticia.
De
Dïana pretendientes,
dieron
con sus bizarrías
voz a
la fama, y asombro
a todas
estas provincia.
El ver
de amor tan rendidos
como la
fama publica
dos
príncipes tan bizarros,
que aun
los alaba la envidia,
me
llevó a ver si esto en ellos
era por
galantería,
gusto,
opinión o violencia
de su
hermosura divina.
Entré
pues en Barcelona;
víla en
su palacio un día
sin susto del corazón
ni
admiración de la vistas,
una
hermosura modesta,
con
muchas señas de tibia,
mas sin
defecto común
ni
perfección peregrina,
de aquellas en quien el juicio,
cuando
las vemos queridas,
por la
admiración apela
al no
sé qué de la dicha.
La
ocasión de verme entre ellos
cuando
al valor desafían
en
públicas competencias,
con que
el favor solicitan,
ya que
no pudo a mi amor,
empeñó
mi bizarría,
ya en
fiestas y ya en torneos
y otras empresas debidas
al
culto de una deidad
a cuya
soberanía
sin el
empeño de amor
la
obligación sacrifica.
Tuve en
todas tal fortuna
que,
dejando deslucidas
sus
acciones, salí siempre
coronado con las mías,
y el
vulgo, con el suceso,
la
corona merecida
con la suerte dio a mi frente
por
mérito, siendo dicha,
que
cualquiera de los dos
que en
ella me competía
la
mereció más que yo.
Pero
para conseguirla
tuve yo
el faltar mi amor
y no
tener la codicia
con que
ellos la deseaban,
y así por fuera fue mía;
que en los casos de la
suerte,
por
tema de su malicia,
se van siempre las venturas
a quien
no las solicita.
Siendo pues mis alabanzas
de todos tan repetidas,
sólo en Dïana hallé
siempre
una
entereza tan hija
de su esquiva condición
que,
siendo mis bizarrías
dedicadas a su aplauso,
nunca
me dejó noticia,
aya que
no de favorable,
siquiera de agradecida.
Y esto con tanta esquivez
que en
todos dejó la misma
admiración que en mis ojos;
pues la extraña demasía
de su
entereza pasaba
del
decoro la medida
y,
excediendo de recato,
tocaba
ya en grosería;
que a
las damas de tal nombre
puso el
respeto dos líneas:
una es
la desatención,
y otra
el favor; mas la avisa
que
ponga entre ellas la planta
tan
ajustada y medida
que en
una ni en otra toque,
porque
si de agradecida
adelanta mucho el pie,
la raya
del favor pisa,
y es
ligereza, y si entera
mucho,
y la planta retira
por no
tocar el favor,
pisa en
la descortesía.
Este error hallé en Dïana,
que empeñó mi bizarría
a
moverla por lo menos
a
atención, si no a caricia;
y este deseo en las fiestas
me obligaba a repetirlas,
a buscar nuevos empeños
al
valor y ala osadía;
mas
nunca pude sacar
de su
condición esquiva
más que
más causa a la queja
y más
culpa a la malicia.
De esto
nación el inquirir
si ella
conmigo tenía
alguna
aversión o queja
mal
fundada o presumida,
y
averigüé que Dïana
del
discurso las primicias,
con las
luces de su ingenio
las dio
a la filosofía.
De este
estudio y la lección
de las
fábulas antiguas,
resultó
un común desprecio
de los hombres, unas iras
contra
el orden natural
del
amor con quien fabrica
el
mundo a su duración
alcázares en que viva;
tan
estable en su opinión,
que da
con sentencia fija
el
querer bien por pasión
de las
mujeres indigna;
tanto,
que siendo heredera
de esta
corona, y precisa
la obligación de casarse,
la
renuncia y desestima
por no
ver que haya quien triunfe
de su
condición altiva.
A su
cuarto hace la selva
de Dïana, y son las ninfas
sus damas, y en este estudio
las emplea todo el día.
Sólo adornan sus paredes
de las ninfas fugitivas
pinturas que persüaden
al desdén. Allí se mira
a Dafne
huyendo de Apolo,
Anajarte convertida
en
piedra por no querer,
Aretusa
en fuentecilla,
que el
tierno llanto de Alfeo
paga en lágrimas esquivas.
Y
viendo el conde, su padre,
que en
este error se confirma
cada
día con más fuerza,
que la
razón no la obliga,
que sus
ruegos no la ablandan,
y con
tal furia se irrita
en
hablándola de amor,
que
teme que la encamina
a un
furor desesperado,
que el
medio más blando elija
la aconseja su prudencia,
y a los
príncipes convida
para
que, haciendo por ella
fiestas
y galanterías,
sin la
persuasión ni el ruego,
la
naturaleza misma
sea
quien lidie con ella,
por si,
teniendo a la vista
aplausos y rendimientos,
ansias, lisonjas, caricias,
su propio interés la
vence
o la
obligación la inclina,
que en
quien la razón no labra,
endurece la porfía
del
persuadir. Y no hay cosa
como
dejar a quien lidia
con su
misma sinrazón;
pues si
ella misma le guía
al
error, en dando en él,
es
fuerza quedar vencida,
porque
no hay con el que a oscuras
por un
mal paso camina,
para que vea su engaño,
mejor
luz que la caída.
