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Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana

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  • Canto IX
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Canto IX

Llegan los araucanos a tres leguas de la Imperial con grueso ejército: no ha efeto su intención por permisión divina. Dan vuelta a sus tierras, adonde les vino nueva que los españoles estaban en el asiento de Penco reedificando la ciudad de la Concepción; vienen sobre los españoles, y hubo entre ellos una recia batalla.

Si los hombres no ven milagros tantos

 

como se vieron en la edad pasada,

 

es causa haber agora pocos santos,

 

y estar la ley cristiana autorizada:

 

y así de cualquier cosa hacen espantos

5

que sobre el natural uso es obrada;

 

y no sólo al Autor no dan creencia,

 

mas ponen en su crédito dolencia.

 

Que si al enfermo quiere Dios sanarle,

 

por su costumbre y tiempo convalece:

10

si al bajo miserable levantarle,

 

por modos ordinarios le engrandece,

 

si al soberbio hinchado derribarle,

 

por naturales términos se ofrece:

 

de suerte que las cosas de esta vida

15

van por su natural curso y medida.

[166]

Por do vemos que Dios quiere y procura

 

hacer su voluntad naturalmente,

 

sirviendo de instrumento la Natura,

 

sobre la cual él solo es el potente;

20

y así los que creyeron por fe pura

 

merecen más que si palpablemente

 

viesen lo que, después de ya visible,

 

sacarlos de que fue sería imposible.

 

En contar una cosa estoy dudoso,

25

que soy de poner dudas enemigo,

 

y es un extraño caso milagroso,

 

que fue todo un ejército testigo:

 

aunque yo soy en esto escrupuloso,

 

por lo que dello arriba, Señor, digo,

30

no dejaré en efeto de contarlo,

 

pues los indios no dejan de afirmarlo.

 

Y manifiesto vemos hoy en día

 

que, porque la Ley sacra se extendiese,

 

nuestro Dios los milagros permitía

35

y que el natural orden se excediese:

 

presumirse podrá por esta vía

 

que, para que a la fe se redujese

 

la bárbara costumbre y ciega gente,

 

usase de milagros claramente.

40

Ya dije que el ejército araucano

 

de la Imperial tres leguas se alojaba,

 

en un dispuesto asiento y campo llano

 

y que Caupolicán determinaba

 

entrar el pueblo con armada mano:

45

también como el castigo dilataba

 

Dios a su pueblo ingrato y sin emienda,

 

usando de clemencia y larga rienda.

[167]

Estaba la Imperial desbastecida

 

de armas, de munición y vitualla;

50

bien que la gente della era escogida,

 

pero muy poca para dar batalla;

 

fuera por los cimientos destruïda,

 

cualquier fuerza bastara a arruinalla;

 

y persona de dentro no escapara

55

si a vista el pueblo bárbaro llegara.

 

Cuando el campo de allí quería mudarse,

 

que ya la trompa a caminar tocaba,

 

súbito comenzó el aire a turbarse,

 

y de prodigios triste se espesaba:

60

nubes con nubes vienen a cerrarse,

 

turbulento rumor se levantaba;

 

que con airados ímpetus violentos

 

mostraban su furor los cuatro vientos.

 

Agua recia, granizo, piedra espesa

65

las intricadas nubes despedían:

 

rayos, truenos, relámpagos a priesa

 

rompen los cielos y la tierra abrían:

 

hacen los vientos ásperos represa,

 

que en su entera violencia competían:

70

cuanto topa arrebata el torbellino,

 

alzándolo en furioso remolino.

 

Un miedo igual a todos atormenta:

 

no hay corazón, no hay ánimo así entero

 

que en tanta confusión, furia y tormenta

75

no temblase, aunque más fuese de acero.

 

En esto Eponamón se les presenta

 

en forma de un dragón horrible y fiero,

 

con enroscada cola, envuelto en fuego,

 

y en ronca y torpe voz les habló luego,

80 [168]

diciéndoles: que apriesa caminasen

 

sobre el pueblo español amedrentado;

 

que por cualquiera banda que llegasen

 

con gran facilidad sería tomado;

 

y que al cuchillo y fuego la entregasen

85

sin dejar hombre a vida y muro alzado.

