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Andrés durmió mal aquella noche, ¡muy mal! En
el paso imprudente que había dado en la arboleda de Ambojo, faltó a muchos
deberes y cometió muchas inconveniencias a un tiempo. ¡Tantos años corridos en la
intimidad de la pobre familia de la bodega! ¡La honrada vanidad que él fundaba
en ser el paño de lágrimas de los dos viejos, que le tenían en las mismas
entretelas del corazón! ¡Aquella noble confianza con que la hermosa muchacha,
desde que fue niña descuidada, venía amparándose de su sombra benéfica, sin
recelar del juicio de las gentes, que podía manchar su buena fama, como la
habían manchado ya, como seguirían manchándola las mujeres del quinto piso! ¡Y
el matrimonio de abajo, y la misma Sotileza, y hasta el huraño de Cleto le
querían, le amaban, precisamente por honrado y parcialote*; por
humilde, por generoso... y porque le creían capaz de partir con ellos el mejor
pedazo de pan, y de andar a cachetes en medio de la calle por defender la vida
o el buen nombre de todos y cada uno de ellos! ¿Qué diría tía Sidora, qué su
marido, si en aquel instante de vértigo le hubieran visto, o sin otros muchos
le hubieran leído en la frente ciertos pensamientos que cruzaban rápidos por
detrás de ella!... ¿Qué juzgaría el candoroso Cleto si lo sospechara! ¡Cleto,
que le había visto tan indignado y tan noble cuando le descubrió las calumnias
con que le perseguían las mujeres de su casa!... Y sobre todo, ¿en qué opinión
le tendría Sotileza desde que se vio en la dura necesidad de arrojarle de su
lado, altiva, dura, indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo
que deshonra! Porque aquellos gestos, aquellos ademanes, aquellas palabras,
significaban todo eso, y en manera alguna fueron artimañas femeniles, resistencias
de artificios o disfraces de muy distintos propósitos. Aquello había sido una
peña de mármol puesta delante de sus ímpetus, para que se estrellaran en ella;
una lección terrible. ¡Y se la daba una marinera zafia, a pesar de deberle
tantos favores y tantas preferencias! ¡Cuál no sería la magnitud de su
imprudencia, y hasta qué extremo no estaría desprestigiado en la consideración
de Sotileza!... Y, además, corrido; porque corridos quedan los hombres en esas
empresas cuando les salen tan mal como a él le había salido la suya. ¡Si ya que
el diablo le tentó, le hubiera ayudado a salir avante, triunfador y airoso!...
¡Pero quedarse sin el botín y con todos los coscorrones de tan inicua
batalla!...
En fin, que no se podía vivir con sosiego en
la situación en que él tenía las cosas desde la tarde anterior, examinadas
serenamente al calorcillo de la almohada. Por tanto, procuraría verse con
Sotileza, mano a mano, tan pronto como la ocasión se le presentara; hablaría
con ella de lo acontecido, despacio, fría y severamente; echaría la culpa de su
desliz a las tentaciones del sitio, a los arrullos del ábrego, al tufillo de la
mar..., a cualquier cosa; quizá diera por motivo de su ex abrupto un oculto
propósito de poner a prueba las virtudes de la moza... Esto ya lo decidiría él
en su hora. Lo importante era quedar como debía y donde debía quedar... Si
hablando, hablando, resultaba que su prestigio iba creciendo y agigantándose a
los ojos de la buena moza, y que ésta llevaba su admiración hasta el extremo de...
¡Entonces, entonces sería ocasión de que se trocaran los papeles y recibiera
Sotileza la lección que le debía!... A menos que la fuerza misma del empeño y
lo palmario de la voluntad no le obligaran a ceder. Pero de este modo, ya la
cosa era distinta, porque no siendo la culpa suya, él estaba libre de toda
responsabilidad.
Y todo esto, con ser tanto, no era lo único
que le robaba el sueño. ¡Si cuando las cavilaciones dan en eslabonarse unas con
otras!...
En cuanto llegó a su casa de vuelta de la mar,
sin responder una palabra a las muchas que le enderezó su madre, entre amorosa
y sulfurada, por los riesgos que había corrido, el estado en que le veía, las
gentes que le enamoraban, y por otro tanto más, se encerró en su gabinete, se
afeitó, se lavoteó a su gusto y se mudó de pies a cabeza con el equipo fresco y
dominguero que se halló preparadito al alcance de su mano. Previsiones de la
capitana, que adoraba en aquel hijo, tan noblote, tan gallardo, tan hermoso...,
¡pero tan adán!... Si aquella noche no le pasa la revista acostumbrada, se le
va a la calle con junquillo y sombrero de copa, pero sin corbata.