Habiendo ya averiguado
que
esto en su opinión esquiva
era
desprecio común
y no
repugnancia mía,
claro está que yo debiera
sosegarme en mi porfía;
y
considerando bien
opinión
tan exquisita,
primero
que a sentimiento
pudiera
moverme a risa.
Pues para que se conozca
la
vileza más indigna
de
nuestra naturaleza,
aquella
hermosura misma
que yo
antes libre miraba
con
tantas partes de tibia,
cuando
la vi desdeñosa,
por lo
imposible a la vista,
la que
miraba común,
me
pareció peregrina.
¡Oh,
bajeza del deseo!
Que
aunque sea a la codicia
de más
precio lo que alcanza
que no
lo que se retira,
sólo
por la privación
de más
valor lo imagina,
y da el
precio a lo difícil,
que su
mismo ser le quita.
Cada
vez que la miraba
más
vella me parecía,
e iba
creciendo en mi pecho
este
fuego tan aprisa
a que,
absorto de ver la llama,
a ver
la causa volvía,
y
hallaba que aquella nieve
de su
desdén, muda y tibia,
producía en mí este incendio.
¡Qué
ejemplo para el que olvida!
Seguro
piensa que está
el que
en la ceniza fría
tiene
ya su amor difunto:
¡qué
engañado lo imagina!
Si amor
se enciende de nieve,
¿quién
se fía en la ceniza?
Corrido yo de mis ansias
preguntaba a mis fatigas:
¡Traidor corazón! ¿Qué es esto?
¿Qué es
esto, aleves caricias?
La que
neutral no os agrada
¿os
parece bien esquiva?
La que
vista no os suspende
¿cuando
es ingrata os admira?
¿Qué le
añade a la hermosura
el
rigor que la ilumina?
¿Con el
desdén es hermosa
la que
sin desdén fue tibia?
El
desprecio, ¿no es injuria?
La que
desprecia, ¿no irrita?
Pues la
que no pudo afable,
¿por
qué os arrastra enemiga?
La
crueldad a la hermosura,
¿el ser
de deidad la quita?
Pues,
¿qué, para mí la ensalza
lo que
para sí la humilla?
Lo
tirano, ¿se aborrece?
Pues a
mí, ¿cómo me obliga?
¿Qué es esto, amor? ¿Es acaso
hermosa
la tiranía?
No es
posible, no; esto es falso;
no es
esto amor, ni hay quien diga
que
arrastrar pudo inhumana
la que no movió divina.
Pues,
¿qué es esto? ¿Esto no es fuego?
Sí, que
mi ardor lo acredita;
no, que
el hielo no lo causa;
sí, que el pecho lo publica.
No
puede ser, no es posible,
no, que
a la razón implica.
Pues,
¿qué será? Esto es deseo.
¿De qué? De mi muerte misma.
Yo mi
mal querer no puedo;
pues,
¿qué será? ¿Una codicia
de
aquello que se me aparte?
No,
porque no la querría
el corazón. ¿Esto es tema?
No. Pues, alma, ¿qué imaginas?
Bajeza
es del pensamiento;
no es
sino soberanía
de
nuestra naturaleza
cuya
condición altiva
todo lo
quiere rendir,
como
superior se mira.
Y
habiendo visto que hay pecho
que a
su halago no se rinda,
el
dolor de este desdén
le abrasa y le martiriza,
y
produce un sentimiento,
con que
a desear le obliga
vencer
aquel imposible.
Y
ardiendo en esta fatiga,
como hay parte de deseo,
y este
deseo lastima,
parece
efecto de amor
porque
apetece y aspira,
y no es
sino sentimiento
equivocado en caricia.
Esto la
razón discurre;
mas la
voluntad, indigna,
toda la
razón me arrastras
y todo
el valor me quita.
Sea
amor o sentimiento,
nieve,
ardor, llama o ceniza,
yo me
abraso, yo me rindo
a esta
furia vengativa
de
amor, contra la quietud
de mi
libertad tranquila;
y sin
esperanza alguna
de
sosiego en mis fatigas,
yo
padezco en mi silencio,
yo
mismo soy de las iras
de mi
dolor alimento;
mi pena
se hace a sí misma,
porque,
más que mi deseo,
es rayo
que me fulmina,
aunque
es tan digna la causa,
el ser
la razón indigna;
pues mi
ciega voluntad
se
lleva y se precipita
del
rigor, de la crueldad,
del
desdén, la tiranía,
y
muero, más que de amor,
de ver
que a tanta desdicha
quien
no pudo como hermosa,
me
arrastrase como esquiva.