 

Esto dicho, que todos lo entendieron,

 

en humo se deshizo, y no lo vieron.

 

Al punto los confusos elementos

 

fueron sus movimientos aplacando,

90

y los desenfrenados cuatro vientos

 

se van a sus cavernas retirando:

 

las nubes se retraen a sus asientos,

 

el cielo y claro sol desocupando:

 

sólo el miedo en el pecho más osado

95

no dejó su lugar desocupado.

 

La tempestad cesada, el raso cielo

 

vistió el húmido campo de alegría;

 

cuando con claro y presuroso vuelo

 

en una nube una mujer venía

100

cubierta de un hermoso y limpio velo,

 

con tanto resplandor, que al mediodía

 

la claridad del sol delante della

 

es la que cerca dél tiene una estrella.

 

Desterrando el temor la faz sagrada

105

a todos confortó con su venida:

 

venía de un viejo cano acompañada,

 

al parecer de grave y santa vida:

 

con una blanda voz y delicada

 

les dice: «¿Adónde andáis gente perdida?

110

Volved, volved el paso a vuestra tierra,

 

no vais a la Imperial a mover guerra.

[169]

»Que Dios quiere ayudar a sus cristianos

 

y darles sobre vos mando y potencia;

 

pues ingratos, rebeldes e inhumanos

115

así le habéis negado la obediencia:

 

mirad, no vais allá, porque en sus manos

 

pondrá Dios el cuchillo y la sentencia

 

Diciendo esto, y dejando el bajo suelo,

 

por el aire espacioso subió al cielo.

120

Los araucanos la visión gloriosa

 

de aquel velo blanquísimo cubierta

 

siguen con vista fija y codiciosa,

 

casi sin alentar la boca abierta:

 

ya que despareció fue extraña cosa

125

que, como quien atónito despierta,

 

los unos a los otros se miraban

 

y ninguna palabra se hablaban.

 

Todos de un corazón y pensamiento,

 

sin esperar mandato ni otro ruego,

130

como si solo aquel fuera su intento,

 

el camino de Arauco toman luego;

 

Van sin orden, ligeros como el viento,

 

paréceles que de un sensible fuego

 

por detrás las espaldas se encendían,

135

y así con mayor ímpetu corrían.

 

Heme, Señor, de muchos informado,

 

para no lo escribir confusamente:

 

a veintitrés de abril, que hoy es mediado,

 

hará cuatro años cierta y justamente

140

que el caso milagroso aquí contado

 

aconteció, presente tanta gente,

 

el año de quinientos y cincuenta

 

y cuatro sobre mil por cierta cuenta.

[170]

Ya la verdad en suma declarada,

145

según que de los bárbaros se sabe,

 

y no de fingimientos adornada,

 

que es cosa que en materia tal no cabe;

 

tienen ellos por cosa averiguada

 

(que no es en prueba desto poco grave)

150

que por esta visión hubo en dos años

 

hambres, dolencias, muertes y otros daños.

 

Que la mar, reprimiendo sus vapores,

 

faltó la agua y vertientes de la sierra,

 

talando el sol en tierna edad las flores,

155

ayudado del fuego de la guerra:

 

como creció la seca y las calores,

 

por falta de humidad la árida tierra

 

rompió banco y alzose con los frutos

 

dejando de acudir con sus tributos.

160

Causó que una maldad se introdujese

 

en el distrito y término araucano,

 

y fue que carne humana se comiese,

 

inorme introdución, caso inhumano!)

 

y en parricidio error se convirtiese

165

el hermano en sustancia del hermano:

 

tal madre hubo, que al hijo muy querido

 

al vientre le volvió do había salido.

 

Digo, pues, que los bárbaros llegando

 

al valle de Purén, paterno suelo,

170

las armas por entonces arrimando,

 

dieron lugar al tempestuoso cielo.

 

En este tiempo, en estas partes, cuando

 

el encogido invierno con su hielo

 

del todo apoderándose en la tierra

175

pone punto al discurso de la guerra.

[171]

Espárcese y derrámase la gente,

 

dejan el campo y buscan los poblados,

 

cesa el fiero ejercicio comúnmente,

 

la tierra cubren húmidos nublados.

