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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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a) « ...a su imagen »

En la « llamada creadora » el hombre aparece al instante en toda la plenitud de su dignidad como sujeto llamado a la relación con Dios, a estar ante El, con los otros, en el mundo, con un rostro que sea el reflejo de los mismos semblantes divinos: « Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza » (Gen 1,26). Esta triple relación pertenece al designio originario, porque el Padre « en El —en Cristo— nos eligió antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprensibles en su presencia por la caridad » (Ef 1,4).

Reconocer al Padre significa que nosotros existimos a su manera, habiéndonos creado a su imagen (Sab 2,23). En esto, pues, se contiene la fundamental vocación del hombre: la vocación a la vida y a una vida concebida al instante a semejanza de la divina. Si el Padre es el eterno manantial, la total gratuidad, la fuente perenne de la existencia y del amor, el hombre está llamado, en la medida corta y limitada de su existir, a ser como El; y, por tanto, a « dar vida », a hacerse cargo de la vida de otro.

El acto creador del Padre, pues, es lo que provoca el conocimiento de que la vida es una entrega a la libertad del hombre, llamado a dar una respuesta personalísima y original, responsable y llena de gratitud.




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