POLILLA: Atento,
señor, he estado,
y el
suceso no me admira,
porque esto, señor, es cosa
que
sucede cada día.
Mira. Siendo yo muchacho,
había
en mi casa vendimia,
y por
el suelo las uvas
nunca
me daban codicia.
Pasó este tiempo y después
colgaron en la cocina
las
uvas para el invierno;
y yo,
viéndolas arriba,
rabiaba
por comer de ellas
tanto,
que trepando un día
por
alcanzarlas, caí
y me
quebré las costillas.
Éste es
el caso, él por él.
CARLOS: No el
ser natural me alivia
si es
injusto el natural.
POLILLA: Di,
señor, ¿ella mira
con más
cariño a otro?
CARLOS: No.
POLILLA: Y
ellos, ¿no la solicitan?
CARLOS: Todos
vencerla pretenden.
POLILLA: Pues
que cae más aprisa
apostaré.
CARLOS:
¿Por qué causa?
POLILLA: Sólo
porque es tan esquiva.
CARLOS: ¿Cómo
ha de ser?
POLILLA: Verbigracia.
¿Viste
una breva en la cima
de una higuera, y los muchachos
que en alcanzarla porfían
piedras
la tiran a pares;
y
aunque a algunas se resista,
al
cabo, de aporreada
con las
piedras que la tiran,
viene a
caer más madura?
Pues lo
mismo aquí imagina.
Ella
está tiesa y muy alta;
tú tus
pedradas la tiras;
los otros tiran las suyas;
luego, por más que
resista,
ha de
venir a caer,
de una
y otra a la porfía,
más
madura que una breva.
Mas
cuidado a la caída,
que el
cogerla es lo que importa;
que ella caerá, como hay viñas.
CARLOS: El
conde, su padre, viene.
POLILLA:
Acompañado, se mira,
del de
Fox y el de Bearne.
CARLOS: Ninguno
tiene noticia
del
incendio de mi pecho,
porque
mi silencio abriga
el
áspid de mi dolor.
POLILLA: Ésa es mayor valentía.
Callar tu pasión mucho es,
¡vive Dios! ¿Por qué imaginas
que
llaman ciego a quien ama?
CARLOS: Porque
sus yerros no mira.
POLILLA: No tal.
CARLOS:
Pues, ¿por qué esta ciego?
POLILLA: Porque
el que ama, al ciego imita.
CARLOS: ¿En
qué?
POLILLA:
Encantar la pasión
por calles y por esquinas.
Salen el CONDE de Barcelona, el PRÍNCIPE de
Bearne,
y don GASTÓN, conde de Fox
CONDE:
Príncipes, vuestro justo sentimiento,
mirado
bien, no es vuestro, sino mío
Ningún
remedio intento,
que no
le venza el ciego desvarío
de
Dïana, en quien hallo
cada
vez menos medios de enmendallo.
Ni del
poder de padre a usar me atrevo,
ni del
de la razón, porque se irrita
tanto
cuando de amor a hablarla pruebo,
que a
más daño el furor la precipita.
Ella,
en fin, por no mar ni sujetarse,
quiere
morir primero que casarse.
GASTÓN: Ésa,
señor, es opinión aguda
de su
discurso, a los estudios dado,
que el
tiempo sólo o la razón la muda;
y sin
razón estás desesperado.
CONDE: Conde
de Fox, aunque verdad es ésa,
no me atrevo a empeñaros en la
empresa
de que
asistáis en vano a su hermosura,
faltando en vuestro estado a su asistencia.
PRÍNCIPE: Señor,
con tu licencia,
el que
es capricho injusto, nunca dura;
y
aunque el vencerle es dificultoso,
yo
estoy perdiendo tiempo más airoso,
ya que
a este intento de Bearne vine,
que
dejando la empresa mi constancia,
porque es mayor desaire que
imagine
nadie que al dejé por
inconstancia,
ni ese
crédito es de su hermosura,
ni del
honesto amor que la procura.
CARLOS: El
Príncipe, señor, ha respondido
como galán,
bizarro y caballero;
que aun
en mí, que he venido
sin ese
empeño, sólo aventurero,
a
festejar no haciendo competencia,
dejar
de proseguir fuera indecencia.
CONDE:
Príncipes, lo que siento es empeñaros
en
porfiar, cuando halla la porfía
de
mayor resistencia indicios claros;
si la
gala, el valor, la bizarría,
no la
mueve ni inclina, ¿con qué intento
vencer
imagináis su entendimiento?
POLILLA: Señor,
un necio a veces halla un medio
que
aprueba la razón. Si dais licencia,
yo me
atreveré a daros un remedio
con que, aunque ella aborrezca su
presencia,
se le
vayan los ojos, hechos fuentes,
tras
cualquiera galán de los presentes.