-¡Que con la estampa que tienes no te haya
dado el Señor, para ser una persona decente, el arte que te ha dado el demonio
para aventajar al marinerazo más arlote!
Así le dijo la capitana mientras le hacía el
nudo de la corbata, que ella misma le había pasado bajo el cuello de la camisa
con la necesaria destreza para no arrugarle. Después, y mientras le estiraba
los faldones del levisac, le sentaba los fuelles de la pechera, le pasaba el
cepillo sobre los hombros y arreglaba las caídas de las perneras sobre las
botas del charol con caña de tafilete encarnado, continuó expresándose de esta
manera:
-Si tú fueras otro, no habría necesidad de que
tu madre te diera, cada vez que te vistes de señor, un mal rato como éste que
estás llevando ahora, pero como eres así tan... Hijo, ¡qué rabia me das algunas
veces!... ¡Deseando estoy que tu padre acabe de llegar de su viaje y comience a
cumplirnos la palabra de no volver a embarcarse jamás!... ¡A ver si, con mil
diablos, teniéndote más a la vista, consigue lo que yo no he podido conseguir
de ti! Bueno que una vez que otra..., pero ¡tanto, tanto y como si fuera ése tu
oficio!... ¿Qué te parece? Mira qué manos... ¡hasta con callos en las palmas! ¡Póngase usted guantes ahí!... Hasta
por corresponder a las atenciones que te guardan esos señores, debieras ser un
poco más mirado en ciertas cosas. ¿A quién se le ocurre, sino a ti, irse todo
el día de pesca, sabiendo que esta noche estás convidado al teatro con una
familia tan distinguida? Pues ya veremos cómo te portas... Y cuidado con
largarse a media función; espérate hasta que concluya, y acompáñalos a casa. Da
el brazo a la señora o a su hija, cuando salgáis de casa para ir al teatro, y
lo mismo cuando bajéis la escalera de los palcos... Porque desde aquí te irás
en derechura a buscar a Tolín, que te espera en su cuarto. Así me lo dijo esta
mañana saliendo de misa de once de la Compañía... ¡Ea!, ya estás en regla... ¡y
bien guapetón, caramba!, ¿por qué no ha de decirse, si es cierto?
A Andrés le molestaban mucho estas incesantes
chinchorrerías de su madre; las cuales, si estaban muy en su punto por lo
referente a las aficiones del mozo, eran harto inmerecidas por lo tocante a lo
demás. La capitana le quería elegante y distinguido a fuerza de perfiles,
miramientos, discreciones y finezas; es decir, haciéndole esclavo de su
vestido, de su palabra y de cuatro leyes estúpidas impuestas en salones y
paseos por unos cuantos majaderos que no sirven para cosa mejor; y Andrés, con
su gallardía natural, con su varonil soltura y su ingenuidad noblota, era
precisamente de las pocas figuras que encajan bien en todas partes, aunque en
ninguna brillen mucho.
Fuese, pues, de punta en blanco a casa de
Tolín; y al atravesar el vestíbulo dirigiéndose al cuarto de su amigo, hallóse
tope a tope con Luisa, emperejilada ya con todos los perifollos del teatro.
Parecióle al fogoso muchacho que le caían muy bien, y así se lo espetó por todo
saludo, pues le sobraba confianza para ello.
-¡Vaya, que estás guapa de veras, Luisilla!
-le dijo.
-Y a ti, ¿qué te importa? -respondió Luisa,
pasando de largo.
Andrés tomaba todos los dichos al pie de la
letra, y por eso le dejó muy desconcertado la sequedad de Luisa.
Tanto, y tan sentido, que se quejó de ello a
Tolín así que llegó a su cuarto.
-Te digo, hombre, que el mejor día la suelto
una fresca. ¡Mira que es mucha tirria la que me va tomando!
-¡Qué ha de ser tirria eso! -le replicó Tolín,
mientras se enceraba las desmayadas guías de su bigote ralo.
-Pues si no es tirria, ¿qué es?
-Gana de divertirse contigo. ¡Como hay tanta
confianza entre vosotros!...
-¡Pues me gusta la diversión!
-Sí, hombre, sí; no es más que eso... o algún
resentimiento que podrá tener...
-¿De qué?
-¡Qué sé yo! De todas maneras, no vale un pito
la cosa.
