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Escena II
DICHOS y DON PRUDENCIO, por el fondo.
PRUDENCIO.-¿Secretos tenemos? ¿Consejos de familia? Entonces me retiro
prudentemente. (Deteniéndose. Todos se levantan.)
VISITACIÓN.-¡Don Prudencio!
NICOMEDES.-¡Hola, don Prudencio! Entre usted, entre usted.
PRUDENCIO.-Mi señora doña Visitación... Paquita... ¡Conque tan bueno...! (A
DON NICOMEDES.) Don Anselmo, siempre suyo... (Saludando a todos.) Lo
dicho: si son asuntos reservados, por donde vine me voy.
NICOMEDES.-¡Calle usted,
por Dios!
VISITACIÓN.-Con usted no
hay secretos; usted es como nuestro. ¿Verdad, NICOMEDES?
NICOMEDES.-¡Ya lo creo! Es
usted como de la familia.
VISITACIÓN.-Conque, siéntese usted; aquí, a mi lado.
PRUDENCIO.-Pues si no estorbo... (Todos se sientan.)
VISITACIÓN.-¡Estorbar usted! Al contrario. Precisamente viene usted muy a
punto para pedirle un favor.
PRUDENCIO.-Es, que vengo a despedirme. Parto ahora para mi quinta; pero no
quise marcharme sin cumplir deberes sagrados de amistad. (DON Prudencio habla
siempre con cierto énfasis y en todo solemne.)
VISITACIÓN.-Pues precisamente por eso.
PRUDENCIO.-Y ese favor...
VISITACIÓN.-Se relaciona con el asunto de que tratábamos.
PRUDENCIO.-¿Y de qué trataban
ustedes...? Ya que he de saberlo, que de otro modo, yo no me
permitiría...
VISITACIÓN.-De Adelina.
PRUDENCIO.-Ya. ¡Pobre chica! Bien,
pues continúen ustedes tratando de esa joven.
NICOMEDES.-Como Anselmo no estaba al corriente... Por eso...
VISITACIÓN.-Por eso le contábamos la historia de los padres de Adelina.
PRUDENCIO.-Ya. Una triste historia la de esa familia, y una tristísima
herencia la de esa niña.
ANSELMO.-¿Heredó algo?
VISITACIÓN.-(A DON PRUDENCIO.) ¿Pregunta si heredó? ¡Qué inocente!
PAQUITA.-¿Por qué?
PRUDENCIO.-¿Nunca oyó usted hablar del naturalista, del gran naturalista
Darwin, ni de sus admirables experiencias sobre palomas y otras aves? ¿No sabe usted cómo de padres a hijos se
transmiten las cualidades y los defectos; en suma, los rasgos característicos
de cada individuo? ¿No le explicaron a usted la gran ley de la herencia,
ni llegó a su noticia, mi simpática y respetable amiga, la fuerza
incontrastable con que lo que pudiéramos llamar la fatalidad orgánica circula
por toda la escala biológica. a través del tiempo? ¿Eh?
PAQUITA.-¡Ay, no señor! Yo no sé nada de eso, ni Dios lo permita.
PRUDENCIO.¿Por qué?
PAQUITA.-Porque me dan miedo esas cosas.
ANSELMO.-Pues a mí no me dan miedo; pero el diablo me lleve si he
comprendido una palabra.
VISITACIÓN.-Pues más claro: que la madre de Adelina fue... ¿Cómo diré yo?...
Una desdichada.
ANSELMO.-Ya; eso está más claro.
PAQUITA.-Sí; que su esposo la hizo desdichada.
NICOMEDES.-No, al contrario: que ella hizo a su esposo todo lo desdichado
que puede ser un hombre de honor en ciertos casos.
PRUDENCIO.-Precisamente; porque, fíjese usted, Paquita: doña Visitación,
hablando con la exactitud que le es propia, no ha dicho «fue desdichada», sino
«fue una desdichada», ¿eh?
VISITACIÓN.-Más clara todavía: la madre de Adelina empezó por tener un
amante..., y luego..., Dios lo sabe.
ANSELMO.-Ahora sí que está perfectamente claro.
PAQUITA.-¡Jesús! ¡Qué tristezas!