CONDE: Pues,
¿qué medio imaginas?
POLILLA: Como mío.
Hacer
justas, torneos, a una ingrata,
es poner ollas a quien tiene hastío.
El medio es, que rendirla
no dilata,
poner
en una torre a la Princesa,
sin
comer cuatro días ni ver mesa;
y luego han de pasar estos galanes
delante de ella y
convidando a escote,
el uno
con seis pollas y dos panes,
el otro
con un plato de jigote;
y a mí me lleve el diablo, si los viere,
si tras
ellos corriendo no saliere.
CARLOS: ¡Calla,
loco bufón!
POLILLA: ¿Esto es locura?
Ejecútese el medio, y a la prueba.
Sitien
luego por hambre su hermosura,
y verán
si los ojos no la lleva
quien
sacare un vestido de camino,
guarnecido de lonjas de tocino.
PRÍNCIPE: Señor,
sola una cosa por mí pido,
que don
Gastón también ha de querella.
Nunca
hablar a Dïana hemos podido;
danos
licencia tú de hablar con ella,
que el
trato y la razón puede mudarla.
CONDE: Aunque
la ha de negar, he de intentarla.
Pensad vosotros medios y
ocasiones
de
mover su entereza, que a escucharos
yo la
sabré obligar con mis razones,
que es
cuanto puedo hacer para ayudaros
a la
empresa tan justa y deseada
de ver
mi sucesión asegurada.
Vase [el CONDE]
PRÍNCIPE: Conde,
crédito es de la nobleza
de
nuestra heroica sangre la porfía
de
rendir el desdén de su belleza;
juntos la hemos de hablar.
CARLOS: Yo
compañía
al
empeño os haré, mas no al deseo,
porque
yo sin amor sigo este empleo.
GASTÓN: Pues ya
que vos no estáis enamorado,
¿qué
medios seguiremos de obligalla?
Que
esto lo ve mejor el descuidado.
CARLOS: Yo un
medio sé que mi silencio calla,
porque otro empeño es, que al proponerle
cualquiera de los dos ha de quererle.
PRÍNCIPE: Decís bien.
GASTÓN: Pues, Bearne, vamos luego
a imaginar festejos y
finezas.
PRÍNCIPE: A introducir en su desdén el fuego.
GASTÓN:
Ríndanse a nuestro incendio sus tibiezas.
CARLOS: Yo a
eso asistiré.
PRÍNCIPE: Pues a esta gloria.
Vanse
el PRÍNCIPE y don GASTÓN
CARLOS: Y que
del más feliz sea la victoria.
POLILLA: Pues,
¿qué es esto, señor? ¿Por qué has
negado
tu
amor?
CARLOS:
He de seguir otro camino
de
vencer un desdén tan desusado.
Ven, y
yo te diré lo que imagino,
que tú me has de ayudar.
POLILLA: Eso no hay
duda.
CARLOS: Allá has de entrar.
POLILLA: Seré Simón y
ayuda.
CARLOS:
¿Sabráste introducir?
POLILLA: Y hacer
pesquisas.
¿Yo
Polilla no soy? ¿Eso previenes?
Me
sabré introducir en sus camisas.
CARLOS: Pues ya
a mi amor le doy los parabienes.
POLILLA: Vamos,
que si eso importa a las marañas,
yo sabré apolillarle las entrañas.
Vanse
[los dos]. Salen DIANA, CINTIA,
LAURA,
DAMAS, y MÚSICOS
MÚSICA:
"Huyendo la hermosa Dafne,
burla
de Apolo la fe,
sin
duda la sigue un rayo,
pues la
defiende un laurel."
DIANA: ¡Qué
bien que suena en mi oído
aquel
honesto desdén!
¡Que
hay mujer que quiera bien!
¡Que
haya pecho agradecido!
CINTIA:
(¡Que por error su agudeza Aparte
quiera
el amor condenar;
y si lo
es, quiera enmendar
lo que
error naturaleza!)
DIANA: Este
romance cantad;
proseguid, que el que le hizo,
bien
conoció el falso hechizo
de esa
tirana deidad.
MÚSICOS: "Poca o ninguna distancia
hay de
amar a agradecer,
no
agradezca la que quiere
la
victoria del desdén."
DIANA: ¡Qué
bien dice! Amor es niño,
y no
hay agradecimiento,
que al
primer paso, aunque lento,
no
tropiece en su cariño.
Agradecer es pagar
con un
decente favor;
luego
quien paga el amor
ya
estima el verse adorar.
Pues
si estima, agradecida,
ser
amada una mujer,
¿que
falta para querer
a quien
quiere ser querida?
CINTIA: El
agradecer, Dïana,
es
deuda noble y cortés;
la que
agradecida es
no se
infiere que es liviana.