-Para ti, no; pero para mí...
-Y para ti, ¿por qué?
-Me parece, Tolín, que entrar todos los días
en una casa donde se le recibe a uno así... Porque, desde algún tiempo acá,
todos los días me pasa algo de esto.
-Hombre, eso, si bien se mira, hasta revela
cariño y estimación... Pues si quisiese echarte a la calle de una vez...
¡apenas tiene despabiladeras la niña!
-¡Ya lo voy viendo, ya!
-¡Qué has de ver tú, hombre; qué has de ver tú!... Lo que hay que
ver es lo que hace con los que le estorban de verdad. Mira que ya me da hasta
compasión de ese pobre Calandrias.
-¡Calandrias!... ¿Quién es Calandrias?
-¿No te recuerdas que llamábamos así a Pachín
Regatucos, el hijo de don Juan de los Regatucos? Pues ese elegantón se bebe los
vientos por ella, y pasea el Muelle arriba y abajo todo el santo día de Dios;
¡y ella le da cada sofión y cada portazo!... ¡y le pone unas caras!... En el
baile campestre del día de San Juan, se negó a bailar con él, ¡con unos
modos!... Te digo que no sé cómo ese hombre tiene humos... ni vergüenza para
seguir todavía paseando la calle a mi hermana. Pues como ése hay varios; porque
ella es hija de don Venancio Liencres... ¡ya se ve! Y a todos los trata por igual... ¡Más seca y
más...! Y lo peor es que todas sus familias son visitas de casa...,
¡como que son de lo mejor!... Mamá está que trina con esas geniadas... Y con
muchísima razón... ¡Mira tú, hombre, qué cosa mejor puede apetecer ella, a la
edad que tiene, que tantos y tan buenos partidos para escoger el que más le
agrade! Pues nada.... como una peña...Te digo que como una peña... Conque ahora
quéjate tú... Y por supuesto, que todas esas cosas te las cuento yo no más que
para gobierno tuyo y en la confianza de la amistad que tenemos. ¿Estás?
En esto se oyeron dos golpes recios a la
puerta de la habitación, y la voz de Luisa que decía:
-¡Que nos vamos!...
Andrés abrió en seguida; y como ya su amigo
había terminado sus faenas de tocador, salieron ambos al pasillo, donde tuvo
Andrés que saludar a la señora de don Venancio, que, aunque vieja ya y bastante
acartonada, iba tan elegante como su hija, pero mucho más fastidiosa. Don
Venancio andaba perorando en el Círculo de Recreo, y se daría una vuelta por el
teatro a última hora, si otros particulares más interesantes no se lo
estorbaban. Tolín se anticipó a dar el brazo a su madre para bajar la escalera,
y Andrés ofreció el suyo a Luisa con grandes recelos de recibir un desaire.
Pero no le recibió, afortunadamente. Eso sí,
al precio de una mirada de aire colado, y de estas palabras, que dejaron al
pobre chico atarugado y sudando:
-Pero no me rompas el vestido, como la otra
vez...
De camino, llamaron a la puerta de don
Silverio Trigueras, comerciante bien metido en harina; y bajó, calzándose los
guantes y con la cabeza hecha un borlón de colgajos relucientes, la señorita de
la casa, la elegante Angustias, afamada beldad por quien el hijo de don
Venancio Liencres suspiraba en sus soledades y se engomaba las puntas del
bigote. Despepitóse con ella a fuerza de saludos; recibió la joven los de
costumbre de las otras dos señoras, y de Andrés los mejores que supo hacer el
pobre mocetón; y continuaron todos juntos hacia el teatro.
Ya en el palco, Tolín se sentó detrás de la
joven por quien suspiraba. Andrés, muy cerquita de Luisa, para dejar mayor
espacio a su madre; y como por haber madrugado más que el sol y bregado tanto
durante el día, se pasó durmiendo la mayor parte de cada acto, y en los
intermedios se salía a fumar en los pasillos, de todo lo ocurrido allí sólo
recordaba después que a mitad de la función había llegado don Venancio
Liencres, preguntando si aquello estaba en prosa o en verso.
-Creo que en verso -había respondido Andrés -
; digo, no, puede que sea en prosa.
-Es igual -había replicado el elocuente don Venancio
- . ¡Para lo bien que lo hacen y el jugo que se saca de ello!...