180

Mas cuando enciende a Escorpio el sol ardiente

 

y la frígida nieve los collados

 

sacuden de sus cimas levantadas

 

ya de la nueva yerba coronadas,

 

en este tiempo el bullicioso Marte

185

saca su carro con horrible estruendo,

 

y ardiendo en ira belicosa parte

 

por el dispuesto Arauco discurriendo:

 

hace temblar la tierra a cada parte,

 

los ferrados caballos impeliendo,

190

y en la diestra el sangriento hierro agudo

 

bate con la siniestra el fuerte escudo.

 

Luego a furor movidos los guerreros

 

toman las armas, dejan el reposo;

 

acuden los remotos forasteros

195

al cebo de la guerra codicioso:

 

de los hierros renuevan los aceros;

 

templan la cuerda al arco vigoroso;

 

el peso de las mazas acrecientan,

 

y el duro fresno de las astas tientan.

200

La gente andaba ya desta manera,

 

con el son de las armas y bullicio,

 

que codiciosa comenzar espera

 

el deseado bélico ejercicio:

 

juntáronse a la usada borrachera

205

(orden antigua y detestable vicio)

 

la más ilustre gente y señalada

 

a dar difinición en la jornada.

[172]

Tratando en general concilio estaban

 

del bien y aumentación de aquel estado,

210

cuando cuatro soldados arribaban

 

con triste muestra y paso apresurado,

 

haciéndoles saber cómo ya andaban

 

en el sitio de Penco arruïnado

 

cantidad de españoles trabajando,

215

un grueso y fuerte muro levantando;

 

diciéndoles: «Venimos, oh guerreros,

 

de parte de los pueblos comarcanos

 

con facultad bastante a prometeros,

 

si desterráis de nuevo a los cristianos

220

que pagarán con suma de dineros

 

el trabajo y labor de vuestras manos;

 

y no habiendo el efeto deseado,

 

la tercia parte hayáis de lo asentado.

 

»Viendo el poco reparo y resistencia

225

que sin vuestro favor todos tenemos,

 

les dimos llanamente la obediencia

 

que en el tiempo infelice dar solemos.

 

No fue por opresión, no fue violencia;

 

pues, aunque desdichados, entendemos

230

cuán breve es el sospiro de la muerte,

 

que pone fin y límite a la suerte:

 

»mas, porque estando Arauco tan vecino,

 

y fija en su favor la instable rueda,

 

la paz nos pareció mejor camino

235

para que remediar todo se pueda;

 

ya que lo estrague el áspero destino,

 

tiempo para morir después nos queda;

 

pues no estarán los brazos tan cansados

 

que no puedan abrir nuestros costados.

240 [173]

»Y pues os es patente y manifiesta

 

la embajada y gran priesa que traemos,

 

en ella hora tratada, que la respuesta

 

con la resolución esperaremos:

 

brevedad os pedimos, que con ésta

245

podrá ser que sin riesgo derribemos

 

la soberbia española y confianza,

 

antes que les esfuerzo la tardanza

 

No se puede decir el gran contento

 

que les dio a los caciques la embajada:

250

de todos desde allí en el pensamiento,

 

antes que se acabase fue acetada:

 

pero tuvieron freno y sufrimiento,

 

que la primera voz estaba dada

 

al hijo de Leocán, que, consultado,

255

así responde en nombre del senado:

 

«Estamos con razón maravillados

 

de lo que en este caso hemos oído,

 

¿y es verdad que hay cristianos tan osados

 

que quieren con nosotros más ruïdo?

260

Sus, Sus, que estos varones esforzados

 

acetan la promesa y el partido:

 

no dando entero fin a la jornada,

 

del trabajo no quieren llevar nada.

 

»Bien os podéis volver luego con esto,

265

que sin duda en efeto lo pondremos,

 

y sobre los cristianos, lo más presto

 

que se pueda dar orden, llegaremos;

 

donde se mostrará bien manifiesto

 

lo poco en que nosotros los tenemos;

270

pero habéis de advertir con sabio modo

 

que aviso se nos siempre de todo.»