Que
agradece la razón
siempre
en nosotras se infiere;
la
voluntad es quien quiere;
distintas la causas son;
luego si hay diversidad
en la
causa y el intento,
bien
puede el entendimiento
obrar
sin la voluntad.
DIANA: Que
haber puede estimación
sin
amor es la verdad,
porque
amar es voluntad
y
agradecer es razón.
No
digo que ha de querer
por
fuerza la que agradece;
pero,
Cintia, me parece
que
está cerca de caer;
y
quien de esto se asegura,
no teme
o no ve el engaño,
porque
no recela el daño
quien
al riesgo se aventura.
CINTIA: El
ser desagradecida
es
delito descortés.
DIANA: Pero el
agradecer es
peligro
de la caída.
CINTIA: Yo
el delito no permito.
DIANA: Ni yo
un riesgo tan extraño.
CINTIA: Pues
por excusar un daño,
¿es
bien hacer un delito?
DIANA: Sí,
siendo tan contingente
el
riesgo.
CINTIA:
Pues, ¿no es menor,
si es contingente, este error
que
esta delito presente?
DIANA: No,
que es más culpa el amar,
que
falta el no agradecer.
CINTIA: ¿No es
mejor, si puede ser,
el no
querer y estimar?
DIANA: No,
porque a querer se ha de ir.
CINTIA: Pues,
¿no puede allí parar?
DIANA: Quien
no resiste a empezar,
no
resiste a proseguir.
CINTIA: Pues
el ser agradecida,
¿no es
mejor, si esto es ganancia,
y
gastar esa constancia
en
resistir la caída?
DIANA: No,
que eso es introducirle
al
amor, y al desecharle,
no
basta para arrojarle
lo que
puede resistirle.
CINTIA: Pues
cuando eso haya de ser,
más que
a la atención faltar,
me
quiero yo aventurar
al
peligro de querer.
DIANA: ¿Qué es querer? Tú hablas así,
o atrevida o sin cuidado;
sin
duda te has olvidado
que
estás delante de mí.
¡Querer! ¿Se ha de imaginar
en mi presencia querer?
¡Mas
eso no puede ser!
Laura,
volved a cantar.
MÚSICOS:
"No se fíe en las caricias
de Amor
quien niño le ve;
que,
con presencia de niño,
tiene
decretos de rey."
Sale POLILLA, de médico ridículo
POLILLA:
(¡Plegue al cielo que dé fuego
Aparte
mi
entrada!
DIANA:
¿Quién entra aquí?
POLILLA: "Ego."
DIANA:
¿Quién?
POLILLA:
"Mihi, vel mí;
[e]scholasticus sum ego,
pauper et enamoratus."
DIANA: ¿Vos enamorado estáis?
Pues, ¿cómo aquí entrar osáis?
POLILLA: No,
señora; "escarmentatus."
DIANA: ¿Qué
os escarmentó?
POLILLA: Amor ruin;
y
escarmentado en su error,
me he hecho médico de amor,
por ir de ruin a rocín.
DIANA: ¡De
dónde sois?
POLILLA: De un lugar.
DIANA: Fuerza
es.
POLILLA:
No he dicho poco;
que en
latín lugar es "loco."
DIANA: Ya os
entiendo.
POLILLA: Pues andar.
DIANA: ¿Y a
qué entráis?
POLILLA: La fama oí
de vos,
con admiración
de tan
rara condición.
DIANA: ¿Dónde
supisteis de mí?
POLILLA: En
Acapulco.
DIANA:
¿Dónde es?
POLILLA: Media
leguas de Tortosa;
y mi
codicia, ambiciosa,
de
saber curar después
del
mal de Amor, sarna insana,
me
trajo a veros, por Dios,
por
sólo aprender de vos.
Partíme
luego a la Habana,
por
venir a Barcelona,
y tomé
postas allí.
DIANA: ¿Postas
en la Habana?
POLILLA: Sí.
Y me
apeé en Tarragona,
de
donde vengo hasta aquí,
como
hace fuerte el verano,
a pie a
pediros la mano.
DIANA: ¿Y qué
os parece de mí?
POLILLA: Eso
es fuerza que me aturda;
no
tiene Amor mejor flecha
que
vuestra mano derecha,
si no es sacáis la zurda.
DIANA:
¡Buen humor tenéis!
POLILLA: Así,
¿gusta
mi conversación?
DIANA: Sí.
POLILLA:
Pues con una ración
os podéis hartar de mí.
DIANA: Yo
os la doy.
POLILLA: Beso... ¡Qué error!
¿Beso
dije? Ya no beso.
DIANA: Pues,
¿por qué?
POLILLA: El beso es el queso
de los ratones de Amor.
DIANA: Yo
os admito.
POLILLA: Dios delante;
mas sea con plaza de honor.
DIANA: ¿No
sois médico?