PRUDENCIO.-La ley de herencia, señora mía. La madre de Adelina tuvo varios
extravíos amorosos; Pues la madre de esta madre, es decir, la abuela de
Adelina, no tuvo menos; y la bisabuela, célebre en los círculos galantes de
fines de siglo próximo pasado, padeció varias veces esta misma enfermedad, o,
mejor dicho, este exceso de salud; y subiendo por la línea femenina, siempre
encontramos en todos sus individuos este mismo carácter filogenético,
llamémoslo así.
VISITACIÓN.-¡Conque figúrense ustedes qué catástrofe cuando se supo! ¡Un
escándalo monumental! ¡Un desafío a
muerte! ¡Ella que huye y se hunde más en el fango! ¡El padre de Adelina que
rechaza a su hija! Y en fin, la pobre niña que hubiera ido al Hospicio si
nosotros, que debíamos grandes favores a su familia, no nos hubiéramos hecho
cargo de la pequeñuela.
ANSELMO.-¡Muy bien hecho!
PAQUITA.-¡Rasgo generoso!
VISITACIÓN.-Se hace lo que se puede.
PRUDENCIO.-Esa es la verdadera fórmula: se hace lo que se puede, en los
límites de la prudencia. La caridad, el altruismo diría yo...
ANSELMO.-¿El qué?
PRUDENCIO.-El altruismo...
ANSELMO.-¡Ah, sí! (Aparte.) ¿Qué será eso?
PRUDENCIO.-Pues bien: la caridad, si usted prefiere esta palabra, debe
practicarse en todo mundo civilizado, sin duda alguna; pero sin exageraciones.
Creo que ustedes opinarán como yo.
VISITACIÓN.-Justamente a eso vamos, y he aquí el consejo que Nicomedes y yo
pedimos a ustedes, y el favor que esperamos de usted, amigo don Prudencio.
ANSELMO.-Pues no comprendo qué relación pueda haber...
PRUDENCIO.-Yo..., algo vislumbro. Siga usted, siga usted, mi buena amiga.
Usted es mujer de juicio, y algo por toda manera discreto va usted a decirnos.
VISITACIÓN.-Pues me cuesta mucho trabajo decirlo. Porque yo tengo buen
corazón, aunque esto sea alabanza propia, y al fin y al cabo, hemos tenido a
nuestro lado a Adelina doce años! Pero las circunstancias..., con la venida de
Lolilla..., de mi hija.... van a cambiar dentro de poco totalmente.
PRUDENCIO.-Totalmente, es decir,
en totalidad. Muy bien pensado y muy bien dicho.
NICOMEDES-No es decir que Adelina nos pese.
VISITACIÓN.-¡Ah!, eso, no; pero la infeliz niña tiene un pasado lastimoso.
PAQUITA.-¡Ella no!
VISITACIÓN.-Su familia he querido decir. La opinión pública es muy severa; y
cuando llevemos a sociedad a nuestra hija, preguntarán todos: «¿Quién es esa
que va con Lola?» «¿Es su hermana?» No. «¿Es su prima?» Tampoco. «¿Pues cómo
vive con los señores de Espejo?» Porque la sociedad es muy preguntona; y el
caso es que siempre hay quien conteste a tales preguntas. Y preguntando aquí y
escudriñando allá se sabrá toda la historia, y, créanme ustedes, no faltará
quien diga con asombro, y quizá con razón: «¿Cómo dejan los señares de Espejo
que su hijá tenga tales amigas?»
PRUDENCIO.-Muy bien. No dirán «tal amiga», sino «tales amigas». ¡Oh!, la
sociedad tiene gran potencia generalizadora.
ANSELMO.-¡Bah!, sueñan ustedes. Nadie dirá eso, ni se le ocurrirá a nadie
culpar a una niña inocente por los antiquísimos regocijos de unas cuantas
abuelas.
PRUDENCIO.-¡Ah!, no conoce usted el carácter mortífero que afectan todas las
luchas morales en los que pudiéramos llamar ocultos senos del medio social,
señor Anselmo.
VISITACIÓN.-En fin, ¿qué quieren
ustedes que les diga? Serán exageraciones de una madre...
ANSELMO.-Exageraciones; tú
lo has dicho.
NICOMEDES.-No son exageraciones.
PRUDENCIO.-No lo son. La tradición del vicio es tan incontrastable como la
ley física que determina la transmisión del movimiento de unos cuerpos a otros.
PAQUITA.-Pues yo no entiendo de todo eso; pero digo que Adelina es muy
buena.
