Leopoldo Alas alias Clarín
Benedictino
Texto

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Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y disgustado, se decía el solterón empedernido:

-De todas maneras la chica... estaba ya perdida. ¡Oh, es claro! En este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fue lo otro. Aquello de hacerse la loca después del lance, y querer aturdirse, y pedirme algo que la arrancara el pensamiento... y.. ¡diablo de casualidad! ¡Ocurrírsele cogerme la llave de la biblioteca... y dar precisamente con el recuerdo de su padre, con el frasco de benedictino!...

¡Oh! sí; estas cosas del pecado, pasan a veces como en las comedias, para que tengan más pimienta, más picardía... Bebió ella. ¡Cómo se puso! Bebí yo... ¿qué remedio? obligado.

«¡Quién le hubiera dicho a la pobre Nieves que aquel frasco de benedictino le había guardado su padre años y años para el día que casara a su hija!... ¡No fue mala boda!» Y el último pensamiento de Caín al dormirse ya no fue para la menor de las Contenciosas ni para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fue para los socios viejos del Casino que le llamaban platónico; «¡él, platónico!».

FIN

 


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