POLILLA: Hablador,
y así
seré platicante.
DIANA: Y
del mal de Amor, que mata,
¿cómo
curáis?
POLILLA:
Al que es franco
curo
con ungüento blanco.
DIANA: ¿Y
sana?
POLILLA:
Sí, porque es plata.
DIANA:
¿Estáis mal con él?
POLILLA: Su nombre
me
mata. Llamó al Amor
Averroes hernia, un humor
que
hila las tripas a un hombre.
Amor, señora, es congoja,
traición, tiranía villana,
y sólo
el tiempo le sana,
suplicaciones y aloja.
Amor
es quita-razón,
quita-sueño,
quita-bien,
quita-pelillos también,
que
hará calvo a un motilón.
Y las que él obliga a amar,
todas acaban en quita,
Francisquita, Mariquita,
por ser todas al quitar.
DIANA: Lo
que había menester
para mi
divertimiento
tengo
en vos.
POLILLA:
Con ese intento
vino yo
desde Añover.
DIANA:
¿Añover?
POLILLA:
El me crïó;
que en
este lugar extraño
se ven
melones cada año,
y así
Año-ver se llamó.
DIANA:
¿Cómo os llamáis?
POLILLA: Caniquí.
DIANA:
Caniquí, a vuestra venida
estoy
muy agradecida.
POLILLA: Para
las dueñas nací.
(Ya
yo tengo introducción. Aparte
Así en
el mundo sucede:
lo que
un príncipe no puede,
yo he logrado por bufón.
Si ahora no llega a
rendilla
Carlos,
sin maña se viene,
pues ya
introducida tiene
en su
pecho la polilla.)
LAURA: Con
los príncipes tu padre
viene,
señora, acá dentro.
DIANA: ¿Con
los príncipes? ¿Que dices?
¿Qué
intenta mi padre? ¡Cielos!
Si es
repetir la porfía
de que me case, primero
rendiré
el cuello a un cuchillo.
[CINTIA habla aparte con LAURA]
CINTIA: ¿Hay tal aborrecimiento
de los hombres? ¿Es posible,
Laura, que el brío, el
aliento
del de
Urgel no la arrebate?
LAURA: Que es
hermafrodita pienso.
CINTIA: A mí me
lleva los ojos.
LAURA: Y a mí
el Caniquí, en secreto,
me ha
llevado las narices;
que me
agrada para lienzo.
Salen el CONDE, el PRÍNCIPE, don
GASTÓN, y CARLOS
CONDE:
Príncipes,entrad conmigo.
CARLOS: (Sin
alma a sus ojos vengo; Aparte
no sé
si tendré valor
para
fingir lo que intento.
Siempre
la hallo más hermosa.)
DIANA:
(¡Cielos! ¿Qué puede ser
esto?) Aparte
CONDE:
¿Hija? ¿Dïana?
DIANA: ¿Señor?
CONDE: Yo, que
a tu decoro atiendo,
y a la
deuda en que me ponen
los condes con sus festejos,
habiendo de ellos
sabido
que del
retiro que has hecho
de su
vista, están quejosos...
DIANA: Señor,
que me des, te ruego,
licencia, antes que prosigas,
ni tu
palabra haga empeño
de cosa
que te esté mal,
de prevenirte mi intento.
Lo
primero es, que contigo
mi
voluntad tener puedo,
ni la
tengo, porque sólo
mi
albedrío es tu precepto.
Lo
segundo es, que el casarme,
señor,
ha de ser lo mesmo
que dar
la garganta a un lazo
y el
corazón a un veneno.
Casarme
y morir es uno,
mas tu
obediencia es primero
que mi
vida. Esto asentado,
venga
ahora tu decreto.
CONDE: Hija, mal has presumido,
que yo casarte no
intento,
sino dar satisfacción
a los príncipes, que han hecho
tantos festejos por ti.
Y el mayor de todos ellos
es pedirte por esposa,
siendo
tan digno su aliento,
ya que
no de tus favores,
de mis
agradecimientos.
Y no
habiendo de otorgarlo,
debe
atender mi respeto
a que
ninguno se vaya,
sospechando que es desprecio,
sino
aversión que tu gusto
tiene
con el casamiento.
Y
también, que esto no es
resistencia a mi precepto,
cuando
yo no te lo mando,
porque
el amor que te tengo
mi
obliga a seguir tu gusto.
Y, pues
tú en seguir tu intento
ni a mí
me desobedeces
ni los
desprecias a ellos,
dales
la razón que tiene
para
esta opinión tu pecho,
que esto importa a tu decoro
y
acredita mi respeto.
Vase [el CONDE]
DIANA: Si eso
pretendéis no más,
oíd,
que dárosla quiero.
GASTÓN: Sólo a
ese intento venimos.
PRÍNCIPE: Y
no extrañéis el deseo,
que más extraña es en vos
la
aversión al casamiento.