ANSELMO.-Y lo mismo digo yo, señor don Prudencio, a pesar de todas sus
leyes, transmisiones y herencias, zarandajas que no valen un comino cuando una
mujer dice: «Soy buena porque soy buena», y un hombre agrega: «Soy honrado
porque sí»
PRUDENCIO.-Dispense usted,
señor don Anselmo. Usted discurre como militar; yo, como hombre de
estudio. Son discusiones muy delicadas. (A VISITACIÓN.) Conque
vengamos a la conclusión, amiga mía.
VISITACIÓN.-Pues la conclusión es que habíamos pensado éste (Por
DON NICOMEDES.) y yo en alejar a Adelina de nuestro lado antes que viniese
Lola.
NICOMEDES.-¿Comprende usted bien? Alejarla... Abandonarla, no.
VISITACIÓN.-¡Jesús, María y José!... ¡Abandonarla! ¡Eso, nunca!
PRUDENCIO.-Muy bien pensado, amigos míos. No se abandona a esa niña, pero se
la aleja. Algo así como el aislamiento moral: el gran remedio contra todo
elemento infeccioso.
VISITACIÓN.-Es el caso que en la aldea, cerca de su quinta de usted, don
Prudencio, tenemos una casita muy mona...
PRUDENCIO.-Lo sé; deliciosísima en su sencillez primitiva.
VISITACIÓN.-Pues en ella vive la nodriza de Lola con su rnarido; gente muy
honrada y de toda, confianza.
PRUDENCIO.-¿Y bien?
VISITACIÓN.-Que allá pensamos enviar a Adelina.
ANSELMO.-¿Por mucho tiempo?
VISITACIÓN.-No. Mientras Lolita se colocase; cinco o seis o siete años.
Casada que fuese nuestra hija, probablemente recogeríamos de nuevo a Adelina, a
no ser que, comprendiendo su especialísima y triste situaeión, prefiriese entrar
en un convento. Conque ustedes dirán
qué les parece nuestra idea. (Pequeña pausa.)
PRUDENCIO.-A mí, muy acertada. Esta es mi opinión en puridad de verdad.
ANSELMO.-Pues a mí, detestable. Dicho sea con tanta puridad y tanta verdad
como don PRUDENCIO.
PAQUITA.-¡Pobre Adelina! ¡Parece tan buena!
VISITACIÓN.-¿Quién no lo es a los dieciocho años?
PRUDENCIO.-Deje usted, deje usted
que los gérmenes se desarrollen. ¡Triste verdad! ¿Quién sabe? Quizá en ese cuerpo
tan bello estarán ahora mismo en su período de incubación las repugnantes
larvas del vicio.
PAQUITA.-¡Por Dios, no diga usted
esas cosas! ¡Adelina tiene un fondo excelente, y su carácter es tan dulce, y la
pobre niña es tan dócil.
PRUDENCIO.-Dócil, a veces, quiere decir débil. ¡La debilidad, ¡Otro peligro!
PAQUITA.-¡Y está siempre tan triste!
VISITACIÓN.-Pues nosotros nada le
hacemos que pueda entristecerla. Es que Adela es mimosilla y tiene sus
pretensiones de Poética. Yo la quiero mucho, pero hay días en que no se
la puede tolerar.
ANSELMO.-Pero ¿qué mal ha hecho esa criatura, ni qué culpa tiene de lo que
pudieran hacer sus ascendientes?
VISITACIÓN.-¿Y qué culpa tenemos nosotros ni tiene mi hija de su desgracia? Porque la hemos recogido y la hemos criado,
¿hemos de sacrificar a sus conveniencias el porvenir de Lola?
NICOMEDES.-Eso, de ningún modo; yo no sufro que se perjudique a mi hija por
una persona extraña a nuestra familia.
ANSELMO.-Pero ¿en qué perjudica a tu hija la pobre Adelina?
VISITACIÓN.-¡En todo!
PRUDENCIO.-En todo, digo yo también: La sombra de lo pasado pesará
fatalmente sobre ambas jóvenes, si la previsión maternal no las separa, y esto
no sería justo. Y digo más: si andando el tiempo, cuando lazos encantadores de
amistad unan sus almas inexpertas, llega a ser Adelina lo que la imperiosa ley
de su organismo tradicional exige, tal amistad y tal ejemplo, podrán ser
funestísimos para nuestra querida niña. Pero, entrando en otro orden de ideas,
digo más todavía: yo observo que Adelina es... ¡una preciosidad!, y pudiera
ser... un entorpecimiento..., para la colocación ventajosa de Lola. ¿Me
explico? ¿Me comprenden ustedes? Este es un punto delicado, en que tal vez no
ha pensado usted, mi señora doña Visitación.