Después, la salida. Vuelta a ofrecer el brazo
a Luisa, porque don Venancio había cargado con lo que en justicia le
correspondía, y a Tolín no le apartaba nadie, ni con agua hirviendo, de la
mujer por quien suspiraba hondo y se enceraba las guías del bigote.
Ya en la calle, la consabida ringlera de
farolones de mano en las de las doncellas que aguardaban a sus
respectivas señoras. Porque todavía en aquel tiempo, y no obstante haberse
estrenado el gas el año anterior, quedaban bastantes restos de aquella
antiquísima vanidad de clase, expresada en un gran farol de cuatro cristales,
dos de ellos amplísimos y todos muy altos, y tres medias velas, cuando no
cuatro, entre arandelas y bajo lambrequines, arcos o laberintos de papel
rizado, de veinticinco colores, para andar los pudientes por las calles a las
altas horas de la noche. Esta observación acerca de los faroles no fue de
Andrés, que ni siquiera reparó en ellos, por estar bien acostumbrado a verlos
allí en casos tales: es mía, y la apunto aquí porque no estorba, como nota
expresiva del cuadro de aquellos tiempos.
Lo que Andrés observó entonces fue que el
viento, encalmado desde que él había salido de casa para ir a la de don
Venancio Liencres, había vuelto a arreciar, y mucho; y como sabía que en las
bocacalles del Muelle soplaba con mayor fuerza que en ninguna otra parte de la
población, se atrevió a aconsejar a Luisa que continuara apoyada en su brazo
hasta llegar a casa. Tampoco esta vez fue desairado; y teniendo los demás por
muy cuerdo el parecer, observáronle al pie de la letra. Quiero decir que don
Venancio no soltó a su señora, ni Tolín a la señorita de sus amorosos
pensamientos. Luisa y Andrés iban delante de todos, menos del farol empapelado,
que les precedía algunas varas, zarandeándose en la diestra de la doncella de
la casa. Al enfilar la calle de los Mártires, comenzaron a oírse los silbidos
del viento enredado entre la jarcia de la patachería de la Dársena, y su
rebramar furibundo en las encrucijadas próximas; llegaron algunas ráfagas
pasajeras que hicieron crujir la seda del vestido de Luisa, zarandeando los
pliegues de su falda, y Luisa entonces, muerta de miedo, se agarró al brazo de
Andrés, fuerte, e inmoble como la rama de una encina.
-Agárrate de firme y sin miedo -le decía
Andrés - , que a mí no me lleva por mucho que sople.
Y Luisa se agarraba a dos manos; y con tal
ansia se arrimaba a la encina, que Andrés, a no serlo tanto en ciertos casos,
hubiera podido sentir en su brazo derecho los latidos del corazón de su amiga;
especialmente en el no muy breve rato que permanecieron en el Muelle, mientras
abrían en casa de don Silverio Trigueras y se quedaba Tolín sin el arrimo de su
linda acompañada.
Andrés, en cuanto volvió a verse en el
relativo sosiego de la calle trasera, dijo a Luisa, como para tranquilizarla,
y, sobre todo, por hablar de algo:
-Si me apuras un poco, más soplaba esta tarde.
A lo que respondió Luisa inmediatamente y sin
el menor dejo de broma:
-Pues si yo llego a ser aire esta tarde, buena
zambullida te llevas... Yo te lo aseguro.
Andrés sintió una marejada de fuego que le
abrasaba la cara. Se acordó de que una cosa muy parecida había dicho él a
Sotileza cuando los dos se amparaban contra las olas de la bahía bajo un mismo
capote. No temió que Luisa le hubiera oído..., pero pudo muy bien haberlo
visto.
-¡Vaya una entraña, mujer! -respondió,
atarugado, a la estocada de su amiga.
-No hay que tener mala entraña para hacer esas
cosas, que son escarmientos necesarios... y hasta obras de caridad, si me
apuras.
-¡Escarmientos!..., ¡obras de caridad!
-exclamó Andrés, más dueño ya de sí mismo, porque le iba llevando Luisa al
terreno de las impertinencias que tanto le molestaban - . Pues ¿qué he hecho yo
de malo esta tarde?
-Hombre -respondió Luisa muy resuelta - , a
punto fijo no lo sé, porque la vela tapaba la mitad, hacia allá, de la lancha;
y no vi en la de acá más que tres bultos remojados que daban asco.
-Yo iba gobernando el timón -saltó Andrés,
resignado a pasar por uno de los bultos «que daban asco», siempre que Luisa se
convenciera de que él no ocupaba la parte invisible de la barquía, donde iba el
contrabando.