CARLOS: Yo,
aunque a saberlo he venido,
sólo ha
sido con pretexto,
sin
extrañar la opinión
de saber el fundamento.
DIANA: Pues
oíd, que ya le digo.
POLILLA: (¡Vive
Dios, que es raro empeño! Aparte
¿Si
hallará razón bastante?
Porque
será bravo cuento
dar
razón para ser loca.)
DIANA: Desde
aquel albor primero
con que
amaneció al discurso
la luz
de mi entendimiento
y el
día de la razón,
fue de
mi vida el empleo
el estudio
y la lección
de la
historia, en quien da el tiempo
escarmiento a los futuros
con los
pasados ejemplos.
Cuantas
ruinas y destrozos,
tragedias y desconciertos
han
sucedido en el mundo
entre
ilustres y plebeyos,
todas
nacieron de amor.
Cuanto
los sabios supieron,
cuando
a la filosofía
moral
liquidó el ingenio,
gastaron en prevenir
a los
siglos venideros
el ciego error, la violencia,
el
loco, el tirano imperio
de esa
mentida deidad
que se
introduce en los pechos
con
dulce voz de cariño,
siendo
un volcán allá dentro.
¿Qué
amante jamás al mundo
dio a
entender de sus efectos
sino lástimas, desdichas,
lágrimas, ansias, lamentos,
suspiros, quejas,
sollozos,
sonando
con triste estruendo
para
lastimar las quejas,
para escarmentar
los ecos?
Si
alguno correspondido
se vio,
paró en un despeño,
que al
que no su tiranía
se
opuso el poder del cielo.
Pues si
quien se casa va
a amar
por deuda y empeño,
¿cómo
se puede casar
quien
sabe de amor el riesgo?
Pues
casarse sin amor
es dar
causa sin efecto.
¿Cómo puede ser esclavo
quien
no se ha rendido al dueño?
¿Puede
hallar un corazón
más
indigno cautiverio
que
rendirle su albedrío
quien
no manda su deseo?
El obedecerle es deuda;
pues,
¿cómo vivirá un pecho
con una
obediencia fuera
y una
resistencia dentro?
Con
amor o sin amor,
yo, en
fin, casarme no puedo;
con
amor, porque es peligro;
sin
amor, porque no quiero.
PRÍNCIPE: Dándome
los dos licencia,
responderé a lo propuesto.
GASTÓN: Por mi
parte, yo os la doy.
CARLOS: Yo, que
responder no tengo,
pues la
opinión que yo sigo
favorece aquel intento.
PRÍNCIPE: La
mayor guerra, señora,
que
hace el engaño al ingenio,
es estar siempre vestido
de
aparente argumentos.
Dejando
la consecuencias
que
tiene amor contra ellos,
que en
un discurso engañado
suelen
ser de menos precio,
la
experiencia es la razón
mayor
que hay para venceros,
porque
ella sola concluye
con la
prueba del efecto.
Si vos
os negáis al trato,
siempre
estaréis en el yerro,
porque
no cabe experiencia
donde
se excusa el empeño.
Vos
vais contra la razón
natural, y el propio fuero
de
nuestra naturaleza
pervertís con el ingenio.
No neguéis vos el oído
a las verdades del ruego,
porque si es razón no
amar,
contra
la razón no hay riesgo.
Y si no
es razón es fuerza,
que os
ha de vencer el tiempo,
y entonces será victoria
publicar el vencimiento.
Vos defendéis el desdén;
todos vencerle
queremos;
vos
decís que esto es razón;
permitíos al festejo,
y haced
escuela al desdén,
donde en nuestro galanteo,
los intentos de obligaros
has de ser los argumentos.
Veamos quién tiene razón,
porque
ha de ser nuestro empeño
inclinaros al cariño,
o
quedar vencidos ellos.
DIANA: Pues
para que conozcáis
que la opinión que yo llevo
es hija
del desengaño,
y del
error vuestro intento,
festejad, imaginad
cuanto
caminos y medio
de
obligar una hermosura
tiene
amor, halla el ingenio,
que
desde aquí me permito
a
lisonjas y festejos
con el
oído y los ojos,
sólo
para convenceros
de que no puedo querer,
y que
el desdén que yo tengo,
sin
fomentarle el discurso,
es
natural en mi pecho.
GASTÓN: Pues si
argumento ha de ser
desde
hoy nuestro galanteo,
todos
vamos a argüir
contra
el desdén y despego.
Príncipes, de la razón
y de amor es ya el empeño;
cada uno un medio elija
de
seguir este argumento.
Veamos,
para concluir,
quién
elige mejor medio.
Vase [don GASTÓN]
PRÍNCIPE: Yo voy
a escoger el mío,
y de
vos, señora, espero
que
habéis de ser contra vos
el más
agudo argumento.