VISITACIÓN.-Sí, señor; he pensado, porque una madre debe pensar en todo y
debe mirarlo todo, Sí, señor; hablando en plata, yo no quiero que Adelina le
quite novios a mi hija. ¡Ea, ya lo dije!
PRUDENCIO.-¡Encantadora ingenuidad!
ANSELMO.-Pues ya no suelto palabra. Allá ustedes. Pero esto no quita para
que me parezca inicuo lo que van ustedes a hacer con esa infeliz criatura.
VISITACIÓN.-Si tanta lástima te inspira, cásala con tu hijo.
ANSELMO.-¿Qué?¡Con mi hijo! ¿Una
mujer de tales antecedentes, en su familia? ¡Pues no faltaba otra cosa! Para mi
Carlos, la mujer más honrada, y más hermosa, y más rica, y de familia más
noble, y de línea masculinas y femeninas más limpias hasta la centésima
generación. ¡Pues ya lo creo! ¡Tú no sabes lo que es mi Carlos ni lo que
merece! (A VISITACIÓN.)
VISITACIÓN.-No es más que mi hija. Y lo que no es bueno para tu Carlos, no
lo es para mi Lola.
ANSELMO.-¡Está por ver!
VISITACIÓN.-¡Está visto!
PAQUITA.-Vamos, Anselmo...
NICOMEDES.-Por Dios, Visitación...
PRUDENCIO.-Calma, señoras y señores, calma. Esta animada discusión prueba
que, en el fondo, están ustedes conformes que la verdad, al fin, por su propia
fuerza, se impone, y que don Anselmo, a pesar de sus instintos generosos, que
yo alabo como deben ser alabados, en el terreno de la práctica opina como nosotros.
¿No es esto? ¿Hay duda? ¡Yo creo que no! Pues, entonces, estamos conformes,
como antes dije, y perdonen ustedes la repetición. (Aparte, a VISITACIÓN.)
Me parece que le he cogido, ¿eh?
ANSELMO.-(En voz alta.) Pues no, señor; no estamos conformes; y si
llegara el caso, ya veríamos... (Aparte.) ¡Diablo de hombre!
PRUDENCIO.-Conque ahora, vamos...
VISITACIÓN.-Al favor que tenemos que pedirle.
PRUDENCIO.-Ustedes dirán.
VISITACIÓN.-A mí me gusta pensar las cosas y hacerlas. Yo soy así.
PRUDENCIO.-Madurez en la
concepción. En la ejecución, rapidez. Perfectamente.
VISITACIÓN.-Quiero decir que, sin que Adelina lo sepa, lo tengo todo
preparado para su viaje. Y ya que usted va a su quinta, y que está tan cerca de
la de usted nuestra casa...
PRUDENCIO.-Comprendido.
VISITACIÓN.-Podría usted dejar a Adelina, si no le causase gran molestia, en
poder de Juana.
PRUDENCIO.-¡Ah señores! Coadyuvar a una buena obra fue siempre cosa de sumo
agrado para mí.
VISITACIÓN.-Pues manos a la obra, y llamemos a Adelina. (Toca un timbre
y anarece un criado.) Antonio, que venga al momento la señorita Adela.
ANSELMO.-Pues, señor, digan ustedes lo que quieran, la despedida será muy
triste.
VISITACIÓN.-Ya lo creo; para todos.
ANSELMO.-Pero repartidas esas tristezas entre muchos, toca menos a cada
cual, ¿no es esto? Aritmética del egoísmo.
VISITACIÓN.-Aritmética del sentido común.
PRUDENCIO.-Ley universal de los seres, cuantitativos, que lo son todos para
el caso que tratamos.
ANSELMO.-Todo eso está muy bien: pero lo que yo veo es que nos reunimos aquí
cinco personas de edad y respeto, y caritativos por añadidura, para buscar la
mejor manera de poner en conocimiento de una pobre niña que la vamos a
sacrificar sin compasión.
NICOMEDES.-Silencio, que ella viene.
ANSELMO.-(Sentándose junto a PAQUITA.) Veamos qué maña se dan
ustedes para consumar con mimo y dulzura el sacrificio.
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