La desengañada hija de don Venancio Liencres,
sin dar muestras visibles de atención a estas palabras, añadió:
-Pero si no lo has hecho esta tarde, bastante
hiciste por la mañana.
-¡Por la mañana!...
-¡Sí, señor, por la mañana! Pues qué, ¿piensas
que no te han visto ahí enfrente, arriba y abajo, las horas de Dios,
con esos marinerazos... y una mujerona?
-¡Una mujerona!...
-Eso mismo: una mujerona ... ¿Te parece que
eso está bien? ¿Qué dirán las gentes que lo hayan notado?
-¿Y qué han de decir?
-Pestes,
y no será mucho.
-¿Y
por qué lo miran, si tan malo es?
-¿Y por qué te pones tú con esas cosas en
el mismo sitio a que está una mirando? Porque una mira allí, porque lo
tiene delante de casa, y tiene también buenos gemelos para mirar.
-Sí, y ganas de meterse en lo que no importa.
-¡En lo que no me importa! -exclamó
Luisa, con un sacudimiento que Andrés no estaba en disposición de apreciar, así
por el enojo que ya le cosquilleaba en los nervios, como por los embates y
refregones que recibía del viento a cada instante.
-En lo que no te importa, sí -respondió Andrés
con entereza - , puesto que en ello no ofendo a nadie, y en lo demás cumplo con
mi deber.
-Pues me importa -remachó Luisa con voz algo alterada
y nerviosa - , y me importa mucho, porque eres un amigo de la casa y un
compañero de mi hermano; y no me gusta que digan las gentes que Tolín tiene
amigos que andan a todas horas de Dios con hombrones de la Zanguina y con
marinerotas puercas y desvergonzadas. Por eso, y no más que por eso. Y si me
apuras un poco, se lo contaré a papá, para que se lo cuente al tuyo cuando
venga y te saque de esa mala vida. Y ahora, ya no quiero tu brazo... ni que me
saludes siquiera.
Y en el acto desprendió el suyo del de Andrés.
Verdad es que esto sucedía después de haber pasado a remolque de éste la última
bocacalle, y en el momento de arrimarse muy pegadita al vano de la puerta de su
casa, mientras la doncella, que se había anticipado algunas varas más, daba,
por segunda vez, dos tremendos aldabonazos, que retumbaban en el hueco de la
escalera y hacían estremecer el barrote de hierro ajustado por dentro a la
puerta, la primera de las tres que guardaban la repleta caja del comerciante
don Venancio.
El recuerdo fresquísimo de estos sucesos era
el segundo tema de las cavilaciones que le quitaban el sueño a Andrés a las
altas horas de la mencionada noche.
Jamás la hermana de Tolín se le había
manifestado tan entremetida, tan impertinente y tan dura. Por primera vez había
oído de sus labios la amenaza de irle a su mismo padre con el cuento, para que
se lo refiriera después al capitán. Y la mimada y consentida joven era muy
capaz de cumplir lo que ofrecía. El caso denunciable no era, ciertamente, cosa
del otro jueves; pero ¡vaya usted a saber cómo le contaría ella, y de qué
colores le revestiría, en su afán de salirse con su empeño! Don Venancio era un
señor muy pagado de la formalidad y del buen viso de las personas de su trato;
los humos de su señora bien a la vista estaban, tanto como el modo de pensar de
la capitana, y el capitán no era ya aquel Bitadura impresionable y alegrote,
con cuya indulgencia podía contarse siempre sabiendo buscarle las cosquillas de
sus flaquezas de muchacho impenitente; últimamente tenía humores, algo más de
medio siglo encima de su alma, estaba gordo y era rico. Por todo lo cual se le
había agriado bastante el genio. El mismo Andrés no contaba ya con fuerzas
suficientes para someterse en silencio a ciertas imposiciones caprichosas, y no
sabía hasta qué extremos podía arrastrarle una conspiración así, tramada por
una chiquilla fisgona, contra sus honrados procederes.
Con elementos tales, ¿qué salsa no podría
hacer el diablo, metido por unos cuantos días en el cuerpo de la tesonuda hija
de don Venancio Liencres?
Pero, al fin, todo esto era una suposición:
estaba por ver, daba tiempo; se vería venir, podía combatirse desde lejos...
¡Lo otro, lo otro era lo grave, lo apremiante, lo apurado para él!...
Y así batallaba, hasta que, al cabo de las
horas, volvióse del otro lado y se quedó dormido.
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