Vase [el PRÍNCIPE]
CARLOS: Pues
yo, señora, también,
por
deuda de caballero,
proseguiré en festejaros,
mas
será sin ese intento.
DIANA: Pues,
¿por qué?
CARLOS:
Porque yo sigo
la
opinión de vuestro ingenio;
mas
aunque es vuestra opinión,
la mía
es con más extremo.
DIANA: ¿De qué
suerte?
CARLOS: Yo, señora,
no sólo
querer no quiero
mas ni
quiero ser querido.
DIANA: Pues,
¿en ser querido hay riesgo?
CARLOS: No hay
riesgo pero hay delito;
no hay
riesgo, porque mi pecho
tiene
tan establecido
el no
amar en ningún tiempo,
que si
el cielo compusiera
una
hermosura de extremos
y ésta me amara, no hallara
correspondencia en mi afecto.
Hay
delito, porque cuando
sé yo
que querer no puedo,
amarme
y no amar, sería
faltar
mi agradecimiento.
Y así
yo, ni ser querido
ni
querer, señora, quiero,
porque
temo ser ingrato
cuando
sé yo que he de serlo.
DIANA: Luego,
¿vos me festejáis
sin amarme?
CARLOS:
Esto es muy cierto.
DIANA: Pues,
¿para qué?
CARLOS: Por pagaros
la
veneración que os debo.
DIANA: Y eso,
¿no es amor?
CARLOS: ¿Amor?
No,
señora, esto es respeto.
POLILLA:
(¡Cuerpo de Cristo! ¡Qué
lindo! Aparte
¡Qué
bravo botón de fuego!
Échala
de ese vinagre,
y
verás, para su tiempo,
qué
bravo escabeche sale.)
[DIANA y CINTIA hablan aparte]
DIANA: Cintia,
¿has oído a este necio?
¿No es
graciosa su locura?
CINTIA:
Soberbia es.
DIANA: ¿No será bueno
enamorar a este loco?
CINTIA: Sí, mas
hay peligro en eso.
DIANA: ¿De
qué?
CINTIA:
Que tú te enamores,
si no
logras el empeño.
DIANA: Ahora
eres tú más necia;
pues,
¿cómo puede ser eso?
No me
mueven los rendidos
y, ¿ha
de arrastrarme el soberbio?
CINTIA: Esto,
señora, es aviso.
DIANA: Por eso he de hacer empeño
de rendir su vanidad.
CINTIA: Yo me
holgaré mucho de ello.
A CARLOS
DIANA:
Proseguid la bizarría,
que yo
ahora os la agradezco
con
mayor estimación,
pues
sin amor os la debo.
CARLOS: ¿Vos
agradecéis, señora?
DIANA: Es
porque con vos no hay riesgo.
CARLOS: Pues yo iré a empeñaros más.
DIANA: Y yo
voy a agradecerlo.
CARLOS: Pues
mirad que no queráis,
porque cesaré en mi intento.
DIANA: No me
costará cuidado.
CARLOS: Pues
siendo así, yo lo acepto.
DIANA:
Andad. Venid, Caniquí.
CARLOS: ¿Qué
decís?
POLILLA:
Soy ya ese lienzo.
A CINTIA
DIANA: Cintia,
rendido has de verle.
CINTIA: Sí
será; pero yo temo
que se
te trueque la suerte.
(Y eso
es lo que yo deseo.) Aparte
A CARLOS
DIANA: Mas,
¿oís?
CARLOS:
¿Qué me queréis?
DIANA: Que si
acaso os muda el tiempo...
CARLOS: ¿A qué,
señora?
DIANA: A querer.
CARLOS: ¿Qué he
de hacer?
DIANA: Sufrir desprecios.
CARLOS: ¿Y si
en vos hubiese amor?
DIANA: Yo no
querré.
CARLOS:
Así lo creo.
DIANA: Pues,
¿qué pedís?
CARLOS: Por si acaso...
DIANA: Eso
acaso está muy lejos.
CARLOS: ¿Y si
llega?
DIANA:
No es posible.
CARLOS:
Supongo.
DIANA:
Yo lo prometo.
CARLOS: Eso
pido.
DIANA:
Bien está.
Quede
así.
CARLOS: Guárdeos el cielo.
DIANA: (Aunque
me cueste un cuidado, Aparte
he de
rendir a este necio.)
Vanse DIANA y las damas
POLILLA: Señor,
buena va la danza.
CARLOS:
Polilla, yo estoy muriendo;
todo mi valor ha habido
menester mi fingimiento.
POLILLA: Señor,
llévalo adelante,
y verás
si no da fuego.
CARLOS: Eso
importa.
POLILLA:
Ven, señor,
que ya yo estoy acá dentro.
CARLOS: ¿Cómo?
POLILLA:
Con lo Caniquí
me he
hecho lienzo casero.
FIN DE LA
PRIMERA JORNADA
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